Julio Montero – Sinvergüenzas de paseo por Google

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¿Puede anunciarse un falsificador de billetes de banco en la red, en internet, libremente? ¿Cabría publicitar un texto que dijera que se ofrecían billetes falsos de 20 Euros, idénticos a los verdaderos y que habría total confidencialidad sobre los que se interesaran en el asunto? No sé qué fiscalía podría intervenir. A lo mejor bastaba con que Google aplicara su código ético.

Pero lo seguro es que sí se anuncian “empresas” con esta oferta: “realizamos trabajos para universitarios y de fin de master y fin de grado totalmente originales con total confidencialidad, garantía y compromiso”. Además no hace falta ser ni presidente de gobierno, ni siquiera presidente de Comunidad Autónoma: cualquiera puede acceder a esos “trabajos” siempre que pague las tasas correspondientes. Ya se ve que hay falsificaciones y falsificaciones. Quizá se anuncien pronto falsificaciones de grabados… o hasta de cuadros famosos. Y se encargan de atender este mercado empresas perfectamente registradas, con su propietario y administrador único tan campante.

Desde luego el que estos trabajos “académicos”, destinados (y anunciados) a ser falsos, se presenten como “completamente originales” no deja de ser una paradoja. Lo que está claro es que los clientes que utilicen esos servicios no lo podrán decir. La originalidad es totalmente de la compañía. Y es verdad, eso sí, que es una iniciativa económica original porque su objeto social parece ser la falsificación de trabajos originales. El hecho, la falsedad, se produce en cuanto el comprador pone su nombre como autor cuando obviamente no lo es.

La confidencialidad de la que presume la compañía también es contradictoria. Dicho de otra manera: anuncia que cometerá un delito a pachas con el cliente. Sin embargo, el delincuente segundo puede estar tranquilo, porque el delincuente principal (el que le va a proporcionar un servicio que consiste en decir que alguien ha hecho lo que no ha hecho) no se chivará. Este silencio, no puede negarse, constituye una continuación de la camaradería tradicional universitaria, aunque hay que reconocer que actúa en sentido contrario al habitual. Porque antes nos callábamos para librar a alguien de un castigo, aunque las represalias las sufriéramos nosotros solidariamente, con la esperanza de que no fuera tan duro el colectivo como el individual. Ahora es la empresa delincuente (perdón: presuntamente delincuente, o silenciosamente delincuente) la que asegura la discreción solidaria… y habrá que suponer que entra en el precio fijado previamente por el servicio.

La garantía es también un rasgo interesante en la oferta del anuncio de la compañía presuntamente delincuente. Tiene gracia que un instigador de la falsificación se anuncie como alguien de garantía: ¿de qué garantía? cabría preguntarse. Con un empresario tal la única amistad que cabe es la complicidad. Y es verdad hay garantía total, pero de ser cómplice de un delito de falsedad en la autoría. No está mal en los tiempos que corren. Es una especie de intrusión tipo escrache en el liberalismo meritocrático académico.

Pero más interesante aún es que Google incluya tales anuncios entre sus búsquedas patrocinadas. Porque varios de ellos están pagados en Google adwords. Es decir, no solo las tolera sino que las fomenta entre sus búsquedas y además las privilegia. Y esto es algo más que atenerse al simplón “poderoso caballero es don dinero”.

Resulta paradójico que una compañía, que se la coge con papel de fumar en todo lo que se refiere al uso del lenguaje inclusivo, admita en su selecto club de anunciantes a personas que fomentan la comisión de falsas atribuciones de trabajos. Falsedades que llevan a la consecución de títulos universitarios “cum fraude”, que a este paso va a ser la calificación que más frecuentemente habrá que atribuir a las defensas de estas bazofias. Los señores de las búsquedas tendrán que responder de esta mierda que ventean. Aunque quizá piensen que es una nueva industria cultural y estén esperando a que se desarrolle lo suficiente para adquirirla.

De todo esto, lo único claro es que el mayor problema de internet es asegurar la fiabilidad de sus contenidos. Está claro que esa responsabilidad no corresponde en exclusiva a los buscadores; pero también es patente que cabría esperar una apuesta mas decidida por la honradez en asuntos tan claros.

(*) Catedrático de Universidad