El alma de las cosas

Antigua Grecia. Un discípulo pregunta a su maestro: ¿Qué es el alma de las cosas? Junto a ellos pasea un hombre con una túnica preciosa y muy bien tejida. El maestro señala: ¿Qué ves ahí? Un hombre con una túnica hermosísima, contesta el discípulo. Y el maestro prosigue: ¿Cuándo ves la túnica admiras a quien la lleva o a quien la hizo? El discípulo no duda: A quien la hizo, maestro, y al trabajo que conlleva. El maestro concluye: Ves la túnica y a quien la lleva pero te acuerdas de quien la hizo. Eso es el alma de las cosas; aquello que sin verse, está presente.

Apagadas las luces de FEMUKA el balance es sobresaliente. Música, teatro, cuentos, deporte… ¡Qué sé yo! Una oferta festivalera esperada y con una programación diversa, trasversal y de calidad a la que no se le ahorran halagos. Vale, pero pasados los ecos de la escena me queda una última reflexión sobre lo que no se ve y que, sin duda, es parte crucial del éxito; instaladores, diseñadores, técnicos, coordinadores, tejedoras, voluntarios… Lo he visto. Son personas que no visten la túnica del escenario pero que durante meses tejen —verbo nunca mejor traído— todo el tramado que florece en un fruto cultural colectivo, sabroso y de calidad.

Nobleza obliga. Queda el reconocimiento a las personas anónimas que, entre bastidores, trabajan haciendo pueblo para que Femuka brille durante tres días vistiendo la túnica que discretamente ellos mismos han tejido durante meses. Eso es el alma de las cosas.