Julio Montero – La vida, presente de siempre

Cada gente vive al mismo tiempo y el mismo tiempo en tiempos muy diferentes. La frase es rebuscada, pero refleja la realidad. Y no son solo los niños quienes no saben en qué cronología viven; porque mientras el juego es la actividad principal de nuestra vida, la sucesión de acontecimientos jugados no se ajusta a los modos convencionales de medir el tiempo. En la niñez se nos pasaron tardes en un suspiro y se nos alargaron infinitamente algunos minutos antes de una bronca. Y nuestras ensoñaciones de adultos quizá tengan más que ver con nuestros juegos infantiles que con nuestra capacidad de abstracción.

El tiempo de verdad es el que ya hemos gastado. Nuestras reflexiones sobre el tiempo son miradas hacia atrás. Quizá por eso la historia es tantas cosas además de un saber académico. En nuestra cabeza pululan mezclados recuerdos interesados con relatos que construimos mucho después; espacios en blanco para nosotros fueron un punto de inflexión para otros. Me lo recuerdan, a veces, antiguos estudiantes: “Aquello que me dijo cambió mi modo de ver las cosas…o mi vida”. Mientras, yo rebusco en mi cerebro aquel momento trascendental y soy incapaz de ponerle una imagen.

Los juicios sobre el tiempo normalmente se refieren a esos análisis tan imperfectos sobre el pasado que para unos es simplemente irrecuperable y para otros es nítido y origen de una felicidad inmensa.

El futuro es el tiempo más débil. Siempre está pendiente de un hilo: el de nuestra supervivencia. En vez de olvidos y recuerdos el futuro es simplemente una esperanza que anima… o amenaza que se cierne. Esta doble dirección pocas veces tiene que ver con el presente que se vive o con el pasado que se rememora. La presunción del futuro tiene que ver con el carácter optimista o pesimista de quien recuerda. Aunque sobre esa base actúe la cultura dominante en cada periodo. En los años setenta la maquinaria transformadora que nos llevaría al paraíso obrero ya avanzaba con notables dificultades. Y la crisis del petróleo demostró en esa década que las ilusiones del desarrollo continuo del capitalismo de consumo de masas también se atascaba de golpe.

Al ser dos sistemas enfrentados nada tiene de extraño que unos y otros presentaran en sus previsiones un futuro en el que el enemigo se hundía y ellos triunfaban. Y acertaron cada uno a medias: ni lo uno ni lo otro fueron el futuro que nos prometían. A la vez, los occidentales vestían sus previsiones sobre el futuro en una literatura de profetismo científico que se dedicó a elaborar unas previsiones, proyecciones decían otras veces, sobre el futuro basadas en los grandes “trends” económicos, políticos y culturales. El futuro empezó a dejar de ser lo que era: parecía que lo dominábamos porque lo predecíamos. Y lo mismo ocurría con las películas que nos ponían delante unas décadas de adelanto. Hasta “Blade Runner” se olvidó de los avances de la telefonía obsesionada con los de la biología.

En fin, lo único que tenemos entre manos de verdad es el modesto presente, que es de una fugacidad tan extraordinaria que se escapa hacia el pasado a toda velocidad. Es como una máquina del tiempo, decía un amigo mío, que solo marcha hacia adelante y a la velocidad de la vida: no hay forma de acelerarla por mucho que te empeñes. Y desde luego la marcha atrás es imposible hagas lo que hagas.

Vivimos a la velocidad de la vida en cada etapa. Los tiempos nos resultaban enormes en nuestra infancia, largos en la juventud y se han acortado con la edad. Es curioso ese paralelismo entre tiempos y espacios. También eran enormes los solares en que jugábamos al fútbol cuando éramos niños. Encogieron sin darnos cuenta durante nuestra juventud y ahora nos parecen estrechos y agobiantes cuando los visitamos. No entendemos cómo pudimos jugar al fútbol en un lugar tan diminuto y que corriéramos allí las bandas: ¡si no cabían!

Sería un error grande admitir que entonces estábamos equivocados. La vida tiene dimensiones propias para cada edad… y también hay tiempos distintos para cada época. No seamos tan ingenuos como para asumir que solo son reales las dimensiones de hoy: porque aquel entonces también fue nuestro hoy por aquellos tiempos, tan real en todo como el de ahora.

Otra cosa es nuestra actitud ante el tiempo, o ante los tiempos, que vivimos. Hay gente que opina que los ancianos ven todo presente como algo peor que el pasado que les tocó vivir. No es así. Es más, dudo que los juicios negativos sobre el presente tengan que ver con edades más o menos avanzadas o que esos puntos de vista sirvan para atribuir una edad mental a quienes los sostienen. Basta con echar un vistazo a nuestro entorno para descubrir viejos encantados con el presente en sus más diversas manifestaciones y gente joven que percibe con claridad en nuestros días el tronar inconfundible de alguna de las trompetas apocalípticas.

Entre los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor no faltan los entrados en edad que añoran su juventud y ven la actualidad, que también es suya, como una pérdida por lo menos de vigor, tanto físico como intelectual. Es comprensible, aunque su presencia en el presente es una muestra de su capacidad demostrada de supervivencia… y algo de vigor habrá detrás de eso, aunque sea remanente.

Además, a veces se confunde la flaqueza del vigor intelectual con la pérdida de memoria. Y sí: lo primero que se pierde es la memoria de lo próximo. Ya es un lugar común el referirse a aquellos tiempos en que podíamos hablar seguido: sin necesidad de recurrir a circunloquios, explicaciones llenas de detalle sobre esa persona o cosa… todo, salvo el nombre claro. Pero no es justo calibrar como nefasto un tiempo y un mundo cuyo único defecto es que nosotros no podamos contar nuestras historias de presente sin recurrir a consultas.

Por otra parte la acumulación de detalles que aportamos para que el otro nos traiga el nombre que tenemos “en la punta de la lengua” es una muestra irrefutable de nuestra buena memoria; porque hay que ver la cantidad de cosas que somos capaces de recordar sobre ellos. Solo nos falta una: el nombre. Probablemente antes (cuando éramos más jóvenes) nos faltaban muchos de los demás detalles que ahora viene a nuestra mente.

Hay sin embargo otro tipo de juicios negativos sobre el presente que no se fundan en la nostalgia. Son los que ven el presente como la antesala de un infierno hacia el que nos encaminamos sin remedio y que nos caerá indefectiblemente encima sin que podamos evitarlo. Si el caso anterior, el de los nostálgicos, parece atribuible a los que empiezan a ser mayores, este queda abierto a todo tipo de profetas de desgracias de edades enormemente variadas.

Estos últimos suelen iniciar sus apocalipsis particulares con un “si todo sigue así…”