Eduardo Juárez Valero (*) – El caño de la fuente de Santiago

581

Siempre me ha gustado subir a los Jardines del Rey por la puerta trasera. Ya saben, calle de la Calandria arriba hasta alcanzar la ría para, con un giro a la derecha pronunciado, desembocar en la calle de Isidro Gordero y asomar a la plaza de España. Es como descubrirlo cada día por primera vez. De las tortuosas callejuelas del Barrio Bajo a la gran plaza barroca del Palacio Real. Me imagino cómo sería salvar ese talud que separa el Barrio Bajo del Alto y llegar hasta la casa del Rey de España en el siglo XVIII, antes de que se decidiera plantarlo todo de árboles durante el reinado de Isabel II. Quizás porque siempre seré un chico del Barrio Bajo, paleto del Real Sitio, que no hago otra cosa que emocionarme por el Paraíso que encuentro a cada paso que doy.

Y como buen paleto del Paraíso, antes de empezar el maravilloso paseo, me detengo en la fuente de Santiago, recordando que podía uno echar un trago fácilmente, años atrás, cuando las fuentes como esa tenían caño donde apoyarse. A la vez que rememoro los tragos dados y mantengo la esperanza en los que daré, gasto una leve mirada al portón que flanquea la fuentecilla. Aunque nadie le otorga un nombre especial más allá de Puerta de la Fuente o de la Calandria, se llama, en realidad, Puerta de Alfonso XII. Creo recordar que fue mi querido abuelo, Pedro Rapp, quien me inculcó aquello cuando agarrábamos la salida del Barrio Bajo para recorrer cualquier paraje recóndito del Paraíso. Uno, que atesora nombres y recuerdos a partes iguales, mantuvo en su mente la memoria de aquella vieja puerta verde adintelada y, como tantas otras cosas en la historia del Jardín del Rey, siempre cerrada. Como quiera que un no-lo-sé ha supuesto y supone siempre un cerrojo para el que suscribe, largos años pené buscando una explicación a la citada puerta, hasta conseguir abrirla.

Como si se tratara de un principio matemático, fui capaz de encontrar varias soluciones al problema. La primera, la canónica, me la facilitaron Pedro Heras y Valentín Quevedo dando cuenta de un café vespertino en la preciosa librería Farinelli. Conocedores de mis artes paleográficas, me pasaron un expediente que desentrañar escrito en una bella pero compleja letra humanística personal del siglo XIX. El citado expediente contaba cómo dos paisanos del Real Sitio habían tomado la decisión de abrir una puerta en la cerca del Jardín del Rey para comunicarlo con el Barrio Bajo. Trataban así de romper el agravio de los dos accesos por el Barrio Alto y ninguno por el Bajo, injusticia que, mientras escribo estas líneas, sigue mancillando el orgullo de los vecinos por el Patrimonio del Rey en el Paraíso.

La segunda, más compleja y de dudosa certificación, me la contó mi suegro, Miguel Escudero. Según se contaba en el mentidero del Real Sitio, esa era la salida que utilizaba el joven rey, Alfonso XII, para escapar por las noches del palacio y solazarse con las mozas del Barrio Bajo. Desde luego, la situación era la apropiada, pues, rebasado el convento de Sor Patrocinio, el acceso a los callejones del barrio obrero era franco. Fantasioso que es uno, fue escuchar el cotilleo e imaginarme al rey y sus patillas correteando feliz desde la calle de La Libertad hacia el molino de la Sebastiana, disfrutando de una vida poco protocolaria. Fue entonces que chocó mi delirio con la imagen del rey dada por el cine, amantísimo de su señora esposa y prima, la reina María de las Mercedes. Ese doliente Vicente Parra, casado a la fuerza con María Cristina de Habsburgo-Lorena para dar un heredero a España, contrastaba con este desconocido joven alocado y libidinoso, capaz de saltarse el protocolo por un poco de azúcar en una triste e insípida vida.

Hubieron de pasar unos cuantos años para que encontrara la verdadera cara de este rey, no tan apesadumbrado por la muerte de su esposa, ni tan compungido por la pérdida. De hecho, pasó buena parte del luto por la muerte de su Real Prima en el inacabado Palacio de Riofrío. Y, aunque sea tan solo eso lo que digan las guías de Patrimonio Nacional al respecto, no hizo ese luto en soledad, sino acompañado de la cantante de zarzuela, Elena Sanz, con quien fabricó dos hijos en la negrura del palacio segoviano.

Mi desazón llega ahora, pues, enlazando esta crónica con la pasada de la reina Isabel II, su señora madre. Me pregunto cómo es posible que todo quisque supiera a pies juntillas las rutinas sexuales de Isabel y apenas nadie conozca las correrías de su hijo. Y no piensen que caigo, como tantos otros, en el feminismo barato y mal entendido. Ahí subyacía algo más. Parece peligrosamente evidente que aquella gruesa cortina de humo dio cobertura al saqueo de España, a la constitución de un fallido Estado que de liberal tenía bien poco y a la consolidación de un modelo de partido político caciquil, retrógrado y enemigo del común que aún sufrimos. Desgraciadamente para los instigadores, el aireo de la vida privada de la reina puso en peligro, además de la dignidad de una mujer en el trono, el trono en sí mismo.

Es probable que por ello, por el peligro que corrió la institución, nunca más supimos de este tipo de comportamientos en lo que se refiere no solo a la monarquía, sino a la Jefatura del Estado. Y si no me creen, reflexionen acerca del conocimiento que tienen de aquellos que ostentaron la más alta magistratura del país, luchen por conocer la historia real y, como hará un servidor, expliquen al consistorio que, de tener su caño la fuente de Santiago, no levantaríamos la vista hacia la Puerta del Alfonso XII para cuestionarnos el relato histórico.

Que todo, lo malo y lo bueno, empieza por los detalles y que son los detalles los que nos llevan a la verdad.
—————————
(*) Cronista Oficial del Real Sitio.