Eduardo Juárez Valero (*) – El Parador de la carretera de Francia

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Andaba el que suscribe la semana pasada trasteando con imágenes para una nueva publicación, que me encontré con un registro insólito de marzo de 1937. El documento en cuestión era un plano hecho a mano alzada por lo que supongo fue un explorador enviado por Karol Swierczewski para que reconociera el terreno antes de la Batalla de La Granja. El oficial polaco, más conocido como General Walter por sus soldados, aunque no lo fuera, tenía preocupación por conocer la disposición de las tropas y defensas varias en el interior de La Granja de San Ildefonso. El caso fue que el explorador volvió con una delicia de plano para los que amamos este Paraíso. Resulta que, a decir de aquel soldado republicano infiltrado, nada estaba en su sitio. Ubicaba la Real Colegiata en la plaza del Barrio Bajo, borraba de un plumazo la mayor parte de las edificaciones de ambos barrios y ponía ametralladoras en la única torre de la citada Capilla Real, confundiendo todas las iglesias del Real Sitio.

Un servidor, que anda siempre escarmentado en esto de justificar los dislates que la historia nos presenta, seguro está de que aquel joven miliciano paró en la primera taberna que halló, probablemente la de Mauricio Lucía, entrando por la Puerta del Campo, menos vigilada que las Puertas de Segovia, donde estaba el Bar Goya, más cercana su parroquia a la ideología del espía.

Sea como fuere, en uno u otro bar, estoy seguro de que se dio a la conversación, al vino y dejó en manos de los paisanos la descripción de interior del municipio. Y, aunque parezca sorprendente, en todo aquel galimatías sin sentido, el miliciano sí señaló algo correcto: la carretera de Francia.

Una más de las singularidades del Paraíso en el que tengo la suerte de vivir, la carretera que cruza la puerta del Barrio Bajo naciendo en los Alijares Altos y camina hacia Torrecaballeros y, ya en la lejanía, a Peñafiel, fue constituida con ese nombre tan excelso y propio de un insólito lugar como es este Real Sitio. En efecto, ese camino tomó ese nombre durante el reinado de Carlos III, en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando éste decidió construir un albergue para los viajeros. Empeñado en facilitar la movilidad del personal, el rey Carlos III decidió conceder licencia para que determinados particulares levantaran una infraestructura que permitiera a los viajeros que, viniendo a ver al monarca en su descanso, quisieran pasar noche sin necesidad de ocupar casa particular. Dado que los viajeros paraban allí, el edificio recibió el nombre de Parador, siendo el primer hotel levantado en este Paraíso.

Así, en la misma puerta de aquel primer Parador de Viajeros, moría la carretera de Villalba y empezaban otras dos, la carretera de Segovia y la ya citada de Francia. Con la llegada del siglo XIX, época dorada de los veraneos regios en el Real Sitio, los hoteles se fueron sucediendo: en la puerta del barrio alto, flanqueando la carretera, los hoteles de Roma y de París; ya dentro del Barrio Alto, al final del Paseo de la Alameda, donde estuvo en tiempos parte del Cuartel de Infantería, el decadente y delicioso Hotel Europeo que fuera de Cándido Robledano; en el Barrio Bajo, junto a la Casa de Baños y a la entrada de la Puerta del Horno, el Gran Hotel del Norte, dirigido, ya en el siglo XX, por la familia Vega. Hasta la Casa de los Infantes y parte del Convento del Triunfo de la Inmaculada Concepción llegaron a ser arrendados para que dar servicios hoteleros, ante la gran demanda de alojamiento que la presencia de la Casa Real provocaba cada verano.

De todo lo dicho, ya ven, apenas contamos con el Hotel de Roma, gestionado por mis queridos amigos Pancho y Ana, habiendo desaparecido todos aquellos maravillosos establecimientos decimonónicos, de escaleras reviradas de hierro fundido y crujientes escalones de madera que arrullan al huésped en su plácido dormitar. Y, si bien contamos con un maravilloso Parador de Turismo en la Casa de los Infantes que recuerda lo que una vez fue, este humilde Cronista sigue añorando esa lánguida decadencia que contenían todos aquellos establecimientos, resucitados por el que suscribe en paseos imaginarios con mis vecinos durante las fiestas de San Luis y a través de las páginas de este centenario diario. Al menos que sirva este recuerdo para que el Hotel de Roma conserve su impecable escalera y que los gestores del primero todos los hoteles del Paraíso, del que fuera Parador de Viajeros, recuperen su nombre original y preserven su historia que, como todo lo que alberga el Paraíso, a todos nos pertenece.
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(*) Cronista del Real Sitio.