Emilio Montero Herrero – Las fiestas del Rebrote

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Las noches de verano y las fiestas juveniles se han convertido en uno de los principales focos de contagio para el coronavirus. Y es que botellones y fiestas sin mascarillas parece que es la nueva normalidad de muchos jóvenes españoles, que con su indisciplina e irresponsabilidad están resucitando al COVID-19, ese mal bicho al que teníamos casi doblegado gracias al gran esfuerzo colectivo del confinamiento brutal y a la casi total parálisis de la economía.

Hace unos días terminaron sus estudios y se han montado sus fiestas como siempre. Pero esto es un disparate, no solo por ellos, sobre todo porque muchos conviven con sus padres o incluso con sus abuelos, que son personas de riesgo.

No han pensado en ello y a pesar de las advertencias hacen caso omiso. Son incapaces de usar mascarillas, de guardar la distancia de seguridad y de cuidar a la sociedad de una pandemia que, por culpa de su escaso valor cívico, vuelve a infectar a España, paralizando de nuevo la economía y conduciendo a los hospitales a muchos españoles.

Es difícil de entender qué les lleva a muchos jóvenes a celebrar fiestas y botellones e ir a discotecas como si nada hubiera pasado. Parece como si el haber estado confinados durante meses en nuestras casas por culpa de un virus mortal, del que aún no nos hemos librado, no haya servido de lección para quienes se toman a la torera las normas sanitarias de seguridad que evitan el contagio.

Por otra parte, no deberíamos sorprendernos demasiado de esta actitud. Estamos ante una sociedad permisiva de la que ha surgido cierta juventud irresponsable, hedonista e indisciplinada, a las que se ha mimado en exceso y no se les ha sabido inculcar y transmitir valores tan sólidos como la responsabilidad, el esfuerzo, la lealtad, el respeto y la libertad democrática, entendida como convivencia en paz y cooperación; una sociedad en la que la moda de no reñir, o simplemente de decirle a un joven que es un irresponsable, parece que hace malo al educador.

Esto no significa que haya que criminalizar a este sector de la juventud. Es precisamente a este colectivo al que más le cuesta entender la necesidad de estar confinados. Al ser asintomáticos la gran mayoría de ellos, su noción de peligrosidad disminuye. No saben que tienen el virus y es más fácil que salgan y puedan contagiarlo. Pero ser asintomático no debe ser un motivo para perder la memoria de que se es transmisor de la enfermedad.

Hubo unos días durante los que celebrábamos con entusiasmo que los jóvenes no se contagiaran del virus, así como los bebés o los animales. Ahora se ha demostrado que todos son víctimas probables del mismo. Se creían invencibles, pero la realidad les está dando un duro revés en forma de contagios que se disparan y positivos en primera persona o muy cercanos, pasando de las fiestas multitudinarias a los ambulatorios y hospitales para realizarse las pruebas PCR.

Ahora que estábamos realizando un notable esfuerzo en todos los sectores para recuperar la actividad económica y paliar en lo posible la crisis que ya ha causado la pandemia, las autoridades han tenido que volver a imponer medidas restrictivas en el llamado mundo de la noche, uno de los más perjudicados.

El cierre de locales no es quizás la única alternativa a este problema. Esto puede conllevar a que aumenten de forma exponencial los botellones y fiestas privadas sin control sanitario, que acabarían desencadenando los rebrotes que se intentan zanjar.

Escuchar las peticiones de los empresarios, así como aprobar un plan que regule su actividad con garantías sanitarias, junto con las necesarias inspecciones para su cumplimiento y la adopción de medidas contundentes, es el único muro de contención frente al ocio descontrolado. Además de las multas para los infractores, otras medidas, como trabajos sociales o que se les retiren y denieguen cualquier tipo de ayudas, becas, etc., se podrían tener en cuenta. Todo ello sin olvidar que la medida más eficaz es reforzar la concienciación social, muy escasa entre algunos sectores, tanto de jóvenes como no tan jóvenes, algo que al parecer no se ha conseguido.

La pandemia, en definitiva, obliga en primer lugar a un incesante ejercicio pedagógico y, a la vez, de vigilancia de los hábitos sociales de riesgo. Porque el gran objetivo debe ser siempre buscar ese difícil equilibrio entre la salud pública y el mantenimiento de la actividad económica.