Julio Montero – El buen salvaje como salvaje

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Probablemente el creador del mito del buen salvaje fue el primer ejemplo de salvajismo sin apariencia alguna de bondad. Para empezar se quitó de encima a sus hijos y los envió a la inclusa. Eso probablemente le dejó tiempo para escribir “Emilio” un llamamiento a la educación natural de la juventud que ha inspirado a muchísimo teóricos de la educación, como Juan Jacobo, que gracias a Dios no se han sentido llamados a poner en práctica sus principios, ni siquiera con sus hijos. De todas maneras no hay nada más que ver a las tribus perdidas de la Amazonia para comprobar sus elevados índices de felicidad: su convivencia feliz con mosquitos y otros insectos del entorno y los demás peces y aves a los que pacíficamente se comen en unas dietas alimentarias que probablemente recomiende la OMS.

Ser salvaje no es difícil. Ni siquiera hay que irse a una zona con baja densidad de población. Es más, se comprueba en los tribunales que se hace el animal mas a fondo en manada que en solitario (por mucho que se empeñen las series americanas de asesinos en serie). Y todo deja huella: incluso biológica. Hace muchos años ya, un amigo mexicano de rasgos indudable y absolutamente indios gastaba siempre la misma broma: “yo tengo sangre blanca en mis venas” y ante la mirada un tanto incrédula del que le escuchaba, espetaba a continuación: “sí. Mi tatarabuelo se comió a varios misioneros”.

Más que buenos salvajes, en la pervertida cultura occidental lo que se encuentra son salvajes buenos: gente que hace el animal a fondo, el mal a conciencia y con un alto nivel de profesionalidad. No me refiero ahora los perversos mafiosos, ni a los delincuentes que nuestra propia sociedad genera de modo indudablemente injusto y sin que ellos tengan la más mínima culpa. Se trata de un salvajismo cotidiano. Iba a decir de andar por casa, pero es más frecuente de andar con prisas. Es verdad que siempre hay gente más lenta. Es inevitable. Las calles no son lo suficientemente anchas para que vayamos todos en hilera y a la vez (que es como les gustaría a muchos profesores universitarios, para que nadie destacara). Es verdad que a veces desesperan un poco. Pero a fin de cuentas los rápidos apenas logran bajar seis escalones mas que el lento; los ejecutivos vibrantes casi no consiguen diez minutos de ventaja en un recorrido de 300 kilómetros, dos multas y cuatro puntos. Incluso a veces consiguen más: dos o tres muertos.

Pero el salvaje-salvaje, el que no pudo pasar el tiempo preciso en la naturaleza y se quedó en salvaje simple, acaba como Juan Jacobo: y hace mucho el animal en su círculo próximo. Primero, lo pagan sus hijos que se encuentran sin vacunar en un ambiente que nada tiene de natural. Porque ahora todo lo natural es estupendo, diga lo que diga el médico que indudablemente está al servicio de las multinacionales de la farmacia como todos sabemos. Este despotismo ignorante cada vez mas extendido identifica la naturaleza con quedarse en pelotas haya o no playa por delante.

Otro grupo, que también se ha quedado a medias en su contacto con la naturaleza, practica el salvajismo de salón. Consiste normalmente en insultar de lo modos más groseros y urbanos posibles a todo el que piense distinto (muchas veces basta con que piense). Se puede practicar también al aire libre. Y la tortilla y la paella dan para muchas ocurrencias de odio. Porque los salvajes pueden ser ocurrentes. Esto quizá se deba al déficit de naturaleza mencionado o que alguna vez aprovecharon clases en el colegio. Te dicen como quieren matarte, pero en broma eh. O se les ocurre que toda una comunidad (normalmente de humanos) está compuesta de idiotas impresos en serie y lo dicen tan contentos… y se asombran de que los insultados se enfaden y entonces los acusan de falta de sentido del humor.

El salvaje se siente rodeado de salvajes: todos los que le lleven la contraria. Porque lo curioso es la extrema sensibilidad que muestran estas bestias ante la discrepancia. Cuando se traslada a la política habría que hablar no de partidos de extrema izquierda o derecha, sino de partidos de extrema sensibilidad: ¡qué piel más fina tienen los salvajes! Han debido heredarla también de Rousseau.

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Julio Montero es Catedrático de Universidad.