José María Pérez de Cossío – Pelotas es un estado

Los años, que por cierto van depositándose sobre nuestros organismos de doce en doce meses para que los huevos al freírse no tengan que contarlos, nos proporcionan con su acumulación perspectivas de los acontecimientos de muy distinto calibre y cromatismo. En mi caso, la mente, al haber ya experimentado las agujetas del juzgar pasados, cuestionar presentes y presumir futuros, parece haberse aquietado y siente un cierto placer al contemplar lo que se denomina realidad circundante como un espectáculo que no es ni bueno ni malo, sino que simplemente es.

Como espectáculo pues, he asumido él como Pedro Sánchez, sin el chaleco que se marcó para estrechar la mano de Donald Trump, pero aseada y correctamente vestido para la ceremonia de firmar un plan de Presupuestos Generales, aparece en uno de los salones de La Moncloa. Para realizar lo mismo, aunque quizás con la llave inglesa mejor elegida y entrenada en su manejo, Pablo Iglesias surge como de otra realidad, con un atuendo que lo mismo serviría para ir a coger setas que para ordeñar una vaca cuando no se sabe donde se ha dejado el mono. Creo que este, para mí joven, se ha hecho un lio con la indumentaria proletaria, con los ricos y los pobres y con el rugido revolucionario y los susurros de un confesionario de aquellos que tenían rejillas a los lados y las mujeres cuanto más jóvenes y orondas más tardaban en asimilar las recomendaciones y el perdón de quien ocupaba el quiosco. Con sus andares va ocupando los dos arcenes al mismo tiempo y deja caer la calderilla de su creída sapiencia política como las monedas de aquellos bautizos de «al robo pelao que a mí no me han dao, si cojo al chiquillo lo tiro al tejao» que embarullaban la calle. Un Western en el que Sánchez, queriendo hacer de sheriff, desenfundaba más despacio y como amedrentado por las cabalgadas que Iglesias lleva protagonizadas desde Venezuela hasta Irán persiguiendo subvertir el orden establecido a sabiendas de que con el miedo y la miseria, los planes de quienes le consideran un monaguillo útil pueden ir tomando forma.

No juzgo, repito, solo contemplo, y al contemplar veo, como señal o indicación para quienes conocen las tallas de la ropa interior que van a exhibir las coristas, como a través de un balcón exageradamente abierto, surge la figura de una mujer que a modo de estatua muestra su desnudez, dicho en abreviatura coloquial, comparece en pelotas con los brazos en alto, el derecho y el izquierdo para que nadie entone ningún himno que requiera abrir la mano o cerrar el puño. Mientras las plumas rubrican el acuerdo con un ritmo como entre acelerado y clandestino, los pechos de esta fémina, jóvenes y capacitados para amamantar a quien sea capaz de succionar el mármol, el bronce y hasta el cuproníquel, permanecen atentos a las brisas del jardín en el que nos van a meter los que metidos en una celda exigen pasar a limpio los apuntes presupuestarios firmados. A Europa se la bufa, porque la deuda siempre acaba cobrándose aunque sea con frac o con la bata de cuadros haciendo juego con los bigudíes de un día para otro descolocados en un querer y no poder rizar los rizos de una justicia social teñida por, para y con una semántica perniciosa adobada de intenciones aviesas. Es lo que es; sin juzgar veo lo que he visto, y sea lo que sea, el padecer, para mí, no entra en cuenta alguna y mucho menos en ningún cuento.