José María López López – Cristo Rey y el momento actual

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Cuando Achille Ratti fue elegido Papa en febrero de 1922 y tomó el nombre de Pío XI, tenía la experiencia reciente de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa. Pocos meses después, en octubre, Mussolini organizaba la marcha sobre Roma, que llevaría al triunfo del fascismo. Un año más tarde (8 de noviembre de 1923) Hitler intenta un golpe de estado en Múnich. Pío XI, alarmado por las tensiones crecientes en Europa y en todo el mundo, piensa que la única y verdadera solución a los problemas de tipo social, político, económico, es atenerse al mensaje del evangelio. Si Cristo fuese el rey de este mundo, muy distintas serían las cosas. Entonces instituyó esta fiesta, aprovechando que en 1925 se cumplían mil seiscientos años del concilio de Nicea, que proclamó la realeza de Cristo al añadir al credo apostólico las palabras: “y su reino no tendrán fin”.

Ha pasado casi un siglo. El lenguaje, como tantas cosas, ha cambiado; las verdades profundas, no. Estar dispuestos a defender los valores evangélicos del amor al prójimo, especialmente al más necesitado, de reconocernos todos como hermanos, hijos del mismo Padre, de la compasión, la justicia, la paz, es visibilizar el Reino de Dios
Después del Concilio Vaticano IIº, clausurado el 8 de diciembre de 1965, la Fiesta de Cristo Rey debemos contemplarla en nuestra sociedad actual desde lo que acontece el Viernes Santo. Cristo reina desde la Cruz. El mundo posee su autonomía, no pertenece a la Iglesia. La realeza de Cristo no se visibiliza en la Iglesia por sus poderes o esplendor, sino por la justicia, el servicio y la caridad, una Iglesia que debe ser libre e independiente de todo poder civil, denunciando las injusticias que se cometen en nuestra sociedad y la situación de precariedad de tantos hermanos, lo que no quiere decir que no pueda establecer relaciones de colaboración con los distintos Estados, puesto que su misión incide también en las realidades temporales y ambos, Iglesia y poder civil, sirven al mismo pueblo. Un ejemplo de ello es el Informe Foesa de Caritas española, que en un estudio serio de la realidad cada año pone de manifiesto la situación real de la pobreza en España, con el afán de colaborar en la puesta en práctica de políticas que aminoren las diferencias sociales y atiendan a las necesidades básicas de tantos hombre y mujeres.

Hay otros campos en los que la Iglesia presta un servicio a la sociedad: sanidad, educación, servicios sociales… en virtud de acuerdos con el Estado, que vienen funcionando bien desde hace muchos años, pero ciñéndome al tema de la pobreza, aludo al Mensaje del Papa Francisco del domingo pasado con motivo de la celebración de la “2ª Jornada mundial de los pobres”, un aldabonazo a la conciencia de cualquier ser humano, al margen de sus creencias y que él llama: “formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños”.

“Todos los días, dice el Papa, nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?. Son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo. Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres”.

Jesús, que ha inaugurado su Reino poniendo en el centro a los pobres, nos muestra que la promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica.