Eduardo Juárez – En el vado de Oquendo

Allí me llevó por primera vez mi compadre, el Sr. Bellette, hace ya más de diez años. Justo en la conjunción del arroyo del Cañón y el Carneros. Justo por encima del Corral del Pasadizo, donde una vez estuvo la Caseta del Carretero. Arroyo y arroyuelo se deslizan en un bucólico testero donde la campiña se torna verde, los pinos crecen rectos, imponentes, mientras tejos y acebos asoman felices de vivir en el Paraíso. Si tienes suerte, puede que te encuentres caballos y vacas pastando la yerba verde y fresca que alimentan las aguas puras, juguetonas y raudas cayendo en eterna juventud. Sentado en una roca, dejando el puente que cruza el vado a la zquierda, uno puede pasar una vida perdido entre la brisa fresca que baja enroscada en la Silla del Rey y el tenue canto de los carboneros. Desde aquella platea se divisa el camino empinado que remonta el arroyo del Cañón, camino del Raso del Pino, cruzando el Carril de la Garita que te ha de llevar hasta el Salto del Corzo. En el lado opuesto se aprecia la costiña que te empuja hasta el mirador del Balconcillo, bien cerca de Majalapeña y la vereda de la fuente del Montañero, cuyas aguas gélidas sacian la sed en el primer trago. Si, por el contrario, decides seguir la senda del Carneros, el camino verde y frondoso te acerca a la Majada del Tío Blas pasando por la fuente de mi querido Pocholo, la más hermosa de las praderas del bosque de Valsaín.

Lugar incomparable unido al pasado ganadero del Real Sitio, no fue hasta mediado el siglo XVIII que empezó el trasiego pastoril, origen de todo el poblamiento de la sierra. Comprado el pinar por Carlos III, trasladó éste toda mesta hacia aquel lado del Paraíso, librando los lugares tradicionales para disfrute cinegético y explotación maderera; lo que permitió que mis antepasados hollaran todas esas cañadas camino del puerto de los Neveros y de la fuente de Las Mentiras de Conrado Martín, tan querida por los amantes de fuentes y regatos, manantiales y abrevaderos, ya sea Jesús Espinar, Francisco Benito, Nacho Maderuelo o el añorado Juan Antonio Marrero.

Y ha sido en este lugar, en este paradisiaco entorno, donde se ha refugiado mi mente torturada cada uno de los días que he pasado escapando de la muerte. Allí, entre pinos y amigos, campiña y agua cristalina, he dejado en reposo mi ser, mientras un ejército de sanitarios trataba que mi cuerpo se uniera a mi mente dejando atrás esta pesadilla. Con los recursos limitados, sin descanso, inmunes al desaliento, paso a paso, bocanada a bocanada, consiguieron devolver mi cuerpo al Paraíso del que nunca debió salir.

Y con cada victoria ante la enfermedad, no dejaba este Humilde Cronista de pensar en este Santo País de ciudadanos comprometidos, conscientes de lo que se debe hacer, pero siempre en manos del devenir fatal de la Historia que nos empuja a luchar contra el abismo a la espera siempre de un capitán. O dos. O los que hagan falta, pero unidos como lo está siempre esta pobre nación contra la adversidad. Que es este un país de ciudadanos y vecinos, de amigos y compadres, de esforzados compañeros y comprometidos funcionarios, trabajadores, servidores públicos; pero no de grandes líderes ni políticos de altas miras, sabedores de que hay que ser casi perfecto para estar a la altura de todos los que no dudan un instante en dejar la vida por lo demás.

De ser así, en lugar de hablar de cifras y curvas, estadísticas y números vacíos, muertos, serían conscientes de que esta maldita peste está acabando con la memoria de nuestra sociedad. Si la gripe de 1918 se cebó con los jóvenes, atacando nuestro futuro, este enemigo tenaz nos arrebata a los mayores, templo de sabiduría y experiencia, recuerdo del pasado que ya no volverá y que ha alimentado las crónicas de este humilde Cronista y de todos los que hay en este Santo País. Que, si bien la Historia se encuentra en los archivos, la memoria de la sociedad, de lo que fuimos, está atesorada en la memoria de nuestros ancianos, los Senex que ya no volverán. Sin ellos, sin ellas, nuestra cultura se perderá en una vorágine miserable de juventud sabia, oxímoron sumo que no muestra otra cosa que el más detestable de los sofismas: la vida sin consejo, sin experiencia, sin la templanza y paciencia que otorga la edad.

De modo que no queda otra que apretar los dientes, empujar como se pueda y ayudar a nuestros defensores en la protección y rescate de nuestros ancianos, pues salvarlos a ellos es salvar nuestro pasado y la promesa de futuro que alberga su memoria. Por lo que a mí respecta, en cuanto me dé la vida, volveré al vado de Oquendo con mi compadre, el Sr. Bellette, con mi hijo, mi hija, mi hermano y Maestro, el profesor Herrerín; con Luisete Alonso, mis amigos y familia; con el peso de todos aquellos que no han podido llegar hasta allí y con todos los que han quedado por el camino, deseando que al menos su espíritu halle entre pinos y agua, yerba y frescor, la paz y el reconocimiento merecido que el Paraíso les ha de regalar en un descanso eterno y justo.