Javier de Andrés – La comprensión lectora

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El ser humano aprende a leer a los 5 años – más o menos – pero la capacidad asociada a entender lo escrito, y que se conoce como comprensión lectora, requiere de un esfuerzo extra que algunas personas no hacen. No es una cuestión de haber estudiado más o menos, sino de prestar atención y acercarse correctamente a un discurso que generalmente merece ser entendido porque, como pasa con casi todo, es necesario un desgaste intelectual para elaborarlo.

La interpretación equívoca de un mensaje ya ocurría en los tiempos de la escritura cuneiforme, allá por el 3.200 antes de Cristo, pero de un tiempo a esta parte queda magnificado con las redes sociales. Es descorazonadora la proliferación de valoraciones sesgadas o incluso mal intencionadas de textos alojados en el ciberespacio, y en cualquier formato, que se realizan sin que el destinatario original – después emisor – de la impresión de haber entendido correctamente casi nada. Es curioso, porque cuánto más importante para el lector es lo tratado, más errática puede ser la lectura que se hace del contenido del mensaje.

Los mismos términos pueden aplicarse al referirse a la escucha activa, o lo que es lo mismo, comprender correctamente el mensaje lanzado de viva voz. La volatilidad puede alterar lo transmitido, y muchas veces entre lo dicho y lo entendido por el oyente, media un abismo. Distintos problemas para una misma solución: prestar atención. Es conveniente entender que la transmisión oral del mismo mensaje termina distorsionándolo por defecto. Como el juego del teléfono estropeado al que jugábamos de niños. Para evitar esa alteración la mejor opción es acudir a la fuente original.

En el mundo del deporte, en el que afloran los sentimientos de pertenencia, y la pasión ciega muchas veces a la razón, la comprensión lectora y la escucha activa son esenciales. Partiendo de esos conceptos y desde el respeto, tanto el emisor como el receptor descubrirán que tienen mucho más en común de lo que piensan.