Eduardo Juárez – La sorpresa de Alejandro Lerroux

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Hace algunos años, durante la celebración del convite a chocolate organizado por la peña el Cencerro en las fiestas patronales, tuve la suerte de compartir un café y el reintegro de su charla con mi querido amigo y Maestro, Alfonso Bullón, Marqués de Selva Alegre. Sentados en la biblioteca escondida en el imponente torreón esgrafiado que remata la calle del Rey, anduvimos desgranando gajos de la historia, ya fuera de nuestro querido Paraíso o de este Santo País en inolvidable tertulia. Allí, sentado dentro de la hermosa garita, el nonagenario Maestro fue recuperando recuerdos de un vívido pasado ancestral, perdido en la memoria de todos los españoles, pero fresco y latente en el presente abocado al pasado, como buen historiador, de Alfonso Bullón. Y entre las exequias de Felipe V en la Colegiata de Palacio y el embajador de la Sublime Puerta alojado en el esquileo de la Calandria, pasando por no pocos avatares de la monarquía patria en nuestro querido Paraíso, acabamos admirando su vieja cámara Leica, presente de una Navidad pasada.

Pequeña, triangular y extraña, testigo de un Real Sitio hoy desaparecido, sirvió aquel artilugio a mi amigo para retratar una España a veces en camino y, otras, en retirada. Eran aquellos tiempos de la Segunda República complejos para el país, pero no muy diferentes a los experimentados por los vecinos del Paraíso durante el reinado de Alfonso XIII. El Real Sitio seguía siendo tomado por la oficialidad y la presencia de líderes políticos, ya fueran reyes o presidentes, ministros o secretarios de Estado, alteraban el transcurrir cotidiano de la vida en lugar tan singular. Y, a pesar de haber coincidido con Miguel Maura, Diego Martínez Barrio, Ricardo Samper, Santiago Casares Quiroga, Manuel Portela Valladares e, incluso, Manuel Azaña, a quien su señor padre, Eloy Bullón Fernández, admiraba a pesar del abismo ideológico que los separaba, mi amigo se detuvo en un encuentro fortuito en la puerta del jardín entre su padre y el entonces presidente del gobierno, Alejandro Lerroux.

Sustituto de Manuel Azaña tras la crisis de gobierno que acabó con la coalición de izquierdas en 1933, Alejandro Lerroux consiguió con la presidencia del gobierno lo que había perseguido durante años de esforzado camino político hacia no se sabe muy bien dónde. Siendo el más catalán de todos los andaluces nacidos en Córdoba, emperador del Paralelo, Lerroux había luchado la mayor parte de su vida para asaltar el poder político y, de paso, traer a España un sistema republicano centralista, laico y anticlerical, si es que eso tenía cabida en un país monárquico, nacionalista, católico y periférico.

Para su desgracia, el momento le llegó como segundo plato de Niceto Alcalá Zamora, reacio éste a pedir al líder de la CEDA, José María Gil Robles, la formación de un gobierno, a pesar de haber ganado las elecciones. El temor a una desviación del sistema democrático hacia modelos dictatoriales orgánicos como el desarrollado en Austria por Engelbert Dollfuss o el implantado por Antonio Salazar en Portugal podía más que la lógica parlamentaria. No por ello decían en los mentideros de Madrid que, ante la petición de una cita con Gil Robles para que cediera con un gobierno conservador, Alcalá Zamora había contestado al más puro estilo de Unamuno: ni cedo, ni CEDA, ni cita. Fdo.: Niceto. El caso fue que, haciendo honor al sinsentido patrio, Lerroux alcanzó la presidencia con el apoyo de la CEDA a finales de 1933, retorciendo aún más ese laberinto español que tan bien describiría mucho después Gerald Brenan.

Dos años más tarde, con las cárceles atiborradas por cuarenta mil presos y los cementerios ahítos de cuatro millares de caídos, Alejandro Lerroux se encontraba con Alfonso Bullón y su señor padre, Eloy, en la puerta del jardín del rey. Lerroux no salía de su asombro ante las preguntas del Presidente de la República sobre los negocios de su sobrino Aurelio. Al parecer, Alcalá Zamora estaba interesado en cómo se ganaba la vida su pariente y no en el desastre social y político que sufría aquella España, sometida a tensiones sociales y manejos políticos insoportables que habrían de costarle la Jefatura del Estado. Don Eloy convino en lo sorprendente del caso y continuó su paseo con la Leica de su hijo. Ninguno pareció percatarse de que aquellos negocios sucios del sobrino, que le habrían de reportar un pingüe beneficio al Presidente del Gobierno, acabarían provocando su descrédito y caída posterior, no logrando siquiera salvar su escaño en las elecciones de febrero de 1936.

Y un servidor, que es un tanto suspicaz con todos estos temas, no deja de pensar en lo sorprendente de la sorpresa de aquel político bragado en mil batallas contra monárquicos y católicos; nacionalistas, regionalistas y localistas; insurrectos anarquistas, anarcosindicalistas y treintistas; socialistas, estalinistas y trotskistas; moderados autonomistas y centralistas furibundos; militares levantiscos, fascistas de medio pelo y de melena suelta; sorpresa ante el desconocimiento de algo que no pudiera controlar y que supusiera el fin de su carrera política; esa sorpresa en las cercanías del Patio de Honores que me lleva a pensar en el porqué de la mitificación de todas aquellas personas políticas, convertidas hoy en personajes históricos: la comparación con el presente es un total y absoluto escarnio. Ya me dirán Vds., queridos lectores, cómo habría de encajar la desvergüenza de alguno de nuestros actuales bolillos en aquella trama fúnebre.

Sin duda, como bien diría mi querida amiga, Nieves Concostrina, dado que cualquier tiempo pasado fue anterior, cualquier líder político pasado ha de quedar hoy, a la fuerza, caricaturizado, congelado en el tiempo, retratado por la vieja Leica de Don Alfonso en una inquietante fotografía en blanco y negro, donde los grises han de predominar en un profundo horizonte ausente de color, de esperanza, de amanecer.