Eduardo Juárez (*) – El ciervo asado del Rey Amadeo

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Así. Tal como suena. Un ciervo de cuerpo entero y, a decir de los comensales, de complicada cornamenta. Todo él asado y dispuesto sobre una mesa para que los invitados al ágape disfrutaran de una velada inolvidable. Era el 7 de agosto de 1871 y el rey de España, Amadeo I, había decidido celebrar el santo de su esposa, la reina María Victoria dal Pozzo della Cisterna, con todo el fasto que el peculio de su casa real le permitiera.

Continuando con la tradición de las jornadas regias en el Real Sitio que inaugurara Isabel II y que tan celebrada era por los vecinos del Paraíso, el nuevo monarca seguramente pensó que mantener algunas tradiciones ayudaría a mantenerle en el trono. Obviamente, este joven italiano de apenas veintiséis años poco conocía de los españoles y su carácter o, como le gusta decir a mi compadre, el Sr. Bellette, de la mala leche que tanto abunda por estos lares. Y es que, a pesar de haber sido el primer y único rey de España elegido en el parlamento; a pesar de haber aceptado ser rey de España tras mucha reflexión; a pesar de representar la tradición de la monarquía liberal europea; a pesar de todo ello, nunca gozó del beneplácito del común, aferrado a la tradición borbónica y ese entendimiento tan doloroso para la nación que siempre tuvieron de lo que significaba liberalismo y monarquía.

Por ello, desde el momento en que puso un pie en suelo español, el 30 de diciembre del año anterior, sólo encontró rechazo y oposición de cuantos grupos políticos, sociales y religiosos había en aquella España en descompuesta formación. Para empezar, su principal valedor, Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros, había muerto a causa de las heridas provocadas por el atentado sufrido en la Calle del Turco que tan bien contaba la copla de la abuela María. Los carlistas, encantados con cualquier causa que les permitiera dar rienda suelta al carácter revoltoso, habían iniciado la enésima rebelión militar y consecuente guerra civil, que uno diría que vivían para y por la guerra entre hermanos. Los republicanos se frotaban las manos ante la debilidad de una monarquía parlamentaria que habría de conducir inexorablemente a una república de republicanos que no supieron aislar lo público de lo ideal. Lo regionalistas, conocedores de la debilidad de una monarquía totalmente novedosa, creyeron llegado el momento, esa vez sí, de establecer una federación de estados donde no había más, no hay más, que localismos. Y, finalmente, los monárquicos españoles, ofendidos porque un parlamento se dedicara a nombrar reyes, decidieron dar la espalda desde el primer momento al que pudo ser, quién sabe, el rey que transformara la monarquía española.

De modo que, ya en el Paraíso, el rey Amadeo I hubo de lidiar con los malos modos de la aristocracia española, deseosa de que aquella pareja de extranjeros desocupara la mejor de las casas del Real Sitio, según llegó a decir el diario La Época. Casi nadie se acercaba a los fastos y celebraciones con los que quería Amadeo agasajar y convencer a los recalcitrantes nobles y burgueses, tradicional sustento de cualquier monarquía española. El mismo día en que, gracias a la puntería del Barón de Bonifayó, un ciervo asado reposara sobre la mesa del comedor de palacio con cornamenta incluida, corrieron las fuentes del Jardín del Rey y apenas hubo personal que lo disfrutara más allá de la familia real, ministros y servidumbre, oficiales de la guarnición, familiares de altos empleados, varios diputados fronterizos y las autoridades segovianas.

Declaraba así la mayoría de aristócratas y burgueses a los reyes intrusos, nunca nombrado Amadeo I de España, sino de Saboya, recalcando su ilegítima y extranjera procedencia, como si Felipe V hubiera sido de Muñoveros, Carlos I de Murcia y Juan Carlos I de Chamberí. Las damas cortesanas vestían de toquilla blanca y flor de lis en el pecho, defendiendo su vocación borbónica y Alfonsina, lo que enervaba al general Francisco Serrano, garante de la precaria estabilidad política y social del reino. Claro que, para mayor escarnio, la reina María Victoria no parecía enterarse de aquello y, pensando que se trataba de una moda cortesana, salió algún que otro día con la toquilla blanca de marras de palacio, lo que hizo que le saltara la térmica al espadón del hotelito de la primera plazuela.

Pasto del cotilleo y las habladurías, de la preocupación por una sociedad que se autodestruía y de la vil deslealtad de la mayoría de los que le rodeaban y deberían haber sustentado un proyecto diferente, pasó Amadeo I sus no más de dos años de reinado, consumido por la vergüenza de la sociedad que debía gobernar. El 11 de febrero de 1873 abdicó ante el mismo parlamento que lo había elegido. Su discurso, leído por la reina María Victoria ante el Consejo de Ministros, aún resuena en los oídos de los que ciento cuarenta y siete años más tarde nos empeñamos en escuchar la voz de la memoria:

[…] Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que, con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles.

Amadeo I falleció a los cuarenta y cuatro años, en el Palacio Real de Turín, el 18 de enero de 1890, siendo uno de los tres reyes de España que no está en el panteón del Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Sus restos reposan en la Basílica de Superga, cerca de Turín, patria de mi querido amigo Alberto Zerbini, que tanto ama este Paraíso. Curiosamente, la basílica, panteón de reyes de Cerdeña, del Piamonte e incluso de Croacia, fue edificada en tiempos de Vittorio Emmanuel II por el arquitecto Filippo Juvarra, quien, años más tarde, proyectó la fachada del Palacio Real de San Ildefonso. Lo que demuestra, queridos lectores, que todo aquel que pasa por este Paraíso queda inexorablemente conectado con él de por vida.

(*) Cronista oficial del Real Sitio.