«El Dios cristiano: uno y trino»

Cuando los hombres hablan de Dios, no siempre se refieren a la misma realidad. La variedad de religiones y credos utilizan el concepto «Dios» para describir la divinidad a la que dan culto. Desde las creencias animistas hasta los panteísmos orientales hay variedad de matices que nada tienen que ver con la revelación judeocristiana en la que Dios es un ser personal. Incluso en las tres religiones monoteístas hay sus notables diferencias a pesar de la coincidencia en admitir que existe un solo Dios.

Dejando a un lado el Islam, que refunde ideas judías y cristianas con otras de su propia cultura, el judaísmo y cristianismo profesan la existencia de un solo Dios que se ha revelado en la historia del pueblo judío y en su continuidad que es la Iglesia fundada por Cristo. Los cristianos, en efecto, afirmamos que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Como decía Pascal, no es el Dios de los filósofos y de los sabios, aunque participe de algunas de sus características, sino el Dios revelado al pueblo de Israel y, finalmente, manifestado en la persona de su Hijo, Jesús de Nazaret.

La fe de la Iglesia en el Dios afirma dos cosas: 1) Dios es uno solo; 2) Dios subsiste en la comunidad de tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Para llegar a este conocimiento, Dios se ha revelado progresivamente, a partir de su unicidad, hasta afirmar su condición trinitaria. Esta comunión de personas aparece ya en la creación del hombre, cuando Dios, al crear a Adán, dice estas palabras: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1,26). Al hablar en plural se apunta ya a la revelación de las tres personas que constituyen al único Dios. La fe cristiana no es politeísta. Dios es uno en esencia y trino en personas. Y las tres personas, en su diversidad, revelan el rostro del único Dios, como pintó en su famoso icono de la Trinidad el artista ruso Andrei Rubliov al imaginar a las tres personas en idéntica postura y con el mismo rostro.

Naturalmente, hasta que la Iglesia define el dogma de la Trinidad ha habido reflexión, debate y hasta luchas internas para dilucidar dos conceptos clave en la fe trinitaria: el concepto de «naturaleza» y el de «persona», pues no siempre se les daba el mismo contenido. Pero las bases de esta definición están presentes en el Antiguo Testamento y explicitadas en el Nuevo, sobre todo en la enseñanza de Jesús. Cuando Jesús habla de su Padre, lo llama Dios; al hablar de sí mismo se define con los atributos del Padre y así lo entienden sus enemigos cuando le acusan de hacerse como Dios; y, cuando habla del Espíritu Santo, lo presenta en estrecha comunión de vida y unión con el Padre y con el Hijo, lo cual solo es posible si participa de la única naturaleza divina. Lo que en el Antiguo Testamento se iba perfilando como «personas» a partir de atributos divinos que adquieres poco a poco personalidad individual, lo encontramos ya revelado en Cristo, en la tradición apostólica y, en última instancia, en los concilios que definen la fe revelada.

El concepto de «revelación» juega un papel importante en la vida de la Iglesia, porque, a diferencia de los credos y religiones de otras culturas, la fe cristiana no es una creación del hombre que busca a Dios desde siempre, a base de tanteos, signos y ritos; la fe cristiana, en su más genuina esencia, es la «revelación» que Dios hace de sí mismo para que creamos en él por intervención en la historia —«las maravillas de Dios»—, que va desde la creación del mundo hasta la resurrección de Cristo, que es la nueva creación. Dios ha salido al encuentro del hombre y se le ha manifestado como único y trino.

* Obispo de Segovia.