Ángel González Pieras – Casaldáliga

Una vez me escribió Pedro Casaldáliga –el obispo Pedro- confesándome que se hizo claretiano tras conocer la matanza de 51 misioneros -37 de ellos eran simples estudiantes de Teología- entre el 2 y el 18 de agosto en Barbastro. Casaldáliga era también un mártir. Él le quitaba hierro al asunto: “lo bien que me lo he pasado en esta vida”. Pero no era así. En 1976, un policía brasileño mató al jesuita Joao Bosco Penido, cuando lo acompañaba. Lo más seguro es que lo confundiera con él. Tan preocupado estaba Pablo VI, que aseveró con rotundidad: “quien toca a Pedro, toca a Pablo”.

No le profesó el mismo cariño Juan Pablo II, quien no tuvo empacho en reprender a los representantes de la Teología de la Liberación su tinte marxista. En verdad, utilizaron el marxismo como método, pero con una sensible diferencia con respecto al pensamiento europeo: no se reivindicaba la liberación de clase alguna, sino la de los pobres, la de los oprimidos, en término del Antiguo Testamento. Y el agente liberador no era el partido o la clase organizada, sino la Iglesia.

Después del Concilio Vaticano II, las iglesias locales adquirieron un valor diferente al que hasta entonces habían tenido frente a la concepción puramente jerárquica del poder de Roma. Asimismo, la conciencia personal halló más autonomía frente a la autoridad eclesiástica, legado por cierto del protestantismo. Ese espacio fue ocupado en Latinoamérica por la Teología de la Liberación y por Pedro Casaldáliga. Su libro “Los rasgos del hombre nuevo” (1982) y el documento “Una iglesia en Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginación social” (1971) constituyeron la base teológica y conceptual del movimiento.

Los claretianos tienen una larga historia en Segovia, en donde se aposentaron en 1861 cuando solo tenían comunidad en Vic y Barcelona. Desde el sábado están de luto. No solo ellos.

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