José María López López – Desconfinamiento solidario

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La pandemia del coronavirus nos está mostrando cuán vulnerables son las sociedades y los sistemas que las sostienen. De repente nos hemos dado cuenta que todo es diferente a como habíamos imaginado. “Una de las cosas más importantes que hemos aprendido durante esta cuarentena es que no somos dioses, somos débiles y tenemos que lidiar con nuestra debilidad. Algo que ya sabíamos, o al menos intuíamos, pero de lo que tratábamos de huir o intentábamos disimular”. (Dani Cuesta sj)

Hemos tomado conciencia de la fragilidad del ser humano y de nuestras estructuras y sociedades. Fragilidad que puede llevarnos a dos reacciones: una, tener miedo, encerrarnos en nosotros mismos, y como consecuencia “cerrar” nuestros corazones, nuestras sociedades y nuestros países al dolor de los demás, y otra, que se necesita una gran red de justicia social , solidaridad y amor, no solo en el momento puntual de esta pandemia, sino en el futuro, que abarque todas las dimensiones de la persona. Solo podemos ser “humanos” junto con los demás. Necesitamos de los demás para realizar nuestra humanidad.

Después de este confinamiento no sabemos cómo será nuestro mundo, ni cómo reaccionaremos cada persona. Se nos impone vivirlo con sus contradicciones y extrañezas y además se convierte en una oportunidad de oro para nuestra propia evolución, la evolución y el crecimiento individual, relacional y grupal, ciudadano y político, social y económico, ecológico y de justicia e igualdad interhumana. Si no somos capaces, es que no hemos aprendido nada. Es una ilusión creer que volveremos a la normalidad en un periodo relativamente corto de tiempo, por muy justificado que sea este deseo y nos lo quieran vender nuestros gobernantes. Todo apunta a que la crisis será larga a todos los niveles: médico, económico-social, laboral, familiar, religioso, psicológico-afectivo…

¿Cómo afrontar esta crisis?. El Papa Francisco, líder mundial indiscutible, señala unas líneas de acción y comportamiento que, de ser tenidas en cuenta, ayudarían a solventar muchos de los dramas humanos y sociales que se avecinan: “Mirando hacia adelante, leamos los signos que el Covid-19 ha mostrado claramente. No olvidemos cuán profundamente nos ha empobrecido la pérdida del contacto humano durante este tiempo en el que hemos estado separados de los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo y, sobre todo, de la familia, sin olvidar la absoluta crueldad de no poder acompañar a los moribundos en sus últimos instantes y llorarlos luego adecuadamente. En el futuro, no demos por descontado el estar juntos, sino redescubramos y busquemos medios para fortalecer esta posibilidad”.

“Ahora más que nunca son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro para curar, cuidar, compartir. Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. A estas horas, a causa del Covid-19, hemos comprendido que todos estamos involucrados e implicados: la desigualdad, el cambio climático y la mala gestión nos amenazan a todos. Hemos de entender también que se deberían cambiar los paradigmas y sistemas que ponen en riesgo el mundo entero. Nuestra vida tras la pandemia no debe ser una réplica de lo que fue antes sin importar quién solía beneficiarse desproporcionadamente”.

Si no cambiamos, perderán, incluso los ganadores de siempre. “Seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así reconstruiremos un mundo nuevo. El Covid-19 nos ha permitido poner a prueba el egoísmo y la competición, y la respuesta es la siguiente: si seguimos aceptando, e incluso exigiendo, una competición implacable entre intereses individuales, corporativos y nacionales, en la que los perdedores son destruidos, entonces al final los ganadores también perderán como los otros, porque este modelo es insostenible a cualquier escala. Una nueva era de solidaridad debe poner a todos los seres humanos en el mismo plano de dignidad, cada uno asumiendo su propia responsabilidad y contribuyendo para que todos —uno mismo, los demás y las generaciones futuras— puedan prosperar”. Son muchos los que han quedado y van a quedar al borde del camino. Intentemos ponernos en su situación.

Junto a la visión, el compromiso y la acción, el Papa Francisco ha mostrado hasta qué punto la oración es fundamental para redirigir nuestra mirada a la esperanza, sobre todo cuando la esperanza se hace débil y lucha por sobrevivir. “Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”. Puede alguien ponerlo en duda, pero es verdad.