Jesús Antonio Marcos Carcedo – Cruz Roja, pueblos y mayores de Segovia

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Desde hace 6 años colaboro con Cruz Roja como voluntario y está siendo para mí una experiencia de gran interés. He estado en diversos servicios, por lo que he podido apreciar la amplitud de las ayudas que presta la organización y la profundidad de sus actividades. Creo, además, haber encontrado en los últimos tres años mi sitio en la atención a personas mayores y especialmente gracias al buen oficio de Alba Migueláñez, estupenda y polifacética trabajadora social, y al trabajo conjunto de profesionales y voluntarios vinculados con ese servicio. Se mueve la Cruz Roja por nuestros pueblos tomando nota de las necesidades de quienes, en ellos, superan los 65 años de edad y ofreciéndoles, dentro de sus recursos, aquello que pueda satisfacerlas. Yo participo en los talleres que se organizan para enseñar a manejar los teléfonos móviles y en otros en los que aprovecho mis conocimientos como psicólogo para trabajar sobre temas y problemas que inciden en la mejora de la calidad de vida de los asistentes, tales como la higiene del sueño, la autoestima, el duelo o los sentimientos de incompetencia y soledad en la vejez.

Los pueblos que voy conociendo a través de estos programas de atención forman parte de esa España vacía o vaciada de la que ahora se habla tanto y de la que nuestra Castilla es parte destacada. Nuestra provincia tiene una densidad de tan solo 22,15 habitantes por km cuadrado, que, contrasta abiertamente con los 93 de la media española y mucho más con los 827 de su vecina Madrid. Pero esa densidad aritmética no describe adecuadamente la realidad. La distribución de nuestra escasa población no es homogénea y en las zonas rurales la cobertura humana es sumamente tenue. Cuando los políticos se plantean qué debe hacer el Estado para invertir la tendencia despobladora y generar bienestar en quienes aún habitan en nuestros campos, olvidan que hay organizaciones que, sin alharacas, llevan tiempo trabajando en esa dirección y que bien pudieran ser el modelo a seguir. La Cruz Roja es, en ese sentido, ejemplar. De una manera relativamente sencilla, mantiene una estructura que le permite conectar con las entidades públicas y las asociaciones locales para ofrecerles asesoramiento, ayuda y actividades que estimulan el enriquecimiento de la convivencia. Cada vez que los profesionales o los voluntarios visitamos uno de nuestros pueblos aprendemos mucho de lo que hoy en día significa vivir en ellos y establecemos unos lazos emocionales que nos llevan a apreciar la importancia de que se mantengan vivos.

Nuestros pueblos son hoy en día lugares agradables para vivir, a pesar de la frecuencia de algunas deficiencias de relieve, como las que afectan a la cobertura para móviles. Las casas y las calles han sido renovadas en gran medida y su aspecto y sus comodidades tienen poco que ver con los de las que conocí en la meseta de mi infancia, en la que se carecía, por lo general, de agua corriente y la luz se limitaba a unas pobres bombillas. Están tan bien estos pueblos que, si hubiera trabajo y estímulos adecuados, podrían vivir en ellos y a gusto los jóvenes. Pero, como no los hay y, además, predomina el paradigma urbano quedan, sobre todo, mayores. Y con esos mayores y con sus asociaciones es con los que trabajamos desde Cruz Roja.

Los mayores de los municipios rurales de Segovia con los que trato a través de Cruz Roja tienen a sus espaldas una importante biografía y suelen poseer una sólida personalidad. Han trabajado mucho y es curioso que sea en sus manos donde queda la huella más llamativa de unos tiempos que las requerían para usos bien distintos de los actuales: los octogenarios, que han tenido que bregar con el arado y con los animales, suelen tener unos dedos tan gruesos que se adaptan mal a las sutilezas del teclado de los móviles. Por ellos he conocido la historia de alguno de esos pueblos, la manera de vivir y de trabajar la tierra, de qué forma se vinculaban con sus familias sus glorias de antes (hasta fábricas de derivados de la resina y plazas de toros) y su agostamiento de ahora (aunque haya alguna excepción.

Asisten a las actividades de las que me ocupo, sobre todo, mujeres. Ya saben, los hombres tenemos menor esperanza de vida y hay más viudas que viudos. Pero es también una muestra de la cultura de la que proceden, con una nítida distinción en intereses y ocupaciones según el sexo. A los hombres, me dicen en alguna ocasión, les va más preparar las fiestas. Es la cultura tradicional. No obstante, vienen cada vez más hombres. Y, entre todos, noto que hay un clima tolerante, en el que cobra interés la revisión de lo que ha sido su vida, de las limitaciones que les imponían las costumbres de antes y, a la vez, de las cosas buenas que tenían. Hay un afán de comprensión e, incluso, de renovación al que no ha podido vencer la edad.

Los mayores, los ancianos, tienen miedo aquí, en Segovia, y en cualquier otro sitio al desvalimiento y a la soledad. Uno ya no es tan competente como lo era antes y parece como que fuera olvidado al no requerírsele. Además, los hijos se van y no llaman o nos visitan tanto como quisiéramos. Pero vivir en un pueblo de Segovia –al menos en estos que yo visito, que no son los más pequeños- tiene una gran ventaja para las personas mayores. En Madrid –donde también colaboro con Cruz Roja- una mujer que enviuda puede quedarse aislada y deprimida en su piso, pero en nuestros pueblos todos se conocen y hasta son parientes y acudirán, unos u otros, a su rescate. La soledad es mucho más llevadera y, además, el asociacionismo actual mejora las perspectivas tradicionales. Las sedes sociales de los jubilados son lugares de reunión diaria y de dinamismo cultural.

Ser mayor y vivir en un pueblo de Segovia, mientras se mantiene la salud, no está tan mal. Siempre se pueden mejorar las cosas y en ese empeño estamos quienes les visitamos con la Cruz Roja. Y también les visitamos para saber de ellos y para aprender de su cordura y de su entereza para aceptar la realidad de la vida. Quizá el castellano tradicional haya sido demasiado resignado o poco dado a la reivindicación y la queja. Pero ese espíritu también tiene su lado encomiable. De nuestros mayores podemos extraer antídotos contra ese empeño, tan actual, de rodearnos de artefactos, de los que cada vez dependemos más y sin los que creemos que no podríamos ser felices.