José María López López – Estremecimiento esperanzado

Les confieso que estoy estremecido por las noticias de muertos que cada día nos llegan, como causa o a consecuencia del Covid-19, con un porcentaje tan alto de personas mayores que estaban en residencias. Hasta la llegada del coronavirus, los hombres y mujeres de hoy no sabíamos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurría era ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Instalados en la sociedad del bienestar, no queríamos herir nuestra sensibilidad con el trauma del sufrimiento o de la muerte y pretendíamos ignorarla u ocultarla. Esta pandemia nos ha vuelto a la realidad. La experiencia de la muerte se impone, es un hecho indiscutible de la existencia humana. Aparece como una dolorosa realidad frente a la cual no ofrecen respuesta ni los esfuerzos de la técnica, ni el progreso de la ciencia.

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. En la actual situación se añade, además, que la mayoría de las personas que han muerto lo han hecho en soledad, sin poder experimentar la cercanía de sus seres queridos. Lo que añade un sufrimiento mayor a la pérdida. Me hago solidario con cada una de las familias que han pasado y pasarán por este trance.
¿Qué podemos hacer juntos creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes, ante la pérdida de estos seres queridos sin haber podido, siquiera, darles un beso de despedida?.

Propongo dos cosas, por si ayuda:
1.- Reflexionar. A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza. El coronavirus nos enfrenta con nuestra propia realidad.

2.- Algo que todos podemos hacer desde nuestra pequeña fe, incluso increencia, recordando la fe vivida de nuestros seres queridos muertos. Decirle desde dentro a este ser querido que nos ha dejado sumidos en un profundo dolor por no haberle podido acompañar en su trance final, unas palabras que expresen nuestro amor a él o a ella y nuestra invocación humilde a Dios: “Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros, que, a pesar de haberlo hecho en vida, no hemos la oportunidad de mostrártelo en tu último momento. Un día nos volveremos a ver”.

Hoy los cristianos celebramos la resurrección de Jesús, como primicia de nuestra resurrección. Él afronta la respuesta sobre la resurrección de los muertos, basándose en una afirmación sincera y directa: hay resurrección porque Dios no puede dejar de ser el protector de las personas que ha escogido y amado. Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas. Cuando nosotros lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre. Dios no es solo el creador de la vida; es el resucitador que la lleva a su plenitud. Puede no compartirse esta creencia, pero es bastante verosímil, aunque creencia.

En la sociedad del bienestar, aunque para muchos era la “sociedad del malestar” de la que veníamos hasta la llegada del coronavirus, se nos estaba olvidando lo que es la “compasión”, la sensibilidad al sufrimiento de las víctimas más débiles. No sabíamos, muchos gobernantes y gobernados, lo que era “padecer con” el que sufre. Con el coronavirus esta percepción está cambiando. Lo experimentamos cada día en tantos testimonios de entrega a los demás.

En la gestión de esta profunda crisis, originada por el Covid-19, hay que introducir la compasión como principio de actuación política, liberándola de una concepción sentimental y moralizante.

Una compasión que reclama justicia para erradicar las causas que generan y van a generar mucho sufrimiento. La compasión no es una virtud más, sino el único camino para reaccionar ante el clamor de los que sufren y van a sufrir a causa de esta situación y para construir un mundo más humano. Esta es la herencia de Jesús a toda la humanidad. Haríamos bien en tenerlo en cuenta.

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN DE CRISTO.