Julio Montero – Ser justos y andar justitos

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La justicia es dar a cada uno lo suyo. Y esa porción es justamente lo justo. Asusta un poco que, precisamente lo justo, sea a veces tan poco. Y así lo reflejan algunos modos de decir. Porque lo justo es en ocasiones la parte mínima de algo (le dio lo justo para…) Otras es lo exacto: esto es justo lo que tienes que hacer. Quizá no sean mas que manifestaciones inconscientes de lo difícil que es actuar con justicia.

Lo normal es que se reclame justicia al Estado, a la sociedad. No sería tan así si cada cual intentara actuar justamente. Porque la justicia es sobre todo una cualidad personal, no sólo ni principalmente una organización para atender conflictos sobre qué se me debe. Si la justicia se reduce a reclamar, sólo los jueces deberían ser justos. Y no: hemos de querer serlo, o estaremos tan perdidos como estamos.

Entre que parece cosa de tribunales y que sus resultados se resuelven con indemnizaciones monetarias, la justicia tiene ahora poco prestigio. Lo suyo, lo de cada uno, lo que le corresponde, no es solo ni principalmente cuestión de dinero. Lo primero de cada quien, lo que debemos a cualquiera, es honor y respeto, que es casi la condición para reconocerle sujeto pleno de derechos.

No podemos expoliar a los otros de lo que les corresponde por suyo (su dignidad).

La sociedad no es la única entidad responsable de que cada uno sea y tenga eso esencial que somos y necesitamos como dignos. En eso estamos comprometidos todos y no es delegable. Porque ser justo es primero de todo dar a los demás, a la sociedad y a cada uno de los afectados, lo que les cabe esperar de cada uno de nosotros. Dicho de otro modo: la persona justa es la que cumple con sus deberes: de profesión, de familia, de orden social y convivencia.

Otra parte clave de la justicia se desenvuelve en el entorno de lo comunitario. Desde que el ser humano es humano –desde que vive en sociedad- se hicieron visibles las diferencias. Primero de sexo y casi a la vez de edad. Luego de inteligencia, de capacidad de trabajo, de intereses, de personalidad, de orientación sexual, de movilidad, de lengua y cultura, de raza y así se podría seguir.

Defender que en todas esas situaciones tan diferentes existen unos mínimos que permiten a las gentes vivir con dignidad no es optativo si se quiere ser justo. Y en ello entra el poseer lo necesario. Y también el poder trabajar y descansar; elegir si se quiere vivir solo o acompañado y acompañado de quien se quiera. Y poder traer hijos al mundo si se desea y educarlos como uno piense que debe hacerlo. Y tener una vejez llevadera y una enfermedad atendida.

Y tan importantes como esos es facilitar el acceso a la cultura, que no se arregla con asegurar una plaza en un colegio público. A la cultura que permite discernir con fundamento y que no se agota en la libertad de expresión que iguala a la verdad y a la mentira. Y permitir al menos asociarse con quien se desee para apoyar las causas que no atenten contra las libertades de los demás. Y por supuesto tener libertad para adorar a Dios si se cree en él y así lo desea.

Se ha puesto de moda confundir justicia con igualitarismo. Pero dar a cada uno lo suyo no significa dar lo mismo a todos; porque no somos iguales aunque tengamos (que tenemos) los mismos derechos y dignidad. Lo primero que exige la justicia es asumir esa diferencia. Desde luego eso no tiene nada que ver con que todos respetemos las mismas colas.

El igualitarismo engendra muchas injusticias. Se cuenta que en la antigua mili te daban al llegar un uniforme “a medida”, a medida que llegabas, sin tener en cuenta tu peso, estatura, etc. Eso sí: uno a cada uno. La gente luego los cambiaba y casi siempre cada cual acababa con el que necesitaba. Era costoso, pero se arreglaba de una manera decente. Menos mal que a ningún igualitarista se le ocurrió que una sola talla sería más justo. Nuestra dignidad exige más (aunque sea más complicado) y conseguirlo es tarea de todos y el intentarlo es lo que nos hace justos.