Eduardo Juárez – El dólmen de Jesús Espinar

499

Amante del bosque como ninguno, mi amigo Jesús Espinar acostumbra a recorrerlo sin descanso. Preso de un eterno devenir, invierte su tiempo libre en localizar aquellos parajes desconocidos para la memoria. Ya sean fuentes ocultas en cárcavas inaccesibles o majadas sin nombre con los muros de piedra seca caídos por la desidia, Jesús siempre encuentra un lugar, una fuente, una meseta, un corral o, en definitiva, un nombre con que torturar a este humilde Cronista, amante como él de conocer todo lo conocible en este Paraíso en el que tenemos la suerte de convivir.

Y no crean que su búsqueda se ciñe únicamente al bosque y pinar. También se empeña en leer toda guía, relato, folleto o diccionario que presuma de mostrar los entresijos del Real Sitio. No consigo recordar un momento en que no haya estado obcecado en desentrañar algún arcano: las iniciales de aquella vieja guía de principios del siglo XX que ocultaban a su autor; la ubicación de la majada Mayoral, el origen de los corrales del Tío Poncias o localizar todas y cada una de las fuentes manantes y estantes. Y, de un modo u otro, siempre termina llamándome, bien para añadir algo más al acervo cultural del que suscribe; bien para ponerme a trabajar en la solución del último sinsentido histórico con el que se ha topado.

Algunas veces, sin embargo, viene a mí para hacerme disfrutar con algún galimatías, que en este Real Sitio los hay a tutiplén. Hace unos días, Jesús me remitía la instantánea de un diccionario geográfico del siglo XIX en el que se hacía una sencilla y moderada descripción del pico de Peñalara. Nada extraño al respecto, pues siempre fue un lugar abonado a la intriga precursora de la investigación. Empezando por su ubicación que parte en dos la meseta y separa las tierras del concejo segoviano, la historia de su conocimiento ha permanecido unida a la de Castilla y, atendiendo al topónimo, a un linaje tan antiguo y noble como fue el de los Lara. Un servidor, apasionado con el romancero desde niño, imaginó que en aquellas escarpadas lomas habían sido traicionados los siete infantes por su tío, Ruy Velázquez, ruin y felón, justamente ejecutado por Mudarra, hermano bastardo y mestizo de los asesinados. Para mi desgracia, el estudio de las fuentes me desengañó al ubicar todo aquel acaso en tierras sorianas para algunos, burgalesas, para otros y vayan ustedes a saber, para el resto.

El caso fue que el recorte enviado por mi amigo para justificar la toponimia de tan excelso picacho se detenía en la descripción del paraje llamado Cueva del Monje. Allí, según una vieja leyenda, un cierto Fausto castellano acabó encerrado en el roquedal, uno no sabe si tentado por Satanás o escapando de sí mismo. A decir del retazo impreso, hasta ese lugar había llegado el afamado editor, tipógrafo y periodista decimonónico, Dionisio Chaulié y Ruiz. Al analizar la constitución de la supuesta cueva, el bueno de Don Dionisio había convenido encontrarse ante uno de los monumentos megalíticos más imponentes y mejor conservados de Europa. Conformado por una cavidad de diez pies de longitud, siete de ancho y tres de alto, el megalito respondía, sin discusión, a lo que los expertos reconocían como dolmen.

Dionisio no perdió tiempo para transmitir la gran noticia. Poseído por la felicidad del descubrimiento y sustentado todo por expertos a los que nadie nombraba, el periodista empezó a imaginar las razones por las que un dolmen existía a tiro de piedra de Valsaín y La Granja de San Ildefonso. Levantada como templo prerromano, la edificación megalítica debía responder a la reunión de druidas para perpetrar sacrificios propicios, lo que resultaba irrefutable por la amplitud del paraje boscoso, la grandiosidad de la mole y lo cerrado de la vegetación. No era de extrañar, por consiguiente, que la toponimia del pico más alto de la sierra aludiera al altar de sacrificios existente en la Cueva del Monje. DE ahí el topónimo de la Peña del “Ara”.

Una vez acabé de reírme con la broma de mi querido amigo y su dolmen sangriento, caí en la frustración del académico que ve cómo se desprecia no ya su conocimiento, sino el método científico empleado para lograrlo. Dicho en otras palabras, uno no deja de lamentarse del éxito que tienen estas leyendas sustentadas en el desconocimiento generalizado. Pocos caen en el desprestigio que aportan a la Historia en general, que suele ser prosaica, sencilla y un tanto previsible. Impelidos por la ignorancia, que prefiere ver un círculo de druidas de barbas blancas y crudas túnicas correteando tras los condenados ante un pétreo altar sanguinolento en lugar del efecto geológico de millones de años de transcurso natural, una gran parte de la sociedad desconfía del historiador que rompe los esquemas del misticismo mediante el uso siempre costoso del proceso científico. Puestos a elegir una explicación, ya me dirán, queridos lectores, quién no desearía un aquelarre en el pinar al estilo de lo caricaturizado por Goscinny y Uderzo en el bosque de los Carnutos y que tanto deleitaba a mi señor Padre. No se extrañen del colapso de las redes de comunicación, más asociales que otra cosa, con plétoras de falacias, patrañas y mentiras embaucadoras ocultas en atractivos anglicismos, pues, envueltos en el desconocimiento, es como más débiles nos mostramos. Contra la mentira, honestidad; frente al no saber, humildad y método científico.

Y, ante la duda, pregunten a Jesús Espinar y observen esa sonrisa de medio lado que disipará cualquier incertidumbre.