Eduardo Juárez – El espejo de Alfonso XIII

Costumbres extrañas, desde luego, las que tenía este monarca. ¿Cómo definirlas de otro modo? Ya me dirán Vds., queridos lectores, si era normal levantarse por la mañana bien temprano, vestirse con un uniforme de húsar francés del siglo XIX repleto de cordones y tocado con un sombrero alto y emplumado para, montado a caballo, salir del patio de carruajes del Palacio Real para recorrer los dos barrios principales del Real Sitio y salir un día por la puerta de José Esteban, otro por la de José Díaz Gamones.

Si salía por la primera, cruzando el Barrio Alto, dejaba a un lado los hoteles de Roma y de París, para girar hacia la derecha, dando la espalda al viejo hospedaje para viajeros creado por orden de su tatarabuelo, el rey Carlos, entonces casa del Marqués de Jura Real. Si lo hacía por el Barrio Bajo, paseándose a lomos de su jaca por delante de la antigua Casa de los Infantes, entonces realquilada como hospedaje desde tiempos de su abuela, la reina doña Isabel, y saludando a Eduardo Bauer, propietario de la vieja Casa de Gentiles Hombres de Cámara, cruzaba el acceso principal de la llamada Puerta de la Reina, abierto sólo cuando él estaba en Palacio.

En ambos casos, saludando a todos los vecinos de ambos barrios que salían a la calle a jalearle o se asomaban a ventanas, balcones y tragaluces diversos para ver el paso del monarca por la cercanía de sus humildes moradas, Alfonso XIII acababa entrando por el portón principal de la Real Fábrica de Cristales del Real Sitio.

Y no crean que gustaba el rey vestir aquellas pintorescas ropas para echar un vistazo a la producción con que la cooperativa La Esperanza, participada por él mismo, pretendía resucitar la otrora manufactura real, ya en situación cuasi terminal. Lo que Alfonso XIII perseguía no era otra cosa que el descomunal espejo del siglo XVIII que aún custodiaba aquel maravilloso edificio. De grande que era, le permitía echarse un vistazo montando su yegua lozana y sentirse vencedor de alemanes en Sedán, de franceses en Rocroi y hasta de rusos en Berézina. Allí, de pie frente a aquel enorme espejo, el rey se imaginaba protagonista de un mundo pasado e irreal donde la sencillez de la victoria y la derrota lo explicaban todo. Quién sabe si, observando en silencio aquel reflejo propio de otros tiempos, no trataba aquel Borbón de entender esa España repleta de ideologías incompatibles con modelo de Estado alguno, esperando que la sonrisa del jinete ruso, polaco, francés, inglés o alemán, según fuera el día, le mostrara un camino por el que continuar. Una vereda que le llevara, por una vez en toda su vida, a tomar una decisión acertada, aceptada, aprobada y con enjundia para el pueblo que con tanta esperanza le aclamaba en su extraño pasear como máscara de carnaval en pos de un espejo tan imaginario como sus sueños de una España confiada en la labor de rey, dictador, presidente, parlamento. De lo que sea.

El caso es que el tiempo pasó y los anhelos del rey que se disfrazaba para verse en la joya de la Real Fábrica de Cristales se desvanecieron como el azogado que se pierde con el paso del tiempo, dejando un reflejo incompleto, repleto de agujeros que conducen a la negrura más incierta. Alfonso XIII pasó su tiempo sin entender España como lo han pasado, desde entonces, hasta seis jefes de Estado, todos seguros de conocer una senda que pueda tapar los agujeros con los que la vejez del azogue ha corrompido el límpido, pulcro y ficticio reflejo de una España que nunca fue y nunca será. Quizás por ello o no, los chiquillos del Real Sitio, a finales de los años cincuenta, destruyeron el anciano espejo, reduciendo su reflejo a la desmemoria de otro recuerdo ficticio perdido en un patrimonio que nadie parece querer defender.

Ahora, la duda de este humilde Cronista con la que empieza este incierto año es si, de haberse enterado Alfonso XII de la destrucción de su espejo, habría lamentado la imposibilidad de volverse a ver triunfante; la destrucción de un tesoro nacional provocado por la nula existencia de un modelo educativo basado en el respeto al patrimonio; o el ancestral olvido de los ciudadanos de este Santo País acerca de ellos mismos. De lo que son, han sido y podrían llegar a ser.

Mucho me temo que, como dijo Federico II Hohenstaufen rompiendo una obra maestra de vidrio veneciano a principios del siglo XIII, sólo el oro y el hierro prevalecen manteniendo su valor.

(*) Cronista oficial del Real Sitio.