El servicio del amor

Con relativa frecuencia Jesús aconseja a sus discípulos actuar de manera opuesta a la de los fariseos. Por una parte, les dice que su enseñanza es buena, pero carecen de coherencia en su modo de actuar: «Haced todo lo que os digan; pero no hagáis lo que hacen, porque ellos dicen, pero no hacen» (M7 23,3). Este principio de coherencia es de ética natural, especialmente para quienes tienen la misión de educar si quieren mantener la autoridad moral. Otro principio que Jesús inculca a sus discípulos es el de vivir en la verdad y no en la apariencia, es decir, «para que os vea la gente». Ya en el sermón del monte, Jesús exhorta, al hablar de la oración, la limosna y el ayuno, a practicar estas obras en lo escondido del corazón, para que solo lo vea Dios. La vanidad espiritual y la ostentación de la piedad personal es indicio de falsa religión y corrompida intención. Buscar los primeros puestos en las asambleas y en los banquetes, y correr tras la estima de los hombres, denota un apego a sí mismo y narcisismo espiritual. Ser lo que uno es ante Dios es la regla fundamental de la verdad para consigo y para los demás. La apariencia, la impostura y el exhibicionismo era el objeto de la crítica habitual de Jesús a los fariseos, a quienes definió como sepulcros blanqueados que por fuera están limpios y por dentro llenos de podredumbre.

La segunda parte de las recomendaciones de Jesús se centra en los títulos que se daban a los escribas y fariseos, como «rabí», equivalente al de «maestro», o el título de «padre». Al decir a los suyos que no se dejen llamar así, Jesús no pretende anular los oficios de enseñar y mucho menos la paternidad de quien engendra a la vida física o espiritual, sino que exhorta a no buscar los títulos de honor o de superioridad sobre los demás, ya que todos somos hermanos y solo uno es el Maestro: el Padre que está en los cielos. San Agustín lo expresa muy bien al dirigirse a los ministros de Cristo: «Somos rectores y somos también siervos: presidimos, pero si servimos». La gloria y el honor de quien preside no está en la superioridad sobre los demás y en el afán de dominio o poder, sino en el servicio, tanto al comunicar la verdad como al vivirla él mismo. Por eso, las exhortaciones de Jesús terminan con estas palabras que resumen todo: «El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23,12).

Un ejemplo de este modo de vivir es el del apóstol Pablo. En su primera carta a los Tesalonicenses, que leemos hoy en la liturgia, describe su comportamiento cuando funda esa comunidad. Les recuerda cuáles fueron sus actitudes: «aunque, como apóstoles de Cristo, podríamos haberos hablado con autoridad: por el contrario, nos portamos con delicadeza entre vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos. Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor» (1 Tes 2,7-8). En este texto tan conmovedor, el apóstol no esgrime su autoridad recibida de Cristo, sino que apela al amor propio de la madre que cuida de sus hijos. En realidad, el ejercicio de la autoridad apostólica —del papa, obispos, sacerdotes— se asemeja a la «maternidad» que engendra y se desvive por sus hijos. De ahí que san Pablo presente su ministerio con la imagen del alumbramiento: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gál 4,19). Quien viva y trabaje así no buscará el honor de los títulos, las reverencias ni los primeros puestos. Simplemente, entregará su propia persona y, de este modo, harán creíble el evangelio que predica.


* Obispo de Segovia.