Julio Montero (*) – Las universidades y la investigación

Tienen razón los rectores cuando afirman que mas del 70% del sistema de ciencia en España descansa sobre las universidades. La tienen también cuando solicitan más recursos para la investigación. Y son razonables sus quejas sobre los controles en medio de los procesos y no de los resultados.

Pero en las universidades también hay trabajo pendiente. El más importante, por lo básico, es facilitar el trabajo de investigación a los investigadores.

Investigan personas, no entidades; y personas que trabajan en equipo (salvo algunas excepciones). La investigación en la universidad depende casi exclusivamente de sus grupos de investigación. Paradójicamente es frecuente que decanos, equipos decanales y directores de departamentos se empeñen en ignorar esta realidad. El modo mas habitual es afirmar que todos los profesores investigan y sobre esta mentira construir la organización docente.

En el caso de las humanidades y las ciencias sociales casi hay persecución. Al menos los de “ciencias” tienen espacios (el laboratorio) en los que se realiza la investigación. Allí hay “aparatos” y “productos” que hay que comprar y mantener. Allí trabaja el equipo. Los grupos de investigación se visualizan fácilmente: incluso se enseñan a las visitas y salen en los videos de promoción del “Alma mater”.

Los “científicos sociales” y los humanistas que investigan no tienen tanta suerte. No conozco espacios universitarios, por ejemplo, con sala para grupos de discusión. Tampoco instalación especial alguna para conservar y facilitar el acceso a los investigadores a fondos especiales (archivo personal, correspondencia, bibliotecas especializadas donadas, colección fotográfica o fílmica, etc.) en universidades públicas.

Los de “letras” son invisibles. Es prácticamente imposible verlos como a los de ciencias. Sin paralelo al laboratorio, tampoco se sabe quien no investiga claro. Es verdad que el analista social o de las humanidades trabaja en archivos, museos, accede a datos disponibles en la red; pero es más verdad aún que en esa obscuridad todos los gatos son pardos; y los interesados en mantener el predominio del lado obscuro de la fuerza son quienes no investigan… y los que necesitan sus votos para mandar.

Es pescador el que pesca y lo puede probar con sus capturas. El investigador debería mostrar sus resultados. Pero pedir esto casi es un crimen en nuestras universidades: no hay modo de saber quien tiene, o no, sexenios y cuantos; las revistas de impacto no sirven (dicen) porque arrinconan el castellano como lengua científica (motivo cultural patriótico), o porque favorecen el capitalismo liberal que nos domina (resistencia crítica); o porque no necesito que certifiquen fuera lo que hago (nadie mejor que yo para saberlo), o porque la burocracia nos invade y no nos deja investigar… y así se podría seguir.

Más aún: resulta llamativo que en los programas de doctorado (que se sostienen sobre los profesores que investigan y lo demuestran con resultados) las decisiones estén en manos de los directores de departamento, equipos decanales y rectorales. Y los investigadores, los grupos de investigación, no pintan literalmente nada. A veces parecen sólo prisioneros de un equipo de vampiros que vive de su sangre.

En fin, más recursos para investigar, sí; pero a los rectores toca poner orden en sus casas y hacer que los esfuerzos de los contribuyentes españoles no caigan en el saco roto del despilfarro. ¿Qué equipos rectorales saben cuantas horas de verdad dedica su profesorado a investigar sobre las 1.600 anuales de su dedicación? ¿Y qué rendimiento tiene esa dedicación en resultados? En medio de la crisis que sufre la universidad en la opinión pública, una buena medida sería dar cuenta de estos asuntos a la sociedad que está manteniendo la institución con sus impuestos. Hay que demostrar y mostrar la realidad de que son administradores fiables.

A los ciudadanos que pagan la investigación se les debe informar de los resultados y de la necesidad de seguir invirtiendo si no queremos cerrar el futuro inmediato a nuestro país. Esa batalla no la van a ganar solos los rectores, pero ellos deberían ser ejemplares en la parcela que les corresponde y asumir el liderazgo en lo que será nuestro futuro inmediato.
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(*) Catedrático de Universidad.