Emilio Montero Herrero – La mentira, formidable arma política

De las virtudes humanas, es indiscutible que una de las que debería ocupar el primer lugar es el honor. El diccionario lo define como la cualidad moral que impulsa a una persona a comportarse de manera que pueda conservar su propia estimación y ser merecedor de la consideración y respeto ajenos. El honor es patrimonio del alma y propiedad de cada persona, única responsable de mantenerlo o perderlo.

Sin embargo, a pesar de ser tan buen reflejo de la virtud, hoy en día no se oye hablar del honor, de ser personas de honor. Tal vez sea porque este sentimiento, que se reputa como improcedente, supone un freno personal a una libertad mal entendida, que hace que tantos la pierdan con ataques a través de la mentira, la desvergüenza, el insulto, la infamia o la calumnia, desvaneciéndose esa capacidad de exigirnos a nosotros mismos lo que sabemos que es correcto y que parezca que sólo nos movamos por intereses, egoísmo e hipocresía, sin respetarnos a nosotros mismos ni al prójimo.

Esta tendencia se aprecia más significativamente en ciertos políticos y responsables de la sociedad, que por sus cargos deberían dar ejemplo. De ahí, seguramente, el que salgan tan mal valorados en las encuestas. Y es que muchos profesionales de la política no se caracterizan precisamente por la fidelidad a su palabra y a sus compromisos y promesas. Más bien, por todo lo contrario: por cambiarse de camisa o de chaqueta y contradecirse y faltar a lo dicho sin despeinarse, si eso les supone evitarse un marrón o el acceso a situaciones de mayor poder o permanencia en él. Como ya observaba Maquiavelo, la mentira es una formidable arma política porque la verdad resulta mucho más difícil de creer que la fabulación.

En nuestros días podemos recordar numerosos ejemplos, como el de uno de nuestros políticos más relevantes, que se cansó de repetir que él nunca sería presidente a costa del voto de independentistas, y ahí lo tienen; anunció elecciones, que ahora obvia; afirmó que si alguien creara una sociedad interpuesta para pagar menos impuestos estaría fuera, y nos encontramos con los casos de Pedro Duque y Rosa María Mateo; o sustentó la necesidad de devolver la ejemplaridad a la política española, cuando está comprobado y documentado de manera irrefutable el plagio de su tesis doctoral.

También nos viene a la memoria otro responsable de turno que dijo por activa y por pasiva que iba a bajar impuestos y que retiraría de ley del aborto Zapatero-Aído, ley que permite como en ningún otro país civilizado el asesinato indiscriminado de los no nacidos de hasta ocho meses. Sin embargo, al llegar al poder confirmó esa ley del aborto y subió los impuestos a la clase media al nivel más alto de nuestra historia. Su excusa: no había otro remedio. Si no había otro remedio lo habría sabido dos meses antes, y en consecuencia mintió conscientemente a sus electores para conseguir el poder. Asimismo, señaló que no pactaría con terroristas y que haría cumplir la Constitución y la Ley. Su tibieza con los independentistas y el caso Bolinaga serían la culminación.

Sé que el lector podrá poner otros miles de ejemplos de su propia cosecha. Pero la pregunta es ¿por qué los políticos son mentirosos? La respuesta es corta, simplemente porque pueden serlo. Somos una sociedad indulgente y permisiva, sobre todo con los partidos afines, y sólo reaccionamos cuando esa mentira nos afecta directamente, entonces es cuando pedimos responsabilidades. Sin embargo, la mentira y el engaño no cotizan igual en todas las naciones. En la española, la verdad, está tan devaluada que algunos políticos pueden mentir sin esperar graves consecuencias, a diferencia de otros países, donde ser cogido en flagrante engaño es motivo de cese o dimisión inmediata.

Es una desgracia que muchos españoles piensen que la democracia consista en que ganen los suyos y que, si es para ese fin, se dé por válido cualquier disparate. La aceptación de la mentira en política implica un grado de corrosión moral que repercute sobre todo lo demás. Es el cultivo en el que germinan todo tipo de corrupciones, de la más pequeña a la más grande. Y de eso somos testigos.

Lamentablemente, casi todos los días los medios de comunicación pregonan el deshonor, aunque no lo llamen por su nombre, un comportamiento que alimenta la idea de que todo vale en política y que ningún político es fiable, cuando no es cierto: ni todos mienten, ni todos son iguales. Continúa habiendo muchas personas dignas, muchos más de las que esos medios pueden hacernos pensar. Son los auténticos líderes políticos, los que dicen lo que nadie quiere escuchar y los que anteponen la verdad a sus intereses más inmediatos.

La filósofa Victoria Camps sostiene que el poder desgasta la virtud y por eso es precisa una vigilancia activa de la ciudadanía. Como los viejos castellanos, habría que ser capaces de llamar al pan, pan y al vino, vino. Y también a la mentira, mentira, sin más matices ni adornos.