Heliodoro Albarrán – El fantasma en el libro

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Esto va de traducciones. Me parece un tema fascinante, complicado, polémico y transcendental. Me explico. Desde hace muchos años, pienso que salvo que seas políglota (y ni aún así) siempre lees la mayor parte de libros traducidos al castellano desde su idioma original. Es decir, no leemos la obra del autor, si no la traducción de otro “señor”, del “fantasma”, al que no vemos, al que no conocemos, pero que ha escrito lo que tú estás leyendo. Sobre este tema leí hace un par de años un libro fantástico, “El fantasma en el libro” de Javier Calvo.

Hace unas semanas leí “El diamante de Moonfleet”, una novela de aventuras, clásica, entretenida, sin más, pero con algo sorprendente. Está editada en un nuevo sello editorial “Zenda aventuras” y al final del libro viene una “nota de la traductora” donde Dolores Payás dice “Agradezco a los editores que me hayan pedido estas notas. Un exotismo insólito. El traductor suele ser un personaje espectral, su labor es oculta, se da por entendida”. Y en ella cuenta el placer que le ha producido traducir esta obra y además dice algo fundamental, que “la traducción literaria consiste en derribar la tramoya original de un autor para luego reconstruirla en una lengua diferente. No se trata de transcribir el significado de las palabras una por una (eso queda para las instrucciones de la lavadora)”. No puedo estar más de acuerdo.

Esto destapó la caja de los recuerdos y aparecieron los de hace unos años cuando leí este libro, consulté otras opiniones, asistí a un debate sobre el tema en una edición del Hay Festival y todo para tener claro… que no tenía claro nada, que el tema es muy complejo y demasiado importante. En este libro, el autor repasa la historia de la traducción, constatando su origen religioso. Por ejemplo, esta curiosa historia. Parece ser que en el siglo III a.C. el rey de Egipto quiso que en la biblioteca de Alejandría estuvieran todos los libros del mundo y eso incluía la Biblia hebrea, que habría que traducir. Para ello el sumo sacerdote del templo de Jerusalén encargó el trabajo a 72 sabios, que trabajarían por separado. Pasado el tiempo se comprobó que se había obrado el milagro, las 72 versiones eran idénticas… puesto que todas habían sido inspiradas por Yahvé. Esta es la historia de la Septuaginta, leyenda, cuento o realidad es uno de los primeros casos de traducción. Más adelante el libro da cuenta de la polémica entre el Borges traductor y defensor de la reinterpretación y de Nabokov partidario de la transcripción literal, del calco.

El libro avanza hasta nuestros días, donde una de las anomalías es el dominio abrumador del inglés, seguido de varios idiomas secundarios como el español y luego el resto hasta las más de siete mil lenguas que hay en el mundo. Comenta el autor que los problemas de su profesión son fundamentalmente la falta de reconocimiento y de valoración profesional y salarial de su trabajo. Se queja también del poco tiempo con el que trabajan y que va en detrimento de la calidad. Un tema importante es la homogeneización del español, que está llevando a un “español neutro” que valga para todos los países hispanohablantes, con la consiguiente pérdida de las ricas variantes naciones, incluso locales.

Creo, que en el teatro o en el cine, la interpretación es decisiva para que la obra te guste o no. ¿Sucede lo mismo con los libros? Si tuviéramos una conversación varias personas que hubiéramos leído el mismo libro, pero de distintos traductores, nuestras opiniones posiblemente serían distintas y esto me preocupa, me parece al menos, desconcertante. El 30 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Traducción, fecha de la muerte de Estridón, al parecer traductor de la Biblia del hebreo y el griego al latín. Y a pesar de que hoy en día se celebran días de muchas bobadas, entiendo que este día está justificado por la importancia del tema.

Después de todo creo que el ideal sería que el traductor tuviera un conocimiento profundo de la lengua de origen y de la cultura del país y que dedicara un tiempo a documentarse sobre el tema del libro. Y que tuviera el tiempo necesario para realizar su labor. El tema de la documentación y de la cultura son importantes. Supongo que para traducir las obras de Pérez-Reverte, por ejemplo, su serie Alatriste al alemán, el traductor alemán debería conocer con gran profundidad la lengua española, además cómo se hablaba en la época en la que se desarrolla la historia. Y además conocer la historia de España en esas épocas. Todo ello unido a su competencia profesional, daría una buena traducción y que el lector alemán tuviera el “mismo” texto que el español. A esto habría que añadir el reconocimiento y la suficiente valoración económica de esta profesión. Y algunos cambios en la mentalidad de las editoriales, valorando más esta labor, obligándose a citar en las portadas el nombre del traductor y yo iría más lejos y obligaría a colocar las “notas del traductor”, en las que ellos pudieran dar sus impresiones del libro que han traducido, de sus pegas, de las dificultades, etc. Sería interesante y además daría relevancia e importancia a su trabajo.

Como ven, un tema importante. Y un libro de referencia para entender los problemas de esta profesión. Anímense y léanle, en un libro de verdad no en uno digital, conozcan más sobre el tema y fórmense sus opiniones. El libro es entretenido, muy documentado, valiente y que hace pensar. Un buen libro.
Al menos a mí me lo parece.