Julio Montero Díaz – Nuevo feminismo, nuevo machismo

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Una artista inquieta se pregunta desolada por qué las mujeres llevan el apellido de su padre. Lo percibe como un robo de algo propio. Como últimamente me ha dado por intentar poner racionalidad en todo, se me ha ocurrido que el que nuestro apellido se lo debamos a nuestro padre o a nuestra madre no lo hace más nuestro, ya seamos hombres, ya seamos mujeres. A no ser que los seres humanos de uno de los dos sexos tengamos algo más propio que los otros. Es más: cuando pensábamos en binario (hace diez años) era una muestra de igualdad, porque les ocurría igual a las hijas que a los hijos.

Lo binario no le gusta al nuevo feminismo (ni al nuevo machismo). Prefiere el ‘cuchuflús’ mental. Un mundo gelatinoso en el que no hay ni hombres, ni mujeres; ni homos, ni heteros… lo que existe para ellos/ellas/elles son seres humanos, al parecer omnipotentes, que son sexualmente lo que quieren ser en cada momento.

Lo malo es que los hechos biológicos estropean un poco las cosas, pero para eso ya han encontrado remedio: si te atienes a la realidad biológica y, lo peor, te atreves a decirlo y, en el colmo de la desfachatez, lo proclamas en público y eres ‘tránsfobo’ que no se sabe qué es aunque te haya detenido un juez por serlo y antes te hayan ‘escracheado’ cualquier acto público en que hayas querido hablar.

No es extraño que la realidad se escape por las costuras de la apresurada camisa de fuerza mental del pensamiento ‘queer’ (el nuevo feminismo para entendernos, el que predica el nuevo mester de progresía).

Y los hechos afloran así. Un ser de convicción sexual líquida, inicialmente varón, fue condenado por violencia de género. En el transcurso del proceso apareció en su segundo estadio identitario con su falda y su rebeca y una melenita rubia. Exigió que su condena se realizara en una cárcel de mujeres… y lo consiguió. Se ve que no estaba demasiado convencido de su nueva forma de ser porque no se llegó a operar y rodeado de mujeres aprovechó para intentar (y conseguir) violar a varias… y claro, los jueces ingleses tan respetuosos con estas cosas se encontraron ante un problema…

Un inicial varón, al parecer en crisis de evolución cultural hacia otro género, acusado y convicto de violencia no física de género con la que había sido su esposa (pido disculpas por el uso de este término, pero las fuentes coinciden en este dato) sintió también la ineludible llamada al transfuguismo sexual y logró efectivamente que se reconociera su voluntad de ser mujer como un proceso iniciado hacía tiempo. Precisamente el trastorno le habría conducido a la conducta hostil de la que se le acusaba, dijo su abogado. Pero sobre todo, al desear ser mujer ya lo era y por lo tanto no podía hablarse de violencia de género. Una mujer puede intimidar a otra, pero no es un delito de género.

Pero el problema verdaderamente difícil se planteó después. El varón en transición había obtenido plaza de bombero, una de las escasas profesiones limitada a potenciales progenitores no gestantes (antes simplemente hombres; biológicamente individuos machos de una especie). Por lo tanto se le expulsó del cuerpo (de bomberos). El problema es si estaba ya lo suficientemente convencido de su realidad femenina cuando realizó las pruebas de selección. En este caso no podría presentarse. Pero si aún se entendía como macho, la cuestión es: ¿ese cambio justificaría su expulsión? El tema tiene pinta de llegar al tribunal de derechos humanos.

Los aparentemente varones que no destacaban especialmente por sus marcas en atletismo (u otro deporte) lograron por fin su cuerpo de mujer. Ahora quieren participar en las competiciones femeninas… enseguida llegará a otros deportes: basta con que se pague suficiente ¿Habrá categoría “queer” en las Olimpiadas? ¿Cómo serán los dobles mixtos en Wimblendon, tan abiertos los británicos a todas estas modalidades líquidas? ¿Atenderemos a las quejas de las mujeres a las que acosan descaradamente en los váteres pretendidas féminas sin operar recién aterrizadas en su nuevo género? A lo peor esto no es un problema de pensamiento binario. Sencillamente podríamos estar ante nuevas formas de un machismo intimidante que lleva el acoso a las mujeres hasta lo que ahora eran sus espacios privativos y, por eso, mejor protegidos: desde los cuartos de baño hasta la legislación.