José María López López – El agradecimiento de un pueblo

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La escena que viví en la mañana del 27 de junio en la puerta de la Iglesia de Palazuelos de Eresma es de las que se graban en la memoria y en el corazón. Salía el féretro con el cuerpo de Pilar Jiménez Huertas, portado a hombros por seis familiares. De forma espontánea el gran número de personas que no habían podido acceder al templo, prorrumpió en un largo aplauso durante varios minutos. Por las caras de la gente, por el modo de aplaudir, por las lágrimas que se deslizaban por muchas mejillas… por un no sé qué difícil de explicar que sentí…me pareció que era el aplauso sincero de un pueblo agradecido a una vida entregada generosamente por los demás.

Inmediatamente antes habíamos celebrado la Eucaristía a las 11 de la mañana, preparada por la Unidad Parroquial de Palazuelos y Tabanera del Monte, con el espíritu abatido, fortalecido por la esperanza cristiana y preguntándonos y preguntando a Dios ¿por qué una mujer joven, Pilar, cristiana comprometida en su parroquia y con su pueblo, en la plenitud de su vida, 47 años, esposa y madre de tres hijas, había muerto de forma inesperada y repentina dos días antes?. Difícil contestar, aunque preguntar a Dios ¿por qué? puede convertirse en otra forma de oración. Juan Bayona, sacerdote muy unido a esta familia, que murió el 28 de marzo pasado, y en cuyos escritos estoy empezando a adentrarme, pergeña una contestación: “En las situaciones más fuertes que he vivido en la vida, dice él, siempre he sentido la presencia de Dios, aunque no hay que pedir a Dios aquello que no nos puede dar. Dice San Juan de la Cruz: “Dejemos a Dios que sea Dios”. No hay que pedirle que nos quite esto o lo otro, sino que nos ayude a sobrellevar las limitaciones que son fruto de nuestra condición y fragilidad. La Mística es esa presencia profunda y sencilla de una luz secreta y trascendente”.

Con frecuencia se alude al pueblo, con menos frecuencia se sirve al pueblo. El pueblo pasa a ser la excusa y, a veces, el elemento de confrontación, al margen de las necesidades de la propia gente del pueblo. No es el caso que nos ocupa. Pilar hacía realidad en su vida lo que el Papa Francisco expresa como “el gusto espiritual de ser pueblo”. Si no se tiene ese gusto no se puede servir realmente al pueblo. Por eso este pueblo de Tabanera del Monte y Palazuelos, servido con amor por Pilar, lo reconocía con su presencia, su oración y su largo aplauso sincero.

Al hilo de lo que nos ocupa, quiero resaltar la importancia de la unión de fe y vida. “Para ser evangelizadores del alma hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esa pertenencia”. (E.G. 268).

Es bueno recordar que “la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una “misión” en esta tierra y para esto estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar”. (E.G. 273).

Este es el testimonio de tantas cristianas y cristianos, personalizado hoy en Pilar y que espero alivie de alguna manera el dolor de su marido e hijas, de sus padres, hermanas y familia y de todos quienes han compartido con ella esta hermosa tarea de servir a la gente desde su identidad cristiana. Un pueblo agradecido.