Enrique Jesús Pérez Sastre – Máquinas térmicas y crisis climática

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De niño observaba con curiosidad cómo el paso incesante de los coches y camiones secaba rápidamente la carretera mojada previamente por la lluvia; no las zonas de rodadura, sino las que se situaban bajo el paso de los motores. Ya de joven observaba lo mismo en las carreras de Fórmula 1, y algo equivalente, pero a la inversa, en las estelas de vapor de agua condensada de los aviones a reacción.

Que el aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera por la acción humana está relacionado con el calentamiento global y con alteraciones climáticas es algo que los únicos que no lo asumen son los negacionistas de lo obvio, además de los petroleros tejanos. Pero quizás lo que esté pasando desapercibido es que ese calentamiento y esas alteraciones podrían estar yendo más deprisa de lo esperado porque hemos convertido La Tierra en una inmensa bomba de calor. Es decir, si a la acumulación de gases de efecto invernadero, que aumenta los efectos térmicos de la radiación solar, añadimos el calor que producimos en la superficie terrestre…, la cosa se pone todavía más calentita –aunque tal vez no debiéramos bromear con algo tan serio. Es decir, a la atmósfera le resulta cada vez más difícil liberar al espacio el calor que producimos sobre la superficie de la Tierra.

Por si no hubiéramos caído en ello:

– Los gases contaminantes que salen de los tubos de escape de los vehículos, de las chimeneas de las fábricas, de los reactores de los aviones…, son gases calientes. Y esos tubos de escape, esas chimeneas y esos reactores se cuentan por millones; con millones de horas de funcionamiento. Y, además, esas máquinas que producen esos gases necesitan refrigerarse: emiten a la atmósfera el calor sobrante que las inutilizaría. ¿Qué son si no los radiadores de los automóviles más que intercambiadores de calor con la atmósfera?

– Para adaptarnos a entornos naturales fríos, y para alimentarnos, descubrimos el fuego y otras maneras de producir calor, que acaba siendo emitido a la atmósfera. Un sistema de calefacción por combustión de gas natural, gasóleo o leña, está emitiendo a la atmósfera gases de efecto invernadero, que además salen calientes por las chimeneas; y nuestros hogares se enfrían porque el calor lo acaba absorbiendo la atmósfera. Y los hogares y espacios públicos confortables en el mundo desarrollado, y frío durante más de 6 meses al año, se cuentan por millones. No pretendo decir que no nos calentemos, sino denunciar que hay muchos hogares y espacios públicos sobrecalentados, con pérdidas de calor negligentes: y eso tiene, además de unas connotaciones desigualitarias, un impacto ambiental negativo.

– Un mamífero de la masa de un humano emite aproximadamente el calor equivalente a una de las antiguas bombillas de 100 watios: ¡y esas bombillas quemaban! Ya estamos por los 8.000 millones, sin contar con el resto de animales que producimos para alimentarnos de ellos.

– Los incendios forestales, derivados mayoritariamente de causas humanas, no solamente devuelven a la atmósfera el CO₂ absorbido, sino que son fuentes inmensas de calor: hay zonas en un incendio forestal que llegan a alcanzar más de 600 °C.

Parece claro que si la humanidad no es capaz de superar la etapa de la máquina de vapor y el carbón que la alimenta, los efectos perversos originados por el calentamiento global serán únicamente la punta de un iceberg que se derrite por momentos. Y para empezar a superarlo deberíamos entender de una vez por todas que esos efectos perversos no tienen ideología política: ni por ser de izquierdas debemos ser más ecologistas; ni por ser de derechas debemos autoafirmarmos por lo contrario.