Jesús Fuentetaja – Hasta en Villalar, el amor entre Madrid y Segovia resultó siempre más grande que el odio

Se cumplen en este fatídico año que está resultando ser el 2020, el quinto centenario de la rebelión comunera que terminaría sofocada un 23 de abril de 1521. Entre el barro de las campas de Villalar quedaron enterradas muchas de las esperanzas y de los ideales que llevaron a los comuneros a sublevarse contra la Corona que había limitado sus derechos y cercenadas sus libertades.

En estos días, en torno a la conmemoración de aquella derrota hay otros valores que, como entonces, están también en riesgo de perderse, extraviados entre la confusión generada por la acción desoladora y disgregadora del ejercito de virus que sirven a otra corona muy distinta a la que ciñera el emperador Carlos V. La terrible pandemia se está llevando por delante no sólo vidas y futuras haciendas, sino los más elementales principios y valores morales de nuestra condición humana, que al grito de el miedo es libre, es capaz de obnubilar conciencias y ahogar algunos de los sentimientos más nobles que pueden atesorar las personas, me refiero al de la solidaridad.

A través de las páginas siempre conciliadoras de este periódico y provocado por el temor al coronavirus, estamos siendo testigos de un absurdo enfrentamiento entre los de acullá y los de allende sierra, es decir entre segovianos de aquí y madrileños de allá, que está poniendo en duda la pervivencia de otro sentimiento principal: el del amor. ¿Nos aman o nos odian los segovianos? ¿Odiamos o amamos a los madrileños? Depende, si entendemos que nos van a poner en riesgo nuestra salud, nos echamos a degüello; pero si nos van a llenar nuestros bares y restaurantes los fines de semana, fiestas y puentes de guardar, pues nada, que pasen y disfruten que a diario les echamos de menos, especialmente los hosteleros. Y qué decir de la legión de segovianos que se ha visto obligada a buscarse las habichuelas en Madrid y que van y vienen en un trasiego diario de aquí para allá y viceversa, si en los lugares de trabajo a los que acuden les negaran la entrada y les dieran con la puerta en las narices, bien sean éstas últimas portadoras o no del innombrable virus. ¿Diríamos entonces que los madrileños odian a los segovianos? Los que tenemos hijos en Madrid bien conocemos la respuesta.

Vamos a intentar serenarnos todos y a no dejarnos llevar por la miseria que se trasmite a mayor velocidad que la pandemia, evitando entablar polémicas que a nada conducen salvo a hervir la sangre en las venas de unos y otros, con un riesgo de contagio superior al del virus coronado de las citadas narices. Recordemos que las relaciones entre Madrid y Segovia, siempre han sido fluidas, amigables e incluso cariñosas, como bien pueden atestiguar, por ejemplo, los componentes del Nuevo Mester de Juglaría, que estuvieron 17 años abarrotando la plaza mayor de la capital de España durante las fiestas isidriles. O como de forma brillante se encargó de recordarnos el presidente del Centro Segoviano de Madrid, en un sensacional artículo que ha batido todos los records de entrada en la edición digital de El Adelantado de Segovia. Coincido con Antonio Horcajo, en que en nuestra común historia han abundado más los episodios concordantes que los belicosos. Si exceptuamos, claro está, la disputa medieval por el antiguo sexmo de Manzanares que mientras discutían segovianos y madrileños si eran galgos o eran podencos, llegó la casa de Mendoza y se llevó la liebre a su cocina, a la del Marqués de Santillana, donde fue debidamente desollada.

Son numerosos los municipios madrileños que mantienen en su escudo el emblema del acueducto segoviano, como inalterable recordatorio testimonial de su pertenencia a la antigua Tierra de Segovia. Nuestro monumento no sólo ha permanecido sillar a sillar presente en estos Ayuntamientos, sino que también llegó a integrar el escudo de la extinta Diputación de Madrid, es decir de su antigua provincia, como representación heráldica del partido judicial de Navalcarnero. Esta populosa población madrileña, fue fundada por la Comunidad de Segovia el día 10 de octubre de 1499 y posiblemente su plaza mayor fue la única plaza española que cuando se murió el dictador no fue necesario cambiarla el nombre, porque desde siempre ha sido y es conocida como la plaza de Segovia.

Con respecto al escudo de la provincia de Madrid, hay una anécdota que apenas es conocida y que me gustaría compartir con los lectores del periódico. Tuvo como protagonista al político segoviano Modesto Fraile, a la sazón diputado al Congreso por esta provincia y además vicepresidente 1º del mismo. En el transcurso del año 1981 y en medio de la polémica desatada con la iniciativa para convertir a Segovia en comunidad autónoma uniprovincial, uno de los requisitos exigidos en la Constitución era el de poder acreditar su entidad histórica. Un compañero de partido, con cierta sorna, se acercó al diputado segoviano en los pasillos del Congreso, preguntándole ¿dónde podía él ilustrarse acerca de la entidad histórica de Segovia?, a lo que Modesto, que había observado que de su portafolios sobresalía un boletín oficial de la provincia de Madrid, lógicamente con su escudo a la cabeza, se limitó a decirle que en su cartera llevaba la respuesta.

De Navalcarnero procedía, precisamente, el protagonista de la historia con la que cerramos el artículo. Se trata del regidor Alonso de Arreo. Según se relata en un documento depositado en el archivo de Simancas, éste, con un contingente de veinte hombres provenientes todos ellos de aquella población, se integró en las milicias segovianas capitaneadas por Juan Bravo. En Villalar se mantuvo siempre a la vanguardia hasta la derrota definitiva de las tropas comuneras y en lo más recio del combate, encontrándose desamparado el pendón segoviano, pues habían caído los que le sostenían, lo coge Arreo, arranca de él la insignia de Segovia, la guarda en el pecho ocultándola para que no caiga en poder de los imperiales y, por tener rota su espada, con el asta de su bandera se defiende hasta caer prisionero. Esta hazaña es recogida en el mural conmemorativo de aquellos hechos, que el Ayuntamiento de Navalcarnero encargó al artista madrileño Salvador Amaya.

Que el ejemplo de confraternidad de Alonso de Arreo en Villalar, entre Madrid y Segovia, no se lo lleve por delante los vientos malsanos de este maldito virus que no terminamos de desalojar.