Julio Montero – Quitarse al tóxico de encima

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Hay gente con una especial capacidad para destrozar convivencias pacíficas y agradables sembrando odio y mentira. Deben tener en su doble hélice genómica algún nudo que les estropea el carácter. Hay una persona tóxica por cada veintitrés. Y de entre estos suele presentarse un supertóxico en la proporción de uno de cada doce. En fin: uno por cada doscientos setenta y seis habitantes es sencillamente venenoso.

No son muchos (la proporción de estúpidos es mayor según Carlo Cipolla), pero los tóxicos de gran rango son mucho más peligrosos. Además, la toxicidad es independiente de la inteligencia: hay tóxicos listos y tontos. Es difícil valorar cuál de los dos extremos es peor, o dicho en positivo: cuál es preferible. Localizar a los hipertóxicos es fundamental. No los anula, pero permite alejarse de su círculo de influencia asunto clave para la salud mental de la colectividad.

Lo primero que delata al tóxico es la desmesurada confianza que nos otorga al poco de conocernos. Esta exageración nos sitúa sin pretenderlo entre las personas con las que se siente en deuda. Enseguida te declara su hermano mayor y en cuanto te descuidas resultas ser como su propio padre. Y quien piensa que tu hermano o tu hijo te van a engañar. Así consigue una confianza que resulta clave para sus propósitos.

El segundo rasgo de su actuar es su solícita vigilancia para evitar que otros nos “engañen”. En realidad solo pretende eliminar personas potencialmente de nuestra confianza. Y nos avisa de las continuas maledicencias (inventadas prácticamente siempre, o exageradas, o sacadas de contexto) que esas personas “difunden” sobre nosotros. Quiere que solo confiemos en él.

Lo tercero: contarnos en confianza (como si no lo hiciera con otros) la realidad de algunas malas personas que han abusado de su buena voluntad y esfuerzo. Él es una víctima. Por ejemplo, le han forzado a escribir textos brillantísimos que luego han firmado los explotadores; o le han obligado a realizar tareas casi perversas en contra de su voluntad… hasta que por fin, en un ataque de dignidad, decidió separarse de ellos para no continuar por la senda del mal.

Cuarta característica: persistencia en la calumnia. Sobre esta acusación de indignidad el tóxico acumula relatos falsos sobre falsos delitos. El inteligente repite hasta la saciedad las mismas mentiras para evitar contradicciones. Sabe muy bien que por ampliar las acusaciones pueden pillarle en renuncio por fallarle la memoria. Por eso repite hasta saciedad las mismas calumnias. Como efecto secundario puede conseguir incluso que pasen por indubitablemente ciertas como sostenía Goebbles.

Quinto: el tóxico se presenta no solo como víctima de la maldad ajena, sino como objeto de incesantes contubernios y confabulaciones que buscan acabar con su buen nombre. Nunca logra explicar el por qué de tanta animosidad salvo la maldad de sus perseguidores.

Sexto: los hipertóxicos suelen ser simpáticos, alegres y con don de gentes. Si te descuidas son los mejores preparando gintonics. Esta amabilidad tiene dos quiebras. La primera es que siempre logran que la ginebra (de la mejor calidad por supuestos) la paguen otros, aunque él se llevará el mérito del combinado. Si en la fiesta hay homenaje, el tóxico lidera la cuestación para un regalo caro, muy caro. Él no participa en los gastos, pero será el que lo entregue.

Séptimo: el tóxico no busca amigos. Necesita cómplices entre los que adula (primero en menudencias: basta con que sean vergonzosas). Suele mantener esa situación hasta que el abuso de la confianza hace recapacitar a la víctima. Y en cuanto hay reflexión todo el montaje se cae. Justo en ese momento el mentor pasa a ser enemigo, injusto, mentiroso y explotador.

Y la víctima se da cuenta que se ha puesto en contra de gente que no conocía y que algunos de sus amigos están de lado del embustero. Y eso sienta como una puñalada. Porque la única disculpa es que aquellas amistades, tan cercanas y apreciadas, forman parte del amplio grupo de los imbéciles. Y aunque se sospechara, duele mucho comprobarlo.
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(*) Catedrático de Universidad.