Julio Montero – Los tiempos que corren

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Los ejemplares de Homo sapiens que deambulamos por las praderas asfaltadas de occidente no podemos evitar ser de la especie que somos. Un ser humano, por mucho que se empeñe, no conseguirá nunca, mientras viva, dejar de ser humano. Tampoco otro ser humano podrá eliminar esa condición a otro y negar así que sea persona. En fin, los que nacimos humanos no podemos dejar de serlo hasta que morimos: se empeñe quien se empeñe.

Lo que sí está a nuestro alcance es aspirar a ser buenas personas. Al menos a intentarlo. Y hay que reconocer que este empeño tiene consecuencias positivas tanto para el interesado como para su entorno ecológico, donde al parecer nos han metido lo social los modernos profetas científicos de la catástrofe.

No puedo evitar ver el mundo como historiador. En un mundo como el actual en el que el presentismo y las medidas rápidas parecen el único recurso de sensatez quiero aclarar primero que los seres humanos (quien quiera que se lo tome como la primera lección de este curso) vivimos en cuatro ritmos de tiempo muy distintos.

Primero, el interestelar que se contabiliza normalmente en millones de años luz (algo perfectamente inimaginable). En él, en realidad, no se mueve casi nada y lo más rápido en esa dimensión podría llegar, en teoría, a ser instantáneo: es decir sin tiempo. Un lío demasiado grande para andar con ello en la vida normal: quede para filósofos y físicos teóricos.

El segundo, es el tiempo geológico que se mide en millones de años (y se nos escapa a nuestra previsibilidad). Es el de las eras geológicas; el de los pleistocenos y miocenos, el de eras glaciares y los periodos interglaciares; el del primario, secundario, terciario y cuaternario…y sus diversas denominaciones modernas. Es un tiempo que nos ha caído encima a los humanos. No tenemos ningún control sobre él. Ni siquiera somos conscientes de vivir en él. Es como si constituyera nuestro contexto cronológico inconsciente.

Después está el tiempo histórico. Se mide en modestos y abarcables siglos para nuestra mente y para nuestro sentido personal de la cronología. Es verdad que se nos escapa un poco. También que intentamos simplificarlo a base de eliminar todo aquello que no cabe en nuestro discurso lógico para explicarlo. Pero con todas las limitaciones es un tiempo imaginable: en él hay antes y después (incluso “despueses”); unas cosas vienen detrás o delante de otras. Y aunque no siempre lo que viene después está causado por lo que pasó antes; siempre es cierta la proposición contraria: nada que pasó después pudo causar lo que ocurrió antes.

Por último está el tiempo que realmente vivimos. El tiempo biográfico. El que contamos en años y percibimos (cuando ya ha pasado) como se nos escapa entre los dedos de la vida. Tiene la ventaja de permitir paralelismos razonables con el tiempo histórico, especialmente con el cercano, del que nos sentimos una continuidad. Quizá eso haga que algunos colegas consideren la biografía como el género histórico primordial.

Pienso que el arraigo experiencial del tiempo propio (cuando hago esto a continuación suele suceder eso otro) nos abre la mente hacia la posibilidad de la historia. Y que la experiencia psicológica individual de nuestra racionalidad y de nuestra libertad (limitada sí, pero igualmente real) nos haga concebir la historia como un saber posible, efectivo y hasta práctico.

Efectivamente: porque somos libres no estamos determinados como especie. Nuestra única limitación es que necesariamente somos seres humanos. Ese es el límite efectivo de nuestra libertad. Y porque somos racionales podemos intentar explicar por qué hacemos lo que hacemos. El primer problema que debiéramos resolver, con o sin la ayuda de los historiadores, para ser buenos seres humanos (que así empecé esta columna), es aprender a movemos en los diversos rangos de tiempo y saber qué capacidad tenemos de actuar en cada una de esas cronologías. Plantearnos qué podemos hacer los humanos por influir en los acontecimientos interestelares, qué en los geológicos, qué en la historia (incluso en la próxima) y, sobre todo, cómo arreglar y mejorar nuestra vida de hoy. Y eso en próximas entregas.
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(*) Catedrático de Universidad.