Javier de Andrés – La FIFA y el futsal

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A las mentes pensantes de la FIFA no les gusta el fútbol sala. Es más, creo que lo odian. Estamos ante el único deporte que ha involucionado en vez de evolucionar, y que beneficia tácticas resultadistas coartando compulsivamente la creatividad de los jugadores. No hay un solo deporte que castigue más al espectador que el futsal, al que solo el sentido de pertenencia y cariño a unos colores lleva al pabellón cada día de partido.

Cuando hace años nos vendieron – a los periodistas los primeros – que era conveniente acomodarse a una reglamentación internacional para mejorar el deporte desde abajo, muchos no se fiaron. Nos hablaron de ir de la mano de Brasil, de hacer fuerza y conseguir un fútbol sala más bonito, y por lo tanto mediático y rentable. O era una mentira premeditada o nos dejaron solos en la pelea.

Cada vez le doy más sentido a la tesis que argumenta que los encargados de elaborar el reglamente del fútbol sala no han visto un partido en su vida. O eso, o reciben la consigna de cargarse un deporte que puede ser tan hermoso o más que su hermano mayor, el fútbol.

La idea de fomentar la paridad entre los equipos con reglas que democratizan el juego es un disparate. Es como obligar a Rafa Nadal a jugar con una raqueta de madera para hacer su partido más igualado con el 350 del mundo. Ni siquiera la adaptación que hacen los jugadores NBA a las reglas FIBA es tan traumática, ya que varias de las diferencias han de ser castigadas por los árbitros y a veces utilizan un criterio, digamos, laxo.

Es muy difícil dotar de atractivo a un deporte como el fútbol sala en su estado actual. Cada vez hay menos jugadores que deslumbren, y más entrenadores que emborronan pizarras con tácticas en las que el balón no es imprescindible. Y mientras tanto el público sestea en las gradas recordando los goles de volea, de cabeza, y las contras de las contras de las contras, que han quedado denostadas por unas reglas que nadie entiende ni por qué llegaron, ni por qué se mantienen.