Eduardo Juárez (*) – El sueño de Juan Antonio Nogales

De un tiempo a esta parte anda el que suscribe algo preocupado por el disgusto que mi buen amigo, Juan Antonio Nogales, no consigue quitarse de encima. Verán Vds., hijo del Real Sitio Primitivo, Juan Antonio gusta de pasear por las matas y bosques de Valsaín, del Barrio Nuevo Anejo y de la Pradera de Navalhorno, buscando siempre esos lugares de la memoria que le devuelven a la infancia más feliz, cuando, liberados de las preocupaciones, corríamos como condenados entre pinos y robles, castaños y viejas olmas, hasta perder el aliento. Para su desgracia, todos esos caminos acaban confluyendo en la cercanía del Real Aserrío, congelándose su disfrute ante el caparazón sin vida en que aquel corazón otrora latiente de Valsaín ha quedado convertido. Es entonces que me escribe un mensaje para que la pluma de este humilde Cronista le devuelva a ese sueño del que nunca quiso despertar.

Y, como ya imaginarán, qué más quisiera un servidor que poder llevarle allí y dejarle, aunque sólo fuera por un puñado de párrafos. Por más que me esfuerzo, sigo preso de su mismo abatimiento y no encuentro palabra alguna que pueda liberarnos de tamaña condena. Supongo que, de haber visto este desalentador futuro, el Sr. Rivero, comisionado por la Corona, se habría ahorrado el peregrinar cruzando Holanda, Bélgica, Inglaterra y Francia, al tratar de encontrar el mejor taller para el trabajo de la madera que existiera. Seguro que Fermín Abella, Intendente de estos Reales Sitios, también habría dedicado su tiempo a otros menesteres y no a convencer a la Reina de la conveniencia de establecer ingenio maderero mecánico alguno en la Pradera de Navalhorno.

El trabajo misérrimo del cortar, lijar, moldurar y machihembrar se habría seguido haciendo a mano. El paraje, por su parte, seguiría siendo un amontonamiento de casetones infrahumanos, caterva de miseria y suciedad, enfermedad y malvivir, repleto de pobres y desgraciados vecinos privados de los beneficios inherentes a la industrialización y el maquinismo.

Esa corte de pordioseros luditas, cobijo de pasado sin futuro, nunca habría albergado un taller vanguardista, único en todo el país. No hubiera habido ni asomo de maquinas de vapor del sistema Corliss capaces de desarrollar hasta noventa caballos, fabricadas por genios de la mecánica como Prosper vander Kerchove, del lejano pueblo de Gand, en Bélgica. Por supuesto, nadie habría sabido nunca de la familia de Naeyer, naturales de la ciudad de Willebroeck, en la provincia de Amberes, expertos fabricantes de calderas inexplosibles, ideales para alimentar infraestructuras fabriles de la máxima importancia.

Sin tecnología alguna, el trabajo de la madera en aquella pradera se tendría que haber asumido como en el pasado más remoto, cuando el hacha y el cepillo, el martillo y las tenazas, el cincel y el serrucho, resonaban en los robledales del cerro del Puerco. Sin duda, nos habríamos perdido maravillas tecnológicas como la sierra vertical de doble bastidor, capaz de mover hasta treinta y dos hojas; la sierra inglesa de cinta, de nueve caballos de potencia, que apiola troncos de metro y medio de diámetro y más de nueve metros de longitud; la sierra circular doble o la que carece de movimiento automático de avance, que desarrolla una velocidad de mil revoluciones por minuto; la máquina de cepillar y machihembrar que se merienda más de trescientos sesenta y cinco metros de tabla o listón entarimado en apenas una hora; la de machihembrar, cepillar y moldurar, que hace lo mismo que la anterior, pero cepillando las cuatro caras del tablón al mismo tiempo.

Ni que decir tiene que jamás habríamos visto sierras circulares con movimiento automático de avance o la pequeña sierra de cinta construida por los Señores Climent y Alcalá, de la compañía Maquinista Valenciana. Ni afiladoras, ni herrería provista de fragua con ventilador, torno, taladro y maquina de cepillar alimentada por otra máquina de vapor, habrían sido nutridas por combustible alguno en las cercanías del Nogal de la Calabaza. Los chiquillos de Valsaín no habrían podido calmar el calor estival remojándose en depósito de aguas alguno, levantado a casi veinte metros del suelo y con capacidad para ochocientos metros cúbicos de agua, ni divertirse correteando por los casi mil metros de railes férreos dispuestos para el movimiento de trozas y maderas varias. Nada de esto habría podido existir jamás de haber intuido aquel Intendente, allá por 1873, el futuro que a tamaño esfuerzo fabril le ha deparado el triste devenir que se le da al patrimonio industrial en este santo País.

Lo cierto es que, con gran dolor de mi corazón, nada puedo contarle a mi querido amigo que le saque la congoja. No se me ocurre esperanza alguna, ni propuesta que regalarle. Jamás he pensado, gastando vinitos en la terraza del Albero, en denunciar el hecho de que se obligue a todo maderero que quiera un ápice del tesoro que alberga el Paraíso a pasar por el Real Aserrío de Valsaín; que toda madera, sea manteca o chamoso, tronza, tablón o pie entero, deba ser procesado en el Real Taller; que el oro vivo y anaranjado que se cría en nuestro valle sea preparado por mis vecinos en una infraestructura que, además de joya de la ingeniería, continúe como motor económico, demográfico y sociabilizador, sentido de la simbiosis entre el hombre y la naturaleza, esencia de la Reserva de la Biosfera.

La verdad, lo único que puedo decir a Juan Antonio es que no me imagino que los árboles salgan enteros de bosques canadienses o escandinavos, dejando que la comunidad que nació de su explotación languidezca enterrada en el olvido conllevado por la gestión nefasta del tesoro público que constituye el Patrimonio Histórico Industrial. A buen seguro, aquellos bosquimanos habrían luchado, sin dudarlo, hasta las últimas consecuencias. Sigamos, por consiguiente, perseverando en el sueño y neguémonos a aceptar que lo que una vez fue, nunca volverá a ser, haciendo honor a la memoria de todos aquellos que consumieron su vida legándonos un tesoro que nunca debimos dejar en el barbecho del olvido.
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(*) Cronista oficial de el Real Sitio de San Ildefonso.