Julio Montero (*) – Como ser un buen homo sapiens (4). Sin amigos no eres sapiens

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La gente tiene ahora pocos amigos. Esta impresión la saco de conversaciones de aquí y de allá en el laboratorio social de los medios públicos de transporte. Casi nadie habla de amigos. Hay compañeros de trabajo, vecinos, familiares y hasta conocidos en general; pero amigos… pocos salen en las charlas. Y cuando lo hacen, muchas veces notas que no lo son de verdad. Casi nadie es amigo de casi nadie. Por eso, las relaciones sociales en general son poco amigables.

Dificulta ese ambiente amistoso el mostrarse categórico al expresar una opinión. No es que todo tenga que darnos lo mismo. No es eso. Pero no hay por qué ofender al decir lo que se piensa. Empeñarse en demostrar que nuestros planteamientos son definitivamente definitivos no facilita el diálogo: y sin diálogo no crece la amistad. Sobre todo, hay que interesarse por lo que opinan los demás: atenderlos para entenderlos.

Apenas hay conversaciones. Me refiero a las son algo mas que pedir algo, o dar cuenta al que manda. Porque esas son algo parecido a la antigua correspondencia de los bancos: nada tienen que ver con la amistad, aunque se encabecen con un “Estimado amigo…” Solo hay interés de por medio y solo para una de las partes.

La amistad requiere conocimiento mutuo y comunicación libre y en directo. Lo primero (el conocimiento) se suele conseguir mediante lo segundo (la comunicación). Lo segundo acelera lo primero. Exige normalmente la iniciativa de uno, al menos en los inicios. Y eso aunque nazca de modo espontáneo. Siempre alguien tiene que empezar haciendo algo en ese inicio de la relación. Y así se comienza: uno toma la iniciativa y el otro, claro, corresponde.

Lo primero de la amistad es que es estable. Las amistades de quita y pon no son amistades. La amistad de verdad se nota cuando, después de una temporada larga, dos amigos se encuentran de nuevo y la conversación sigue como si se hubieran despedido ayer. La estabilidad exige sacrificios: aguantar los inevitables defectos que tenemos y tienen los demás. Por ahí acaba por ser madura. Lo es cuando se quiere a la gente con sus defectos, aunque estos últimos se vean como lo que son y sin paliativos (bueno: con algunos paliativos, sí se pueden ver).

Alguien me comentó que a los amigos siempre hay que escucharlos, siempre hay que comprenderlos, siempre hay que disculparlos y, cuando se pueda, también hay que exigirles que mejoren en algo. Porque se lo merecen. Hay que hacerlo con cariño y sin ofender. Y no olvidar que se gana más con una dedada de miel que con un quintal de hiel.

No todos los amigos son igual de amigos: los hay que son más y los hay que son menos. La amistad tiene grados. Eso ayuda siempre a mejorar en profundidad y en intensidad. Por supuesto, no es excluyente. Y, aunque a veces, los amigos de nuestros amigos no nos acaben de caer bien; en general, se cumple la propiedad transitiva (la amistad pasa de unos a otros) y se da la reciprocidad. Salvo en “enfermos” de la amistad, uno no tiene celos porque un amigo tenga otros amigos mas amigos que uno. No siempre somos los mejores amigos de nuestros amigos: y eso no es malo.

Los seres humanos estamos hechos de tal forma que tenemos la necesidad de compartir con los demás nuestros sentimientos, nuestros quereres, nuestros pesares, alegrías y penas. Desde luego no con cualquiera; no con el primero con que nos cruzamos; sino con los cercanos a nuestros quereres, con nuestros amigos. Ante las alegrías algo nos tira a hacer que estos participen de nuestra felicidad. Unos cantan, otros solo sonríen. Pero todos necesitamos que nos acompañen en ellas los cercanos. Y si no, se disfruta menos. Y al revés. Si nos llegan dolores, se aspira a la solidaria compañía de los afectivamente próximos, en el silencio, en la comprensión y en el respeto. Necesitamos todos apoyarnos los unos en los otros y recorrer así la vida. Porque solo con los amigos nuestras ilusiones lo son de verdad; se superan las dificultades y se goza plenamente del producto de nuestros afanes. En fin: sin amigos no se puede ser sapiens y, probablemente, tampoco homo.
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(*) Catedrático de Universidad.