Jaime Costa Arribas – El himno a Segovia

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Los himnos, desde la antigüedad, casi siempre han expresado algún deseo, algún sentimiento positivo, pues se decían o cantaban en honor de una divinidad. También solían estar dedicados a dioses, santos o héroes que de algún modo se habían afanado en beneficio de los ciudadanos. Motivo que justifica ese sentido de celebración que tienen. Con esta convicción, escuché hace poco, una vez más, en la Plaza Mayor, el himno de nuestra ciudad, el himno a Segovia. Pero en esta ocasión, además, leí la letra detenidamente, cosa que no había hecho nunca. Como posiblemente les ocurra a muchos segovianos. No dejaron de sorprenderme ciertas metáforas y apelativos que allí aparecen, dirigidos a algunos personajes de nuestra historia: “Joyel, dulce, sencilla, traición…

De joyel dice la RAE: “joya pequeña.” Y en sentido figurado: “Persona o cosa de mucha valía”. Aquí se refiere a Isabel, guardada en el Alcázar. Casualmente acababa yo de recibir un mensaje en mi teléfono móvil interesándose por los conocimientos que yo pudiera tener acerca del autor de la frase: “Castilla hizo a España y Castilla la destruyó”. Recurrí a la bibliografía y me encontré con aquel pequeño rifirrafe que en 1931 enfrentó a Ortega y Gasset y Claudio Sánchez Albornoz. Al parecer, el primero utilizó en una de sus intervenciones la frase citada. Poco tiempo después Sánchez Albornoz explicaba lo siguiente en su magna obra “España, un enigma histórico”: “Castilla no se ha impuesto a España, se ha sacrificado por ella. En las Constituyentes de 1931, enfrenté la injusta frase orteguiana: “Castilla hizo a España y la deshizo” y acuñé esta otra, absolutamente exacta: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla (y la sigue deshaciendo)”. Y tuve el placer de que Ortega y Unamuno aceptaran tal definición”.

Me interesé por otras referencias históricas para confirmar algo que yo tenía asumido: lo poco provechoso que fue para Segovia y los segovianos el comportamiento de Isabel, el “joyel” de nuestro himno. Enrique IV murió, tal vez envenenado (¿…?) –véase algunos historiadores segovianos– en el año 1474 y se desató la Guerra de Sucesión Castellana entre los partidarios de Juana y de Isabel con la intervención militar de Fernando de Aragón, que ya había venido a escondidas a Castilla para casarse en el año 1469 con Isabel. Todo ello en contra de la opinión en vida de Enrique IV. Independientemente de si el rey hizo testamento o no y de qué decía este, Isabel se proclamó de inmediato reina de Castilla en Segovia. A partir de entonces y durante mucho tiempo, directa o indirectamente por decisiones de Isabel, toda Castilla languideció hasta extremos desconocidos en lo económico y sus antes prósperas y populosas villas y ciudades se vinieron abajo; Castilla se deshacía a marchas forzadas. Ahí estaba Segovia. Algunos de los historiadores segovianos y novelistas más notables o publicaciones más recientes nos hablan de decisiones isabelinas que perjudicaron a nuestra ciudad, así como del endurecimiento de las penas para los condenados por la Inquisición que, por expresa petición de Isabel, el Papa Sixto IV permitió que así fuera. De los sexmos de Segovia y del Privilegio de la Copa –sendos regalos de Isabel a los marqueses de Moya– ya se ha hablado en las páginas de este periódico, así como de lo que supuso para la economía de nuestra ciudad.

Por otra parte, la unión dinástica de Aragón y Castilla interesaba, sobre todo, a la primera corona, enfrentada con Francia. Castilla –ahí estaba la dulce Isabel–, adoptó una política que favorecía a Aragón: conflictos bélicos con Francia –antes aliada de Castilla– durante dos siglos. Se defendían con hombres de Castilla, dineros de Castilla y medios materiales, las posesiones de Aragón en el Mediterráneo. También llegó la desafortunada política matrimonial llevada a cabo por ambos Reyes Católicos. Matrimonios que condujeron a la extinción de la Casa Real de Castilla y al advenimiento de la nefasta Casa de Austria, durante un tiempo breve con Felipe el Hermoso y definitivamente con Carlos, rey de Castilla que usurpó el trono a su madre Juana, y rey de Aragón por la muerte de Fernando el Católico sin descendencia. Con la participación de la sencilla Isabel, se empezaba a deshacer Castilla. Quien más desdichadamente incidió en el curso de la historia de España fue la casual herencia de Carlos de Austria de los reinos españoles. Fue una calamidad nacional, que agostó el despliegue del potencial económico hispano, avanzado ya en el siglo XV, y la creciente reactivación industrial, comercial y bancaria de Castilla, incluida Segovia

La llegada de la Casa de los Habsburgo resultó una catástrofe tras los dos siglos en los que esa dinastía tuvo a Castilla como el soporte, con su Hacienda y sus Ejércitos. Sustentaba los gastos desorbitados y los intereses patrimoniales y familiares de los Habsburgo por toda Europa. Contra eso se levantaron los comuneros. Verdaderos héroes castellanos, a los que –en el mejor de los supuestos con sospechosa ambigüedad–, el himno a Segovia parece ignorar. Castilla se vio obligada a financiar el título de Emperador a Carlos, con lo que le proporcionó dos Imperios, el americano y el alemán; si en el siglo XVI las clases productivas de Castilla pagaban cinco veces y media más que las de Aragón, en el siglo XVII pagaban ya 8,38 veces más. Véase el “Memorial para que no salgan los dineros del reino” de Luis de Ortiz Contador de Castilla. Documento del S.XVI pero que goza de una modernidad sorprendente y que afecta a Segovia por verse obligada a exportar materias primas, sobre toda lana, y así tener que pagar patentes por los productos elaborados que luego importaba. Documento esclarecedor y apenas conocido. Había que pagar pronto a los banqueros franceses, italianos o alemanes, quienes prestaban a Carlos para poder guerrear en beneficio de los Habsburgo, al módico interés del 40 %.

Finalmente, tan solo mencionar, pues son de sobra conocidas, las colisiones que tuvo Isabel –joyel, dulce, sencilla–, con el pueblo de Segovia y su altivez ante los fueros de la ciudad.

Ahora que sabemos casi todo, ¿no merecería la pena modificar de algún modo el contenido de nuestro himno?