Eduardo Juárez – El Rincón de Paco Tapias

Fue hace ya algunos años, compartiendo un desayuno con mi querido amigo Ricardo Ramos en la Churrería La Fama del Real Sitio, que caí en la cuenta de que, al fondo del local, había una pequeña placa que recordaba a todo el que allí se sentaba que aquel lugar era el Rincón de Paco Tapias. Como podrán comprender, haciendo honor al paisano, a quien este humilde Cronista apreciaba y admiraba, tomamos asiento en el citado rincón, cosa que he hecho desde entonces cada vez que la vida me ha llevado a degustar tan sabrosos churros, comparables con los que el bueno de Catalino nos regala cada mañana de jueves en la toledana Puerta de Bisagra a Javier Menor y al que suscribe.

Y no crean que me deja de sorprender el hecho de que un posadero recuerde a un parroquiano fiel y singular, santificando una mesa, una silla, un sitio en la barra o, como en el caso de mi querido Paco Tapias, un rincón de su establecimiento. Aún recuerdo el lamento del cocinero inglés, Rick Stain, por la pérdida de aquellos lejanos tiempos en que los clientes de bares y restaurantes, cafeterías y terrazas, eran los protagonistas absolutos de los locales. Fieles consumidores y visitantes de posadas, ventas, ventorros y ventorrillos, más de media vida ha pasado, hemos dejado, sentados en sus sillas y taburetes, poyetes y butacones, viendo que la amistad y la tristeza son distintas compartidas con las familias creadas en los maravillosos bares, esencia de la sociabilización en esta nuestra querida y denostada España. En aquellos tiempos, las recetas y cócteles, tapas y fruslerías eran bautizadas con el nombre de algún querido cliente, inmortalizando la fidelidad y amistad que uno alcanzaba con los que gestionaban aquella barra.

Cuántas veces habré explicado a mis alumnos la importancia de los bares en la España de los siglos XIX y XX. Dado que la aristocracia utilizaba para la sociabilización los clubs y la burguesía los casinos, los obreros y trabajadores dedicaban los bares a tal finalidad. ¿Qué sentido tendría, de no ser así, que en Córdoba, a finales del siglo XIX hubiera doscientas tabernas y una sola librería? La clase trabajadora, carente de sistema educativo, buscaba en la reunión y el contacto, en la barra del bar, el camino para saber y comprender. Los españoles no bebemos porque sí.

Lo hacemos para desinhibirnos, perder el miedo y hablar, a veces más de lo que quisiéramos, pero construyendo nuestra identidad de grupo. En algunos casos, como en los años duros de la II República, quizás se hablaba de más o se bebía algún que otro vinazo traicionero, como en el bar de Mauricio Lucía, en la calle José Costa, o en el Bar de Correos, hasta el punto de ser cerrado por el Gobernador Civil ante las broncas políticas allí provocadas. En otras ocasiones, más hubiera valido cerrar de vez en cuando alguno de aquellos locales, como el de Benito Capa, aunque sólo fuera para que dejara de servir aquel café que era más purga que otra cosa.

En cualquier caso, los más de cuarenta bares, tascas, tabernas, restaurantes, hoteles y cafeterías, con o sin terraza, han pasado más de dos siglos cumpliendo una labor social en el Paraíso que ya es hora de que se les vaya reconociendo. Desde aquellos primeros casetones en las cercanías de la capilla de los Dolores o las casetas de la fuente de la Doncella y de las mujeres enamoradas que decían en la Sevilla del XVI, donde se abastecía de aguardiente y vinazos a los trabajadores del Real Sitio, pasando por clásicos como La Hilaria, la Casa de vinos finos de Jerez de la familia Vega, luego Restaurante Dólar, el Hotel de Roma, el Europeo y el De París; el Gran Hotel del Norte y la Pensión España; Casa Zaca, Bar Goya, después Segovia; La Rana verde, Los Claveles, Casa Rinthin y el Canastillo, todos ellos en los bajos de la casa de mi tía Mari; El Gallo de Oro de Candi y sus papas con mojo, La Cebada de Suso, el Miami de Berna, la Chata de Miguel, el Castilla de Luisete Alonso y sus judiones estratosféricos, el Tamiz de José y el Eclipse de su hermano, también José; La Fundición Restaurante del Chef Aníbal y la dulce Adriana, la Golondrina y sus ascuas, la Panadería, el Tapitas, el Bar de Paloma, el Pelón y la Posada de los Embajadores; la Fragua del gruñón Javier Herrero y su encantadora esposa, Conchi; el Rey de Copas de mis queridos Chema y Azu, el Restaurante Canónigos y la Chimenea de Juan Carlos; el maravilloso Parador y la Media Luna de patricia, Rufino e Isabel; el delicioso Restaurante Madrid, el Taller de hamburguesas excelentes como las pizzas de Lorenzo en el Dumbo; el Argentino de pablo con su perfecto chimichurri, el Porrón, la Tomasa, las Brasas, el Bosque y las Palomas en el Real Sitio Primitivo; y el Albero, donde me solazo con el tesorero, el relevista olímpico y el Maestro Senador; el Torreón de Justo y el Hábito en las cercanías del convento de la Monja de las llagas. Todos ellos y alguno que habré dejado en el tintero y me costará algún que otro pescozón, han cumplido y cumplen con esa sagrada misión de ofrecer un lugar donde nosotros, los trabajadores, nos podamos reunir para compartir nuestras vidas, nuestro escaso tiempo libre. Un lugar donde descargar lo malo a cambio de un vino y una sonrisa, una cerveza y un instante de felicidad fugaz, pero real como la misma miseria de la vida que ahora nos apesta.

En todos ellos pensaba durante aquellos funestos días que estuve escapando del diablo vestido de azul y lo difícil que será que todos queden en pie cuando esta desgracia en forma de peste pase; en que seremos nosotros, los de siempre, los que no tenemos más que duro y medio, los que honramos este Santo País con nuestro esfuerzo y trabajo, quienes trataremos de salvar esos espacios de reunión y sociabilización. Y lo haremos orgullosos de ello. Como hacía mi querido Paco Tapias. Sólo espero que, una vez más el sentido común impere y volvamos a ser protagonistas de nuestros propios espacios.

Para mi desgracia, mi querido amigo, Paco Tapias, nos dejó hace unos días tras noventa y cuatro años de plenitud, esfuerzo, trabajo, dedicación y magisterio, como bien saben sus muchos hijos, nietos y biznietos, creando un hueco imposible de cubrir. Al menos me quedará el consuelo de ocupar su rincón cada vez que me acerque a por unos churritos, constatando la gran verdad implícita en los homenajes sencillos y reales, los únicos que habrán de perdurar en el tiempo, como la memoria de mi amigo y la admiración que siempre le profesé. Eso, queridos lectores, no habrá peste en el mundo que pueda silenciarlo.