Julio Montero – Lejos de nosotros la funesta manía de pensar

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Texto de un estudiante universitario a un profesor que acaba de examinarle en modalidad postCOVID: “Y el año que viene, si tenemos ya clase presencial, en el examen de enero ¿también vas aponer preguntas de pensar?” Los que tenemos ya una edad alta y cierta tendemos a suponer que estas cosas no ocurrían cuando nosotros éramos universitarios. Eso es falso desde luego, pero no pasa nada por decirlo. Todos saben que mentimos. Porque aunque la nostalgia siempre mejora las cosas que se recuerdan, no por eso las cambia, ni las arregla.

Y es verdad que fue en 1827, y en una universidad catalana que hoy no existe (la de Cervera), donde su rector declaró: “lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Se lo decía a un rey, Fernando VII, que no es haya mejorado la imagen de la dinastía. Pero tampoco al rector se le puede hacer un monumento por su lucha a favor del prestigio de la institución universitaria.

En fin: siempre ha habido idiotas y probablemente (aunque no hay estudios que lo confirmen) en la misma proporción. Algunos sostienen que ahora tienen mayor visibilidad, pero en eso también hay que ser prudentes. Ahora un idiota y su producción intelectual pueden ser conocidos mundialmente en poco tiempo. Las redes sociales e internet se encargan de ello con una enorme eficacia. Pero sus colegas de otros tiempos también podían alcanzar la fama proporcionada que les correspondía por derecho. En fin: un mundo global exige tontos globales y un universo en el que prima la proximidad se las puede apañar con idiotas locales o regionales. La institución milenaria del “tonto del pueblo” lo prueba sobradamente.

Los empeñados en no pensar cabalgan en el mundo que les ha tocado. Por eso a la extensión de formación universitaria le ha seguido, de manera lógica, la ampliación proporcionada de los idiotas ilustrados. Pero eso no debe llevarnos a conclusiones precipitadas: también en los tiempos pretéritos existía esa modalidad de estulticia. Desde luego se ajustaba numéricamente a las reducidas cifras de titulados de esos momentos; pero esa minoría tenía una influencia probablemente mayor que la del idiotismo democrático de nuestros días.

Otro problema que plantea la distribución de los atróficos del raciocinio es el de la especialidad temática de la cerrazón mental. Los intelectuales han centrado sus críticas en los partidarios y aficionados al fútbol, que se muestran insistentemente reacios no solo a pensar, sino a mirar siquiera con objetividad las repeticiones de “casos dudosos” que constantemente llenan los tiempos de emisión de las cadenas televisivas.

Aquí la cuestión es otra. Lo vio muy bien la madre de un fanático de un equipo. Una mujer sencilla, de pueblo, pero que pensaba estupendamente. Ante los “¡Ay mi Betis!” de su hijo supuso que aquello sería algo serio por el amor que manifestaban. Al enterarse de que era un equipo de balompié se le escapó entre dientes un sentido ¡Lástima de amor perdido! Pero no hay que confundir la idiotez con los sentimientos. Cuando tu hijo se empeña en irse a vivir con una chica manifiestamente negativa (o viceversa), no valen las pruebas ni los razonamientos. Ante la realidad, la enamorada (o viceversa) te suelta: “pero yo le quiero” y ahí se ha acabado todo. Solo te queda esperar un tiempo para recoger sus trozos de alma y aguantarse el “ya te lo decía yo”.

Pero frente al tonto esencial que se niega por principio a utilizar su capacidad racional ha crecido mucho el idiota funcional. Tampoco es un producto exclusivo de nuestros días; pero sí que debe reconocerse que las redes sociales y los medios de comunicación digitales los han convertido en una plaga global. Entre ellos se encuentran los que no echan cuentas de nada, los que no quieren perder el tiempo “dándole vueltas a las cosas”, los que no quieren complicarse la vida, a los que les da igual 8 que 80, a los que no hay que irles con filosofías… y otras reglas de comportamiento que constituyen su prontuario vital. A veces parecen gente práctica; pero en realidad son tontos de capirote.

Antes se notaban menos porque apenas había cosas que decidir. Hoy se notan mucho porque gracias a ellos apenas podemos decidir algo de interés.