Julio Montero (*) – Disparar al portero

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Una comunidad de propietarios de más de cincuenta comuneros reproduce con bastante exactitud su universo próximo, su barrio. Alguna personalidad destacada, gentes mezquinas, emprendedores de toda edad, algunos niños y niñas, ancianos y ancianas de primera generación; hijos y herederos de los primeros compradores; pequeños comerciantes; jubilados; etc. La primera homogeneidad cultural y social de los que empezaron en el edificio en los sesenta, se diluye progresivamente en los nuevos propietarios o en sus descendientes. En fin, no se llega a distinguir si es un barrio en pequeño o el barrio es una comunidad de propietarios en gran escala.

Lo interesante de las comunidades no son sus semejanzas con los barrios. Lo que destaca, por su interés sociológico y psicológico, son las juntas de vecinos. En realidad, son reuniones de comuneros en la propiedad, porque los alquilados son como el proletariado indecente del siglo XVIII para los lores ingleses, travestidos ahora en propietarios de un piso de 90 metros cuadrados. Y eso sí que es una experiencia de dinámica de grupos de alto nivel. Porque decidido lo fundamental durante los primeros años, solo los ávidos de poder (normalmente frustrado en otro ámbito) acuden a disputar las migajas de importancia de escalera que se disputan allí. El resto de los vecinos acude si algo concreto les afecta… y huyen.

Entre ellos no faltan enfrentamientos. Son el fruto de años de disputas, rencillas, humillaciones, incapacidad de pedir disculpas, miradas torcidas y mentiras de poco rango por lo mezquinas: exageraciones, calumnias, faenas… Mientras tanto la gente común, la mayoría, sigue su vida ajena a la Junta y a las derramas (siempre que sean razonables). Habla con sus vecinos alrededor de la escalera y del portal, los lugares claves de la sociabilidad de los normales en un edificio, y se hacen los favores que buenamente pueden, con el entusiasmo que dicte el grado de amistad que los una.

Algunas veces, cuando las peleas por el poder estropean esa convivencia tranquila, las buenas gentes deciden intervenir con su mayoría indiscutible y parar esas guerras y atropellos. Es entonces cuando frustrados, bocazas, fascistas de escalera, aspirantes a jueces de horca y cuchillo de rellano, ignorantes vocingleros (que confunden procesos administrativos con el coger número en la pescadería), estetas horteras y otras especies que anidan en simbiosis con gentes buenas tolerantes y pacientes, deciden dar lo peor de sí mismos.

Y claro, la paga el portero. Primero, porque como es el único que no asiste a la reunión de verdugos se le puede atacar sin respuesta. Una condena cobarde porque se le niega el derecho más elemental: defenderse.

Segundo, porque todas las acusaciones se montan, cuando son verdad, sobre hechos aislados que se multiplican por un millón: la falta de un día se hace eterna. Y no se tienen en cuenta las circunstancias: obras que ponen las cosas patas arriba, costumbres no tan higiénicas de algunos de los propietarios, atenciones a vecinos que presenten diferencias, atender iniciativas a su alcance que mejoran la vida corriente, procurar mantener en buen uso las instalaciones, canalizar a proveedores… En fin, una trayectoria buena se torna mala en un juicio injusto y sin defensa.

Tercero, porque la hipocresía disfraza de buenismo las acusaciones. El lanzador de la primera piedra incluso se presenta como un valiente, porque se atreve a acusar a alguien al que además tilda de protegido. Y es verdad: le protege la gente que recibe su buen quehacer, los vecinos que no acude a la junta para dormir tranquilos esa noche.

Cuarto: la bajeza de esa cochambre se regodea incrementando delitos, inventados, para causar el mayor daño posible. Da igual que se intente poner sentido común. Es el momento del vocerío. No sé qué poder curativo de frustraciones tiene el tratar mal y por motivos falsos a la gente; pero es curioso: los extremos coinciden. Quienes momentos antes se enfrentaban con ardor por pequeñeces sin importancia se ponen juntos a disparar al portero. Al fin se descubre que son iguales.

En realidad es una vuelta a la infancia, al patio del colegio. Los malotes presumen de su brutalidad y se van satisfechos de su valentía. Lo curioso es que no se den cuenta de que eso se lo tienen que hacer ver.
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(*) Catedrático de Universidad.