José Luis Cuenca Aladro – Se cargarán la industria del automóvil

Las ocurrencias del Gobierno que preside el madrileño Pedro Sánchez me recuerdan los inventos inverosímiles e imposibles del profesor Franz de Copenhague en aquella mítica revista infantil (TBO) del pasado siglo. La autoría de las mismas le corresponden casi en exclusiva al presidente como consecuencia del insufrible afán de protagonismo que imprime carácter a su errática y frívola personalidad; vamos, que Sánchez necesita estar imperiosa y permanentemente “en el candelabro” de la actualidad, sea como sea.

La penúltima gracieta, ya saben: el automóvil tradicional por todos conocido y reconocido tiene los días contados. Tiene fecha de caducidad, como los yogures que compramos en el súper… Así de simple es lo que dice y propone el borrador de la futura nueva ley de Cambio Climático y Transición Energética, que confiemos en que quede en agua de borrajas: en 2040 dejarán de producirse y de venderse. Y en 2050 de circular. O sea, adiós al motor diésel, de gasolina y al híbrido. Total, que una generación entera de ciudadanos españoles, los que ya estamos “primera línea de combate”, la que está compuesta por los que rondan los 55 años de edad o más a día de hoy, no lo verán ni sufrirán, de no ser que lleguen a centenarios y se hallen para entonces en plenas facultades físicas para ponerse al volante de no se sabe bien que tipo de “máquina”.

Los que han picado el anzuelo opinan que los plazos deberían ser más cortos y los hay, por el contrario, a los que les parecen razonables los tiempos anunciados. Desde luego, reducirlos, como los más ignorantes reclaman, sería catastrófico para la industria automovilística, la que más empleo crea, la que más exporta y la que más aporta a nuestro PIB (España cuenta con 17 plantas de fabricación repartidas por todo nuestro territorio a pleno rendimiento productivo). Pero los 21 años que restan hasta 2040 parecen también muy pocos a estas alturas del partido y, aunque lo haya dicho Sánchez en sede parlamentaria, “tenemos que ser valientes en todo lo que tiene que ver con el cambio climático”, lo que hace falta no es valor sino preguntarse si estamos preparados para ello, si lo estamos para afrontar con sentido común y con todas las garantías un desafío que a día de hoy no garantiza nada por tratarse de una reconversión industrial y tecnológica total que no tiene precedentes y que, por consiguiente, será incierta en el caso de llevarse a término.

El debate creado, ya digo, es inútil porque la realidad es que España no está en modo alguno lista para iniciar ese despegue hacia el coche eléctrico o lo que sea, y que, repentinamente, se ha hecho imprescindible. Miren, amigos, lo que tenga que ser será, pero a su debido tiempo. ¿Quién sabe? Quizás para las fechas señaladas el coche autónomo sea ya una novedad o hasta sea posible que el hombre vuele como vaticinó Julio Verne. Vaya usted a saber. Lo más probable, sin embargo, es que todo siga más o menos igual. Es muy posible que los motores de combustión a gasolina y diésel vayan evolucionando de tal manera en busca de la excelencia tecnológica que las emisiones contaminantes que desprendan sean prácticamente nulas. Todo puede suceder y nada hay que descartar.

Es probable que tras meses de acoso y derribo injustificado a los motores diésel (los de última generación son los más eficientes de todos) que ha impulsado el aumento de ventas de los coches que montan motor de combustión de gasolina en detrimento de los diésel, lo que ha provocado un efecto boomerang por aumento importante de CO2 en la atmósfera, el Gobierno se haya visto abocado a cortar por lo sano y a precipitar el cambio drástico al “eléctrico” dado que su nefasta gestión antidiésel de las últimas semanas, lejos de mejorar la calidad del aire en nuestras ciudades la estaba empeorando. De ahí ese brindis al sol improvisado. Y es que no se puede “cazar” a salto de mata. Es siempre preferible emplear la mejor de las estrategias industriales de la mano de los productores y fabricantes, de los expertos en definitiva, de los que saben, a improvisar sobre la marcha.

“Lo que la verdad esconde” de todo este inusitado afán por apuntarse al ecologismo “salvaje” (pretendidamente protector) es un mal disimulado odio visceral al automóvil por parte de la progresía más casposa. Lo que querrían de verdad, intuyo, es prohibir el automóvil ya mismo. Y no descarten que lo hagan. El mal denominado coche eléctrico (mejor plataforma eléctrica o instrumento eléctrico), de momento, está muy bien donde está: en los departamentos de juguetería infantil para niños y niñas de los grandes almacenes, pero no es una solución seria para los mayores. Mover una gran estructura a pilas es ridículo además de carísimo y sería como retroceder décadas en un viaje al pasado que les llevaría a desembocar en la idea de movilidad utilizada por Pedro Picapiedra y Pablo Mármol en aquella inolvidable serie infantil de dibujos animados de los años sesenta: el “tronco-móvil”.

Dejen al automóvil en paz, que ya iremos viendo, buscando y encontrando las mejores soluciones… entre todos.