José María López López – Difama, que algo queda

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Los medios de comunicación de Segovia recogían, días atrás, la noticia de la denuncia que el Obispado de Segovia ha presentado en la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía para averiguar la autoría de unos correos electrónicos, difundidos los últimos días del año pasado, firmados textualmente y supuestamente, pues ocultan sus nombres, lo que muestra una gran cobardía, “por los sacerdotes extranjeros que laboramos aquí en la diócesis” (¡¡¡). En ellos se ha difamado, es decir, se ha quitado la fama a varias personas de la diócesis, extendiendo falsedades graves.

Estamos en tiempos en que es fácil pasar desapercibidos cuando se difama. A esto se une que la ley es difusa y poco clara para castigar o frenar a los difamadores. ¿Calumnia, difamación, injuria…?. No entro en los términos jurídicos, no entiendo de ello. Me quedo con difamación, para entendernos. La difamación es la comunicación a una o más personas de una acusación que se hace a otra persona física o moral de un hecho, determinado o indeterminado, que pueda causar o dañar a ésta en su honor, dignidad o reputación, siempre que no esté fundamentada en pruebas fehacientes. Es el caso que nos ocupa.

La difamación es equivalente al robo. Es decir, quién difama roba la fama a una persona con la intención de perjudicarle. En el caso de la moral cristiana, cuando una persona se acusaba de haber difamado o calumniado, el confesor le ponía la penitencia de devolver lo que había robado, o sea, la fama robada.

Para animar al penitente a arrepentirse y hacerse consciente de la gravedad del pecado de difamación, se le solía poner el siguiente ejemplo: “para que se te pueda perdonar el pecado, debes devolver la fama y obrar de la siguiente manera: coges una gallina y la desplumas desde un monte en un día de mucho viento, pues esto es lo que has hecho difamando a una o varias personas. Les has despellejado y aireado una falsedad sobre ellos de manera que se ha extendido por todas las redes. Para que se te perdone el pecado debes recoger todas las plumas llevadas por el viento y volverlas a juntar en la gallina, es decir, debes comunicar a todos, a quienes ha llegado la falsedad, que lo que dijiste es mentira. Una vez que cumplas esto, vuelves al confesonario y te impartiré la absolución”.

Espero que los autores de esta difamación lean este artículo y saquen las consecuencias que de él se derivan. Han causado un grave daño moral a las personas a las que difaman. Mientras la policía hace su trabajo para averiguar quiénes son sus autores, y el posible castigo judicial, si llega el caso, deben saber que existe un mal moral y unas compensaciones proporcionadas a las personas a las que se lo han hecho. Es obvio que en el caso de la diócesis, si los difamadores son sacerdotes, tendrían un proceso canónico con penas graves, aparte del daño que han causado a los sacerdotes latinoamericanos y africanos que ejercen su ministerio sacerdotal en nuestra diócesis de Segovia, a los que pueden abocar a expresar por escrito su inocencia, que no pongo en duda. Es lo que tiene esconderse en un anonimato mal intencionado, con una expresión generalizada “los sacerdotes extranjeros que laboramos en la diócesis”. Es una grave irresponsabilidad e injusticia ampararse en lo general e implicar a otras personas, para no querer hacerse uno responsable de sus expresiones.

Una última reflexión recogida del Apóstol Santiago: “cuando ponemos un freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dominamos todo su cuerpo. De la misma manera, la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, puede jactarse de hacer grandes cosas. También la lengua es un fuego: es un mundo de maldad puesto en nuestros miembros, que contamina todo el cuerpo, y encendida por el mismo infierno, hace arder todo el ciclo de la vida humana”. (Sant 3, 3.5.6). ¿Será esto lo que ha pretendido el autor o autores del libelo que nos ocupa?. Él o ellos tienen la palabra.