Jesús A. Marcos Carcedo – ¿Un planeta cualquiera?

48

En medio de las preocupaciones diarias, es difícil para el ciudadano de a pie interesarse por cuestiones que no sean los más inmediatas. A mi entender, las consecuencias de las investigaciones en torno a la posibilidad de la prolongación de la vida humana y sobre la existencia de cualquier forma de vida en el sistema solar o más allá de él son de ese tipo acontecimientos sobre los que pasa muy por encima la atención popular. Y, sin embargo, son asuntos de gran relieve en muchos sentidos. De los dos temas, el primero goza de mayor aceptación, por entender todos que se están tocando cosas que pueden favorecer de manera más o menos inmediata nuestra salud y alejarnos del miedo a la muerte. Pero el otro, el de la vida extraterrestre, nos pilla de lejos… y nunca mejor dicho. Además, si en cuanto a la prolongación de la vida, hay logros positivos —conocimientos y técnicas que están ya repercutiendo en el mundo presente—, en lo concerniente al descubrimiento de vida extraterrestre, lo conseguido hasta ahora nos lleva, más bien, hacia la respuesta negativa y, por lo tanto, hacia una zona de escaso atractivo para los medios de comunicación.

El fundamento de esa perspectiva negativa y poco mediática se halla en el hecho de que comienza a tener peso en el mundo científico la idea de que estamos solos en el universo. Y no tanto porque se niegue la posibilidad teórica de que pueda haber vida en planetas de otros mundos, sino en cuanto que, a efectos prácticos, en lo que nos concierne a nosotros, es como si no la hubiera. Durante décadas ha primado esa visión que cuajó en 2001: una odisea del espacio —novela de Arthur E. Clark sobre la que Stanley Kubrick realizó su famosa película—, según la cual la vida debía hallarse asentada en otras regiones del cosmos e, incluso, pudiera estar ocurriendo que, sin que lo notáramos, nos tutelaran civilizaciones más avanzadas que la nuestra. Sin embargo, hoy en día sería más admisible la perspectiva de Asimov, que, en las novelas de La Fundación, llenaba a nuestra galaxia de planetas poblados, pero con la salvedad de que sus habitantes eran todos descendientes de las razas terrestres, aunque, por los avatares de una historia larguísima, hubieran olvidado ese origen. Desde este punto de vista, nuestra escasa carrera espacial podría ser el germen rudimentario de la implantación de las formas de vida de la Tierra en otros mundos y no del descubrimiento de variantes de la vida que nada tengan que ver con la de nuestro planeta. Conviene meditar sobre esa posibilidad ahora que la película First Man nos devuelve la emoción de la llegada de los primeros hombres a nuestro satélite, de la que hará 50 años en 2019 (al éxito de aquella misión contribuyó nuestra estación de Fresnedilla de la Oliva, por la que pasaron con prelación los primeros mensajes enviados desde la Luna).

¿Cuál es la base para esta orientación científica que, en cierto sentido, puede considerarse pesimista? El astrofísico Howard A. Smith lo ha resumido admirablemente en un artículo que ha titulado El fin de la mediocridad copernicana, aparecido en español en la revista Investigación y Ciencia de diciembre pasado. No hay vida en el Sistema Solar, pero también decepcionan los datos que nos van llegando de los exoplanetas, en órbita en otras estrellas, de los que ya se conocen más de 3600. La llamada ecuación de Drake, utilizada para calcular el número de civilizaciones inteligentes posibles en el universo, exige órbitas adecuadas y finas variables biológicas, lo que hace que, por ahora, los datos obtenidos sobre los exoplanetas no alimenten la esperanza de que se hallen colonizados por seres vivos. La otra gran dificultad, dice Smith, es la de la comunicación en un universo de dimensiones colosales: aunque hubiera otras civilizaciones en nuestra galaxia, tardaríamos al menos cien generaciones en recibir sus señales.

Si esta posición se afirmase en las próximas décadas o en el próximo medio siglo las derivaciones serían mucho más importantes que las de cualquier decisión política de las que nos sorben el seso a diario. El propio H. A. Smith apunta la necesidad de rescatar el relieve de nuestra singularidad y de subrayar el aumento de nuestra responsabilidad ecológica si lo brotado en nuestro planeta corresponde a una situación cósmica muy poco frecuente. Además, ve en ello un refuerzo del llamado “principio antrópico”, en virtud del cual la tendencia a la consciencia jugaría un papel relevante en la evolución del universo. Pero quisiera completar sus reflexiones, muy hondas, con otras referidas a aspectos relacionados con la posible evolución, en esas hipotéticas circunstancias, de las mentalidades sociales.

Si bien las nuevas ideas que surgieran de la investigación científica y de la reflexión filosófica debieran tener un carácter enriquecedor, no está nada claro que la constatación de la ausencia de vida en otras regiones del universo fuera a traernos nada bueno para el desarrollo intelectual, social y político. El geocentrismo de la Edad Media, tantas veces mal interpretado, constituía una especie de sobrevaloración, pero de carácter negativo. Cuando Freud proclamaba que Copérnico, Darwin y él mismo habían asestado golpes decisivos al narcisismo humano no tenía en cuenta o desconocía que en la concepción medieval la centralidad geométrica de la Tierra no equivalía a lugar de privilegio ni iba acompañada de una exaltación del valor del hombre. Al contrario, éramos lo inferior y degradado y todo lo opuesto a la perfección de las esferas y de los cuerpos celestes. Para el especialista Rémi Brague, en la antigüedad tardía y en la Edad Media “la “bajeza” de la Tierra es más importante que su lugar central”. Si en ese futuro hipotético se asentase, como derivado de la decepcionante exploración de nuestro entorno cósmico, un nuevo geocentrismo, no tendría éste el contrapunto moral que moderaba al de otros tiempos. Barridos los antiguos dioses, orillado el Dios único de nuestras tradiciones religiosas y retrasado indefinidamente el encuentro con otros seres inteligentes, el desarrollo de las mentalidades y de las propuestas políticas estaría abierto en cualquier dirección. Si los hombres nos viéramos definitivamente como los únicos legisladores del cosmos, podríamos, tal vez, caminar hacia un entendimiento respetuoso o, al menos, hacia el fomento del equilibrio de fuerzas. Incluso, como sugiere Smith, hacia la madurez de nuestra conciencia ecológica. Pero también cabe que lo hiciéramos hacia la exacerbación de nuestro afán de dominio y de explotación. En la base de los principales movimientos totalitarios del siglo XX se hallaba la convicción de que habitamos en un mundo meramente natural en el que, a falta de otras guías, la ley la establecen los fuertes. La confirmación de la ausencia de vida inteligente en otras regiones del universo, leída como abandono de hombre a su propio designio, podría dar nuevas alas a totalitarismos que reclamaran el control de la ingeniería genética y de la colonización del sistema solar para proyectos disparatados e insolidarios.

En el otro extremo, la soledad del género humano favorecería el regreso del tradicionalismo. Las versiones más antiguas de la religión podrían recuperar terreno, alentadas por la convincente impresión de que detrás de nuestra excepcionalidad se halla un determinado plan divino. Serían ideas legítimas y por las que, en principio, no debiéramos preocuparnos. Pero existe la experiencia histórica de que han servido en el pasado para bloquear la investigación, monopolizar la gestión de los valores morales e imponer la rigidez de las costumbres.