Juan Barquilla Cadenas (*) – Volver la mirada a los clásicos

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Los escritores clásicos, especialmente los escritores griegos y romanos, siempre tienen algo interesante que decirnos sobre todo desde el punto de vista humanístico.

Al igual que todavía hoy siguen descubriéndose restos arqueológicos griegos y romanos que nos llaman la atención, así también hay en los escritores griegos y romanos datos o informaciones que nos pueden ser útiles o divertidas incluso en nuestro mundo actual.

Hoy quiero hacer una reflexión sobre lo que llamamos “la media naranja” y el “enamoramiento”.

Al hablar de la “media naranja”, me refiero a esa necesidad casi instintiva que tiene cada hombre o mujer para encontrar una pareja que le complemente y con la que pasar la vida juntos o el mayor tiempo posible.

Hoy la explicación de esta “necesidad” sería más de tipo materialista: hombres y mujeres sienten atracción, porque-decimos- hay entre ellos “química” o debido a un proceso hormonal. Se dice que tal hombre o mujer tiene o muestra “sex appeal”( atractivo sexual).

Los griegos y romanos trataron de explicarlo de un modo menos material y más poético.

El filósofo PLATÓN (428-347 a. de C.) en uno de sus “Diálogos”, el “Banquete”, cuenta que “nuestra naturaleza no era la misma de ahora sino diferente. En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora masculino y femenino, sino que había además un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino… En segundo lugar, la forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular.

Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás como uno puede imaginarse a tenor de lo dicho….

Eran también extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses…. E intentaron subir hasta el cielo para atacar a los dioses.

Entonces ZEUS y los demás dioses deliberaban sobre que debían hacer con ellos y no encontraban solución. Porque no podían matarlos y exterminar su linaje, fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues entonces se les habrían esfumado también los honores y sacrificios que recibían de parte de los hombres, ni podían permitirles tampoco seguir siendo insolentes.

Tras pensarlo detenidamente dijo al fin Zeus:…Ahora mismo, dijo, los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos. Así pues, una vez que fue seccionada en dos la forma original, añorando cada uno su propia mitad se juntaba con ella…”

En cuanto al “enamoramiento”, los griegos pensaban que era el dios EROS el que impulsaba y propiciaba el amor.

El Diálogo el “Banquete” de PLATÓN está dedicado todo él al dios Eros (dios del amor y de la belleza).

Los reunidos en un banquete hacen el elogio de este dios, pues dicen que ningún hombre se ha atrevido hasta el día de hoy a celebrar dignamente a Eros.

Así uno de ellos (Fedro) dice: “Así pues, por muchas fuentes se reconoce que Eros es con mucho el más antiguo (de los dioses), y de la misma manera que es el más antiguo es causa para nosotros de los mayores bienes… Lo que, en efecto, debe guiar durante toda su vida a los hombres que tengan intención de vivir noblemente, esto, ni el parentesco, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa son capaces de infundirlo tan bien como el amor…

Por otra parte, a morir por otro están decididos únicamente los amantes, no sólo los hombres, sino también las mujeres”.

Otro asistente al banquete (Pausanias) dice que no hay un solo Eros sino dos, uno nacido de Afrodita Urania (celeste). Según Hesíodo (siglo VII a. de C.), esta Afrodita nace de una blanca espuma, salida de los genitales de Urano, cercenados por su hijo Crono. Este EROS, llamado “Uranio”, es el que impulsa el verdadero amor, el de los amantes. El otro EROS procede de Afrodita, hija de Zeus y de Dione, llamada “Pandemos”(= popular). Este EROS, llamado “Pandemos”, es el que inspira el amor con el que aman los hombres ordinarios, de mera satisfacción sexual.

Otro participante en el banquete (el médico Erixímaco) dice: “Que EROS no sólo existe en las almas de los hombres como impulso hacia lo bello, sino también en los demás objetos como inclinación hacia otras muchas cosas, tanto en los cuerpos de todos los seres vivos como en lo que nace sobre la tierra y, por decirlo así, en todo lo que tiene existencia… es un dios grande y admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas como en las divinas”.

Y Sócrates, que también asistía al banquete, dice que Eros no es un dios, sino un “daimon” (un “genio”), un ser intermedio entre los seres mortales y los dioses inmortales. Y nos cuenta lo que a él le contó una sacerdotisa llamada Diotima.

“Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y , entre otros, estaban también POROS(= Pluto= la riqueza), el hijo de Metis. Después que terminaron de cenar, vino a mendigar PENÍA ( = la pobreza), como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar- pues aún no había vino- entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acostó a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente es Eros también acompañante y escudero de Afrodita… por naturaleza un amante de lo bello, dado que también Afrodita es bella.

La razón por la que Eros es importante para los hombres es que influye en los cuerpos impulsando a la procreación de hijos y en las almas impulsando a los artistas y poetas. Y la razón de esta procreación es conseguir la inmortalidad: a través de la procreación de los hijos, que seguirán la vida después que los padres hayan muerto o con la “fama” para aquellos artistas y escritores que con sus obras la hayan alcanzado.

En Roma al dios EROS lo llaman CUPIDO, el dios que infunde el deseo amoroso. Esto lo consigue lanzando flechas, unas de oro que producen el enamoramiento y otras de plomo que producen el desamor.

El poeta romano OVIDIO (43 a. de C. -17 d. de C.) nos cuenta en una de sus obras, “Metamorfosis”, cómo en cierta ocasión el dios APOLO se burlaba de las flechas de Cupido y le dijo: ¿Qué tienes tú que ver, niño retozón, con las armas de los valientes? Llevar esa carga me cuadra a mí, que sé dirigir golpes infalibles a una fiera o a un enemigo…. Tú conténtate con estimular con tu antorcha no sé qué pasiones amorosas y no trates de aspirar a la gloria que me es propia”.

Entonces Cupido lanza una flecha de oro sobre Apolo de las que producen el amor y otra de plomo sobre la ninfa DAFNE de las que producen el desamor. Dafne huye de Apolo y éste la persigue y cuando está a punto de alcanzarla, ella pide a su padre, el río PENEO que la salve, y el padre la transforma en un laurel. De aquí que el laurel sea el árbol preferido de Apolo.

Por temas como éstos, creo que hay que leer o releer a los escritores clásicos grecorromanos, porque nos enriquecen con una visión distinta del mundo y de la realidad.
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(*) Profesor jubilado de Latín del I.E.S. “F. Giner de los Ríos” de Segovia.