El Atazir. Ángel González Pieras – Borondo

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En ocasiones una valla es un escupitajo al paisaje. Un elemento que distorsiona la coherencia de una perspectiva, la amplitud de la mirada, rota al ser atraída por un mensaje directo, la más de las veces comercial, la más de las veces con una grosería en el lenguaje que lo aleja de cualquier intención artística. Las vallas han prostituido de corriente la metáfora visual que supone un territorio ante los ojos de quien pretende simplemente mirar, imbuirse en un panorama al que uno mismo termina inexorablemente por pertenecer.

Lo que más me interesa del montaje que Borondo ha realizado con la personalización de 32 obras utilizando el soporte de antiguas vallas no es tanto la narrativa histórica, ni siquiera los homenajes –a los impresores como Goya, a los comuneros- sino la metáfora visual que ha conseguido con su trabajo, una mezcla de arte urbano e incardinación en el campo segoviano, consiguiendo la más de las veces eso tan difícil que es dotar de plenitud al plano: la permanencia del paisaje, que siempre termina ganando la batalla al tiempo y a los meteoros, en coherencia con la finitud y el constante cambio como señal de vida del arte urbano. Según Marc Fumaroli, el estado cultural actual mezcla sin remedio la cultura industrial para mantenimiento de las masas con el arte frívolo de los multimillonarios. Borondo ha conseguido huir de uno y de otro para lograr una obra personal y tremendamente atractiva, cambiando el lenguaje del soporte, haciendo un guiño al paisaje y a la mirada.

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