Jesús Vázquez Ortega-Cadeneros, la ayuda que surgió del frío (II)

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Corrían los últimos días de febrero cuando los termómetros se desplomaron hasta límites insospechados. Las fuertes precipitaciones caídas durante una semana no concedieron tregua alguna, bloqueando las comunicaciones terrestres con multitud de localidades. En las áreas montañosas, la situación adquirió tintes trágicos ante la imposibilidad de acceder a lugares apartados para prestar la ayuda esencial a sus pobladores. En esta ocasión la fuerza de los elementos superó con creces el peor de los pronósticos, obligando a la ciudadanía a improvisar soluciones que se convirtieron en definitivas hasta el cese del temporal, visto el desbordamiento de las administraciones para atender tal demanda de auxilio. La coyuntura alcanzó niveles de colapso, los embotellamientos llegaron a extenderse a lo largo de decenas de metros y en la calzada se agolpaban cientos de vehículos a la espera de que los puertos fueran despejados. Una vez más los cadeneros pertrechados de herramientas, hubieron de colaborar en el rescate de conductores que habían quedado bloqueados, abriendo veredas por calles y avenidas. En otros núcleos liberaron kilómetros de vía, como en el Alto del León, cuyo trazado quedó abierto cuatro días después, tras el enorme esfuerzo de trescientos operarios que a golpe de pico y pala desbloquearon el mayor atasco generado por la climatología en nuestra sierra.

Llegaron las autovías, la remodelación de la antigua red de carreteras y la incorporación de la tecnología, que proporcionaron mayor operatividad a la hora de atajar las dificultades provocadas por las inclemencias meteorológicas. La construcción de infraestructuras que sorteaban las dificultades orográficas, favorecían el transporte permitiendo más rapidez y mayor seguridad en los traslados, eludiendo así los puntos más complejos en época invernal.

Consecuencia de ello fue el descenso en la solicitud de ayuda y prácticamente el uso de cadenas se restringió a vías subsidiarias con poco tránsito. La figura del cadenero fue desapareciendo de las calzadas para dar paso a otro ciclo muy distinto, en el que la técnica relevó a la voluntad.