Isabel Codina – Respeto

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Para vivir en una comunidad hay que guardar unas normas básicas.

La limpieza es indispensable; en nuestras casas no vamos tirando papeles por el suelo ni tiramos las colillas de los cigarrillos ni vamos pintando las paredes del salón y si tiramos algo a la basura lo hacemos dentro del recipiente y no lo dejamos a un lado. Nuestros perros no hacen sus “pises” en el salón ni dejan sus “cacas” en el pasillo pero, aunque tengamos un monte estupendo para pasearlos, cierta gente opta por sacarlos por el pueblo y permitir que hagan sus necesidades en portales y aceras (y además muchos tampoco lo recogen). En las zonas donde hay contenedores de reciclaje es terrorífico; si la caja que quieren tirar no cabe, en lugar de partirla o doblarla la dejan fuera, si no les apetece acercarse al punto limpio, dejan la tabla de la plancha rota o la televisión averiada al otro lado y si se les “cae” algún cristal que se rompe deben de pensar que hay alguien que va detrás de ellos recogiendo.

La contaminación acústica es tremenda; en verano las segadoras y en invierno las sopladoras de hojas que, con su ruido intermitente, penetran en el oído y producen un estrés insoportable, grupos de jóvenes, o no tanto, que se concentran bajo tu ventana o un coche con la música altísima chulea por el barrio a cualquier hora…

Considerar la propiedad privada parece una locura; habría que agradecer cuando una persona, empresario o institución intenta tener sus espacios bonitos cuidando sus instalaciones, plantando flores en ventanas y balcones o decorando sus fachadas pero en cambio, muchas veces, aparece un imbécil que se dedica a robar o destrozar el trabajo de los demás.