José María Martín Sánchez – El segoviano que murió dos veces

No es un rincón este para la “cosa” luctuosa. Quiero decir, que nada, o casi, se escribe de política. Prefiere el que describe la interpretación jocosa, la enseñanza no partidista, escuchar las voces del Nuevo Mester o la Ronda, que si el Clamores… Cosas así. Por ello, al traer una noticia de ayer que se sitúa entre lo verosímil … inverosímil, y que además tiene relación directa con enfermedad, muerte y otras dependencias ministeriales, o parecidas, pues, oiga, que me siento así, como “preocupao”, por no saber cómo caerá la cosa.

Con tan grande peso comienzo el camino ¡Anda que no!

Si lo tienen a bien abran el calendario de 1887 y la página del mes de noviembre. Entonces, in illo tempore (traducido en aquel tiempo, según mi sacristán que sabe latín del bueno), en Segovia hacía frio en invierno y calor en verano (¡¡!!), pues el clima “no se había revelado con Greta”. Los pobres que eran mayoría, como siempre ha sucedido, (mayoría que no les sirve para nada en su vida), cogían de “todo”, incluidos resfriados y otras familias “atacantes” que dejaban en los cuerpos los virus de entonces. Y si así era, tenían mínimas posibilidades de futuro si el bichito les atacaba a traición.

De esta forma, comienza la historia. Ya tienen el calendario, conocen la fecha, la enfermedad… Nos detenemos en la calle de la Roncha (hoy la conocemos como travesía del Doctor Sancho). En una de sus viejas casas vivía una modestísima familia de cuatro miembros. El virus de la pandemia, cólera morbo, se ceba en el padre. La madre, con años suficientes para saber que aquello era grave, hacía lo imposible por llegar y cubrir las necesidades del grupo familiar.

Con el enfermo en cama y fiebre alta, le dejó unos minutos para atender otra necesidad familiar urgente. Cuando regresó se encontró al paciente a la puerta de la casa. Estaba medio desnudo y deliraba. La esposa intentó de todas las formas devolver al enfermo a la cama. Imposible ¿Qué hacer?

Salió de la casa y acudió a la de un vecino, Modesto Álvarez, concejal del excelentísimo e industrial, para pedirle ayuda. Este buscó y encontró en la calle dos personas de profesión escoberos (barrenderos): “Lleven al enfermo a la cama atado si necesario fuere”, les dijo.

No había pasado una hora cuando los escoberos, a pie quieto junto a la cama, observan que la situación empeora estando, en su opinión facultativa, a punto de agonizar. “Examinan” al enfermo y tras “analizar” la situación convienen ambos que este ha fallecido. A ninguno se le ocurrió pedir un médico para que, cuando menos, certificara la muerte.

Decisión de los escoberos: “hay que trasladar el cadáver al cementerio”. Llegó el carro mortuorio, se amortajó al difunto y fue trasladado al camposanto del Ángel.

Hete aquí que por la tarde se presenta en la casa el médico para realizar la visita al enfermo. La vivienda está cerrada. Una vecina le cuenta lo sucedido.

El médico considera que toda aquella historia es muy extraña. Camina al cementerio. Cuando allí llega se encuentra, justo en ese momento, que el “muerto” se incorpora en la caja donde le habían puesto.

¡El “resucitado” grita!

¡Los sepultureros corren!

¡Los escoberos saltan por la ventana, tropiezan y piden auxilio médico!…

Este, el doctor, no entiende nada… Informe pericial: “el enfermo ha sufrido un largo desmayo que le hizo pasar por difunto” (¿?). El vivo, que se dio cuenta de su situación, pedía a gritos regresar a su casa.

¡El médico trata de calmarle!

¡Los sepultureros cesan en su carrera!

El doctor que grita: ¡ayuden a mantener quieto al “muerto”!

Decisión facultativa:
“Arropen bien al enfermo (¡¡!!) y en camilla lo trasladan al Hospital de la Misericordia”.

Acompañamiento: esposa, sepultureros y escoberos.

En el centro hospitalario permanece cuarenta y ocho horas. Ese es el tiempo que el enfermo había convivido desde su segundo regreso al campo de los vivos. En el hospital se emite el segundo parte:

“El traslado del enfermo en su primer viaje al cementerio y la fuerte impresión recibida al despertar en el camposanto, precipitaron su “segunda” muerte”.

Todo lo descrito tuvo lugar en Segovia –donde nunca pasa “na”-, siendo trasmitido ventana a ventana tras el visillo a lo largo de mucho tiempo.

La verídica historia fue publicada en El Adelantado en 1927.