Eduardo Juárez (*) – Los jardines de Jesús Pozo

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No me gustan los cementerios. Como diría mi abuela Constancia, ni un poco. Allí me siento en la necesidad de que debo echar a correr antes de que no tenga la oportunidad de hacerlo. No me gusta su aspecto, frío, pétreo y, sobre todo, poco atractivo. Vamos, que no me extraña acabar yendo obligados. Me encantaría que fueran lugares para el paseo, repletos de árboles y praderas, jardines donde descansar una eternidad entre risas y confidencias, no al secano entre lágrimas y reproches esporádicos. Lo cierto es que sólo he conocido un cementerio así en toda mi vida. En Glasgow, la más inglesa de todas las ciudades escocesas. Allí estuve hace dieciocho años con mi querido hermano Paco, disfrutando por novena vez de un éxito deportivo. Paseando por sus amplias praderas y monumentales árboles, sentí por primera vez algo de paz en un cementerio. Como si, en efecto, estuviera en un jardín. Sentado en uno de sus bancos, viendo los nervios de mi hermano por lo que vendría después, soñé en poder ser depositado una vez fine entre árboles y setos, flores y animalillos ociosos. Entre risas pregunté a Paco dónde se enterraría él dentro del Jardín del Rey, recibiendo un exabrupto por respuesta.

Y aunque piensen que es una locura, lo de ver los cementerios como jardines, tengo un amigo que así lo lleva haciendo desde la lejanía de lo inmemorial. Atraído por todo lo que conlleva lo funerario, Jesús Pozo pasea los cementerios como yo el Paraíso. En más de una ocasión ha parado en el Real Sitio para echar un ojo al mítico cementerio que ordenó levantar Carlos III a finales hacia 1785, estableciendo un patrón y modelo que habría de ser copiado por cuantos municipios y comunidades patrias se vieron en la necesidad desde aquel entonces.

Claro que, lo que no sabe el bueno de Jesús, es que, hasta ese momento de normalización del final definitivo, este Real Sitio ha visto cementerios a tutiplén que aún siguen enseñándonos sus vestigios sin que seamos capaces de interpretarlos. No me cabe duda de que el primero de todos hubo de estar en esa ladera pelada de Valsaín, camino del paso de la Cruz de la Gallega dejando irónicamente a un lado Navalparaíso.

El segundo de los cementerios o, quizás, coetáneo del primero, estuvo en la parte trasera de la ermita de San Ildefonso, en la zona que hoy llamamos Jardín de los Frailes, en ese espacio donde hoy padecen crucifixión los perales cuyos frutos degustamos el día de San Agustín. Por la disposición y uso del terreno, a buen seguro que los monjes jerónimos debieron disponer ahí la última morada de sus compañeros finados en el Paraíso, con la esperanza de que alcanzaran alguna otra dimensión pareja a la que acababan de abandonar, que mira que me extraña.

Ya en plena fase de constitución del Real Sitio con la construcción del Palacio Real de San Ildefonso, brotó otro cementerio más, esta vez, en una de las explanadas del Barrio Bajo. Fácil es comprender porqué decidieron construir la parroquia justo en ese lugar, a los pies de la Real Enfermería, con la Casa de Ánimas a un lado. Convertido en atrio tras el traslado del osario general al enclave actual durante el reinado del cuarto Borbón, no estaría de mal recordárselo a todos los que allí descansan sentados en sus bancos, practican el fútbol bajo los carteles de prohibido jugar a la pelota o se acurrucan a cubierto de las sombras que regalan la fachada y las acacias, las puertas y la hermosa e ignorada rejería.

Ya en el siglo XIX, a mediados de centuria, apareció un cementerio más. En esta ocasión, en la trasera de la iglesia del convento de la Monja de Las Llagas, Sor Patrocinio, siempre desterrada a ese limbo existente entre la santidad y la felonía que tan bien supo manejar a cobijo de Isabel II. Desamortizado y malvendido el edificio y su predio, construida la urbanización de La Calandria, resulta sencillo identificar lo que una vez fuera camposanto de las monjas contraviniendo la norma de Carlos III de trasladar todos los fallecidos al cementerio de la carretera de Francia.

Y, aunque parezca increíble, aún hay un par de cementerios más que reseñar en este Paraíso, en este caso, de todo punto olvidados. Ambos los descubrí investigando los funestos años de la Guerra Civil Española del siglo XX. El primero de ellos, en una carta dirigida al juez municipal preguntando por la tumba de un soldado perdido y supuestamente enterrado en el cementerio de la Casa de la Mata. El segundo de estos cementerios perdidos y olvidados fue el que conformaron entre mayo y junio de 1937 los brigadistas franceses, belgas y alemanes caídos, entre ellos el hermano del dramaturgo Bertolt Brecht, en la Batalla de La Granja tratando de tomar el cerro del Puerco. En su caso, todos descansan en algún lugar entre Valsaín y el cerro de Cabeza Grande, más cerca de Revenga, diría yo. Obviamente, no me olvido de las fosas perdidas de aquellos que nunca debieron morir en tales circunstancias y que circundan el cementerio municipal.

De modo que no me cabe duda de que la próxima vez que el bueno de Jesús Pozo se deje caer por este Paraíso, me tocará hacerle una ruta de camposantos y cementerios, fosas y pudrideros. Eso sí, trataré en todo caso que me enseñe a ver en la negrura del final el verdor ajardinado que su pasión le regala. Aunque me cueste una buena retahíla de vinos.