Elisa Yagüe – Cuéntame un cuento

O una leyenda, una anécdota, una historia, un sucedido o acaecido. Da igual, cuando llega el Festival de Narradores Orales de El Espinar, da igual lo que se cuente si se cuenta bien. Este año ha sido la vigésima edición y muchos puede que no sepan de su existencia o que nunca hayan sentido curiosidad por saber qué era eso. Pues eso es algo que se viene repitiendo desde que la humanidad tuvo la capacidad de hablar y que sería imposible de llevar a cabo si no hubiese escuchado con los oídos y los ojos durante mucho tiempo antes de formar palabras. Una sesión de narración tiene algo de sagrado y hoy en día es un milagro: alguien cuenta y muchos escuchan durante una hora. Alguien cuenta ficciones y muchos escuchan haciendo que se creen lo que se cuenta.

El gremio de narradores orales considera al público del municipio como uno de los que mejor escucha. Y es que el oído se va haciendo. A escuchar se aprende y a diferenciar el trigo de la paja también, primero con los cuentos de la ficción y luego, poco a poco con los cuentos de la realidad, aunque esos son más complicados de desentrañar porque se cuentan con mala intención y a veces se tienen tantas ganas de creerlos que no nos planteamos que no sean ciertos.

Con el tiempo, las historias se van olvidando como se olvidan las novelas o las películas, pero queda el recuerdo de lo mucho que nos gustaron y si se vuelven a oír, en seguida se recuerdan. La narración oral, como la literatura de la que es madre, posee también dos tremendas virtudes: es vacuna y consuelo de la vida: advierte de lo que será y consuela de lo que ha sido. Además, es necesariamente humana, pues obliga a la presencia, a verse las caras y a reconocer al otro como parte indispensable.

Busquemos y escuchemos más cuentos que sean cuentos de verdad, para que al escuchar los cuentos falsos sepamos que pueden mentir y dañar.