Julio Montero – La investigación y la universidad: lo básico

La universidad se pone de moda de vez en cuando, pero lo normal es que no importe nada a casi nadie. A quienes trabajamos en ella nos molesta, además, que nuestro protagonismo en los medios esté vinculado, normalmente, a asuntos poco relacionados con nuestra vida normal, con lo que hacemos cada día. Quizá lo peor es que en estas ocasiones las informaciones mezclan churras con merinas y el mundo y la gente se queda con una idea aún más falsa y confusa sobre lo que se hace, hacemos, en la universidad.

En las universidades trabajamos tres grandes grupos de personas: el profesorado (personal docente e investigador), los gestores en términos generales (personal de administración, de gestión y de servicios) y los directivos (las autoridades de unos y de otros: rectores, decanos, gerentes y sus equipos). Estos últimos acceden a sus puestos por designación de los electores o de los elegidos y son teóricamente posiciones temporales. Como ocurre en cualquier cargo político, desde abajo siempre hay presión para ampliar el cupo de los directivos: los directores de departamento ya lo han conseguido y toda una tropa de aspirantes en niveles inferiores lucha por ello.

El personal docente e investigador debiera enseñar en algunos (o varios) de los diversos niveles que ha establecido Bolonia: grado, máster y doctorado. La docencia no tiene por qué estar relacionada con tu especialidad, aunque no se descarte: horarios de las asignaturas, dirección del departamento, necesidades de currículo, sistemas de elección der materias cada curso, etc. tienen en la práctica más importancia que la especialización.

Pero en lo que quisiera detenerme es en la diversidad que implica la investigación. Como ocurre siempre en la universidad, hay cosas absolutamente distintas bajo la misma etiqueta ¿Qué tiene que ver el trabajo de un microbiólogo en su laboratorio con el de un filósofo en su despacho? ¿Qué hace que lo que inventa un ingeniero sea comparable a lo que descubre un historiador? Un modo de explicarlo es trazar un círculo. Dentro de él está el conjunto de todo lo que sabe sobre todas las cosas. Fuera lo desconocido. Una parte de lo que delimita esa circunferencia por dentro se transmite mediante la docencia (infantil, primaria, secundaria, bachillerato, grado, máster y doctorado).

Nunca todo se transmite a todos. Y la línea que marca el límite de lo sabido, se aabre a lo desconocido mediante la investigación. Si las cosas van bien la línea se rompe continuamente en áreas temáticamente muy distintas, que trabajan de modo muy diverso y se relacionan entre y con el conjunto de la sociedad de maneras bastante diferentes.

Si se atiende a la metodología (instrumental teórico que emplea una ciencia para conseguir sus fines) hay ciencias duras o blandas. Entre las primeras están la física, las matemáticas, la química… sus temas son relativamente reducidos, el conocimiento acumulativo, las relaciones claramente causales y la propia metodología casi señala los temas de investigación. Las ciencias blandas tienen una metodología variable que se adapta a los temas (bastante distintos) que se abordan y se han abordado a lo largo de su historia: historia, lingüística, literatura, filosofía…

Si nos fijásemos en su relación inmediata con el entorno, las ciencias pueden ser teóricas o aplicadas. En el primer grupo entrarían paradójicamente tanto las matemáticas como la filosofía. Y en la segunda coincidirían los ingenieros y los hombres del derecho.

En fin, lo duro y lo blando, lo teórico y lo práctico son cualidades que se dan según un más y un menos: no hay ciencias absolutamente puras en la actualidad, ni totalmente prácticas (por mucho que se quejen algunos teóricos). Esta variedad en los modos de trabajar hace que los investigadores universitarios seamos tan diferentes. Y esa es precisamente una de las mayores fuentes de riqueza de la institución universitaria: su capacidad de poner a trabajar juntos a personalidades, mentalidades, maneras y temas diversos. Ese es el fundamento de la universalidad de su nombre: su relación no sólo con la amplitud de su saber, sino con la variedad casi incontable de enfoques y de metodologías para entender el mundo en que vivimos. Y cuando no somos capaces de exponer a la sociedad esa multifocalidad es cuando de verdad fracasamos.


(*) Catedrático de Universidad.