Javier de Andrés – El buen presidente

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La honestidad es lo primero que se le ha de exigir a un dirigente deportivo en su búsqueda de la eficiencia en la gestión. El sacrificio personal y la capacidad para liderar a un grupo de personas que ponga en práctica unas directrices básicas se antoja como capital. Dejar a un lado los intereses que otorgan lucimiento propio, y tener la suficiente mano izquierda como para manejar situaciones delicadas son también virtudes para dirigir una entidad deportiva, por pequeña que sea.

Agustín Cuenca fue un jugador de fútbol comprometido y talentoso. Comedido y ajeno a las polémicas, pero con la determinación de posicionarse del lado del compañero sin que la unidad de un vestuario como el de la Gimnástica Segoviana quedara mermada.

Como presidente, Agustín encontró a la Gimnástica hundida social y económicamente, sin recursos y con un puñado de aficionados que subían a La Albuera por inercia. Ahora el club está saneado, mantiene una estructura modesta pero firme, realiza actuaciones de calado en la sociedad, y cuenta con un presupuesto tres veces menor al del Zamora, pero pelea con él por la primera plaza de la clasificación de la Tercera. Los errores – algunos gruesos – cometidos estos años son achacables la mayor parte de ellos al desconocimiento, y no a la búsqueda del beneficio personal.

Agustín defiende un modelo de club que solo puede construirse con una inyección de capital externo porque Segovia, salvo honrosas excepciones, lleva más de noventa años desentendiéndose del tema. El dinero no garantiza el éxito, pero te lo pone a tiro. Siempre se dijo que los socios decidirían, pero no ha dado tiempo.

Con la dimisión de la directiva, la Segoviana llena de incertidumbre su futuro. La minoría, que esgrime innecesarios malos modos para defender sus tesis, y el resto de masa social que ha espabilado tarde, serán responsables de la salida del que ha sido uno de los mejores presidentes de la historia de la entidad. Lo que venga, si es que viene algo, no será mejor.